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    Los buenos límites

    Columnista de Búsqueda

    N° 1710 - 25 de Abril al 01 de Mayo de 2013

    La historia es irresistible, se asemeja al procedimiento del eterno retorno de lo neurótico: por algún camino inesperado o misterioso se cumple siempre la realización de determinadas etapas. La formación del Estado moderno es un perfectísimo ejemplo de ello. Allí están las formidables investigaciones de grandes medievalistas como Marc Bloch (“La société féodale”, Albin Michel), Henri Pirenne (“Historia social y económica de la Edad Media”, Claridad), Regine Pernoud (“Histoire de la bourgeoisie en France”, Editons du Seuil), Jacques Le Goff (“La civilización del Occidente Medieval”, Paidós), George Duby (“Les trois ordres ou l’imaginaire du féodalisme”, Gallimard), que nos informan pormenorizadamente de que la nunca abatida y famosa desesperación de los reyes de entonces estuvo invariablemente inspirada en el temor que le despertaban sus pares de la nobleza y que recién comenzó a morigerarse cuando se formalizó la influencia de la burguesía. Fue alivio para los reyes no depender ya del humor y de las pretensiones de los antiguos señores, para quienes la idea de la dinámica social, del orden colectivo y la noción de prosperidad económica como resultado de la inversión, de la creatividad productiva y del esfuerzo nada significaban. Para los reyes tampoco eso, que crucial para la burguesía, significaba algo de valor; pero supieron entender las circunstancias y vieron que aquello que resultaba bueno para la burguesía terminaría siendo bueno para su precaria condición institucional y económica.

    Cuando al promediar el Renacimiento reyes y burgueses se encuentran librando batalla en el mismo bando, lógicamente se reconocen. El impulso extraordinario del comercio y la necesidad de disipar amenazas disolventes bajo un mismo orden de relaciones, como quería y enseñó Maquiavelo, dio por resultado esa buena alianza de hecho, que en poco tiempo, con la Gloriosa Revolución, habría de convertirse en pacto de derecho. Para la burguesía el monarca significaba la posibilidad de garantizar la formación de un mercado interno de escala nacional en el cual podía operar razonable y ampliamente; suponía también fijar políticas proteccionistas frente a los burgueses procedentes de otras sociedades y además implicaba, aunque por el momento muy básicamente, garantizar, en una primera etapa, su legitimación como clase.

    La lectura que hace Jean Bodin (en “Los seis libros de la República”, especialmente en el último de ellos, Editorial Tecnos) de esta fecunda entente es lo que se considera, creo que junto con la obra de Maquiavelo pero en un campo tal vez más específico, el punto de partida teórico de la decente situación que ya venían manejando con distraída naturalidad reyes y burgueses, y que necesitaba para consolidarse, como tendrá que admitirse, algunas precisiones. Bodin las formula en palabras que no dejan espacio para la duda; dice que aun cuando se acordara que el rey recibía el poder de Dios, no tenía un poder absoluto; había ciertos límites que no debía rebasar, que no se le permitiría rebasar, tales como la ley natural y obviamente la ley de Dios. Esto quería significar que el monarca no podía legislar ni gobernar en contra de las tradiciones ni de la religión. Y lo más importante: el poder del Estado no alcanzaba a lo que hoy llamaríamos el mundo de lo privado, el terreno del mercado; lo que libremente habían acordado dos personas no podía deshacerse por voluntad del rey.

    Así, pues, se expresaba claramente el interés de la burguesía de que sus negocios se mantuvieran al margen de la potestad del poder real. Bodin postula la necesidad de que la burguesía positivamente tomara partido en la disputa que por ese momento se estaba llevando adelante entre el poder feudal en declinación y la monarquía en ascenso, y reconocería sin reservas y hasta con entusiasmo la primacía del poder del rey (al menos esto es lo que ocurrió en Francia; en Inglaterra los caminos para llegar al mismo resultado fueron diferentes y más veloces), pero a condición de que no hubiera indeseables desbordes hacia los negocios entre privados.

    En este último detalle descansa, a todas luces, el principio de lo que será poco tiempo más tarde el imponente desarrollo, la gran plenitud de la civilización occidental y por lo tanto el punto cúlmine del proceso que se abrió cuando los hombres libres salieron de los feudos a los caminos, a los puertos y a las aldeas a buscar mejores horizontes. Veremos en la próxima semana la variación que al respecto propone Hobbes.

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