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    Los buenos reyes

    N° 1922 - 15 al 21 de Junio de 2017

    La visión de Anne-Louise Germaine Necker de Staël sobre la historia de Francia se funda en su no disimulada adhesión a los valores o mejor dicho a los métodos institucionales alcanzados por la gloriosa revolución de 1688. Al igual que muchos de los hijos de la Ilustración (que lo fue con todos los sacramentos), la hija del ministro de Hacienda de Luis XVI creía que la gran salida a la encerrona en la que se encontraba la monarquía francesa residía en encontrar el camino que los ingleses lograron después de dar un penoso rodeo por los extremismos del republicanismo puritano. Creía —como Voltaire, como Diderot— que la perspectiva histórica debía condescender siempre a la comprensión de las épocas, de los límites, antojos y valores reinantes en cada momento. Sus juicios —expresados mayormente en su obra Consideraciones sobre la Revolución francesa (editorial Arpa, que distribuye Gussi) fueron concluyentes toda vez que entraron en colisión con el amor extremo que le tuvo a su padre, pero en general fueron prudentes, abiertos.

    Hoy quiero señalar y glosar lo que afirma en el segundo capítulo de la primera parte de esa obra en relación con las luces políticas en la historia francesa. Allí dice categóricamente que “los cuatro mejores” reyes de Francia fueron san Luis, Carlos V, Luis XII y sobre todo Enrique IV. Sobre el primero de estos monarcas observa como gran y perdurable mérito que “hizo reglamentos para asegurar la regularidad de la Justicia”, y también que su prestigio y ponderación fueron tan notables que los propios ingleses, con los que había antigua enemistad, “lo eligieron para arbitrar sus discordias con su monarca”. Este hecho, la verdad sea dicha, le impresiona más a la agitada protestante que el legado moral y espiritual de un rey que hizo de los valores cristianos y del servicio al bien la divisa y causa de su gobierno y de su vida. Nada menciona de su afamada piedad. Es un poco más respetuosa de Carlos V, identificado con aquellos Estados Generales —según ella “los más importantes de la historia de Francia”, y quizá tenga razón— que consagraron límites y criterios objetivos para el cobro de impuestos, que pusieron a los súbditos a salvo de los caprichos de comisarios, delegados y señores que se arrogaban derechos sobre destinos y haciendas, que dio imparcialidad al gobierno, que aseguró a los gobernados ser representados en sus intereses por el rey, que dio garantías a los tribunales, que fundó la biblioteca real de Francia por entender que los libros son los mejores y desprendidos consejeros de un rey que se quiere justo y que teme verse utilizado por los subalternos intereses de quienes se acercan al poder para obtener un provecho propio.

    La página que la señora Staël dedica a Luis XII no disimula admiraciones. Cuenta que fue un gran benefactor del pueblo. Y recuerda algo que hoy lo haría merecedor del máximo desprecio y de la más abyecta de las censuras por parte de los gobernantes actuales, envilecidos por la propia ineptitud moral y por la lastimosa mediocridad de sus capacidades: “Bajó los impuestos gracias al buen orden que impuso en las finanzas y vendió recursos propios para sufragar gastos del Estado”. Cuenta también que fue tolerante como pocos de los que ciñeron coronas, que por ejemplo, unos cómicos se burlaron de sus hábitos excesivamente austeros y de su repugnancia a gastar en bienes superfluos, y casi fueron enviados a la Justicia para que se los castigara, pero que el rey intervino con vehemencia y enojo; exigió que se los dejara tranquilos seguir con sus sátiras. “Estas gentes —dijo— pueden enseñarnos verdades útiles. Dejémosles divertirse mientras respeten el honor de las damas. No me molesta que se diga que, bajo mi reinado, han podido tomarse esta libertad impunemente”.

    Ninguna de estas alturas es tan grande para Madame de Staël como la alcanzada por Enrique IV, hombre del Partido Protestante convertido ocasionalmente al catolicismo, autor del Edicto de Nantes, por el que se admite en Francia la existencia de dos religiones. Considera la autora que esa respuesta era la que se necesitaba en ese tiempo. En parte tuvo razón, en parte se equivocó. Me parece que los elogios a Enrique IV se van de medida, pero esto no debilita la calidad de los juicios, porque quien escribe sobre un rey que quiso ser justo y defender las luces del conocimiento, repito, es una hija de la Ilustración.