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    Los consejos del viejo Mujizcacha

      En un lugar de la Pampa, de cuyo nombre no quiero acordarme (aunque creo recordar que se llama algo así como “Rincón del Perro”, o algo así) vive desde hace años un viejo paisano muy ermitaño y huidizo, acompañado tan sólo por una perrita renga.

    Al hombre se le ve de lejos, cultivando algunas legumbres y carneando alguna oveja vieja, encorvado por el peso de los años y de la panza, prominente y abultada, signo de que tan mal no la pasa, por más que se aprecie a la distancia una vida austera y solitaria.

    Dicen algunos lugareños que el hombre vino de lejos.

    Era más joven (o menos viejo, para ser más preciso) cuando se le vio llegar en un carro conducido por otro veterano, que lo ayudó a bajar los pocos bártulos que lo acompañaban, envueltos en unas lonas atadas con dos nudos cruzados. Ni valija ni baúl traía.

    Ocupó una tapera abandonada, a la que le faltaba el techo, pero con sus manos y la ayuda de unos muchachos que recalaron unas semanas por su pago, y le dieron una mano, logró darle a la vivienda al menos un aspecto presentable aunque rústico.

    Los pocos vecinos que se acercaron a presentarse y ofrecerse como ayuda en el caso que necesitara algo, fueron despachados con unas pocas palabras, no muy amistosas.

    —“¡Dejemén que yo me lasharreglo sholito!, ¡no miagan repetir lashejtrofa de Fernán Shilva Valdé!, ¡mándense mudar tuitoshalaputa, no quiero shabandijasen mi rancho, paguantarle los cinchos a las penas, no precisa’e culeros el quejmacho!” —dijo entonces el viejo, recitando una célebre estrofa de un poeta uruguayo, y desalentando a todos cuantos vinieron a ofrecer amigablemente ayuda o compañía.

    Dicen que su vida fue muy particular, que tuvo etapas muy curiosas, de esas que se dan en una persona o en otra, pero difícilmente en la misma. Que supo de privaciones y de honores, de penas y alegrías, y que un día, frustrado por las inconsecuencias de quienes lo acompañaban, se fue de sus pagos emigrando solo y para siempre.

    —“Me fuí como el otro viejo que she fue pal Paraguay, pero yo payí no me pude dir, porque al paí eshe lo tenemo bloqueao por deshobedesher al mercoshur, ta yeno de golpista el paí éshe, ta” —dicen que dijo un día cuando alguien le preguntó por qué se había venido a vivir a la Pampa.

    El tiempo fue pasando, y algunos jóvenes de las zonas circundantes se fueron acercando al rancho del viejo, y le fueron ganando la confianza, y bajándole la resistencia.

    El hombre los dejaba sentarse debajo del ombú que había junto a la tapera, y en las tardecitas, a veces tomando unos mates, les contestaba algunas preguntas y les daba algunos consejos.

    —“No me priegunten demashiao, porque shoy de poca palabra” —les decía. “Shi quieren, má bien ejcuchenmé, que yo lejviá deshir lo que piensho” —les aconsejaba, en aquellas escasas tardes en las que se disponía a hablar.

    Una vez le preguntaron si él se había enterado que en el Uruguay había habido hace tiempo un lío enorme con una compañía aérea que se había fundido, que había dejado el tendal de víctimas, deudas y acreedores por doquier.

    El viejo carraspeó, sorbió el trago de mate amargo y dijo:

    —“No poshés de compadrón

    ni te hagás el muy galano

    Shi te embargan el avión

    asheptá queshuna pena

    No por mucho López Mena

    vashandar en aeroplano”.

    La gente quedó absorta. Los consejos del viejo les llegaron hondamente a todos, quienes procuraron desentrañar las enseñanzas que había dentro de aquél críptico mensaje que venía desde el pasado.

    Los jóvenes volvieron a hablarle, aún sin haber entendido demasiado aquellas palabras que parecían tan sabias, y que venían de lo más hondo de los recuerdos de aquel extraño personaje.

    Una de las muchachas le dijo al viejo que había oído también de sus abuelos que una vez en Uruguay había habido una crisis muy grande en el sistema de salud, y le preguntó si él sabía algo de eso.

    El viejo volvió a carraspear para aclarar el garguero, y volvió a hablar.

    —“Shi no te anda la shalú

    confiáshela a un contador

    Estos tienen la virtú

    de hasher paté lo que agarran

    Dispués te paga la farra

    Todo el pueblo aguantador”.

    Otra vez todos perplejos. Los muchachos no daban crédito al caudal de enseñanzas sobre temas que no conocían, y creían ver en aquellas palabras unos consejos que no deberían desperdiciar.

    Cuando parecía que el viejo quería marcharse para su rancho, uno de los asistentes lo tomó afectuosamente del brazo y le dijo que él también había oído muchas historias del Uruguay, porque en sus pagos se hablaba mucho de lo que pasaba en esas tierras. Le dijo que, por ejemplo, hace años se hablaba mucho de la inseguridad que había en ese país, y le preguntó si él sabía de eso.

    El viejo entrecerró los ojos y volvió a hablar.

    —“Shi la cosa está inshegura

    confiale el trabajo al Bicho

    Sheguro que te ashegura

    Que la cosha ande pa pior

    Trabaja el enterrador

    Abriendo y sherrando nichos”.

    Los muchachos no podían creer lo que escuchaban. Aquel viejo sabio hablaba en estos mensajes con consejos muy extraños. Estaban como hipnotizados, y no querían dejarlo ir.

    Uno le dijo si podía hablarles de los problemas de la educación, en aquellos tiempos en el Uruguay. Y el viejo volvió a hablar

    —“Pa tener educashión

    hashen falta profeshore

    No alcansha con vocashión

    Y ashí mijmo lo declaro

    ¿qué hashemo shi estos sheniore

    pashan la vida de paro?”

    El grupo juvenil rodeado en torno al viejo no salía de su asombro. Le pidieron que se refiriera a los cambios climáticos que habían afectado otrora al Uruguay. El viejo dijo:

    —“Con la meteorología

    andamoj como peleaos

    Shi ejtá sheco, ejtá mojao

    Shi ej primavera o invierno

    Pareshe cosha’el gobierno

    Que todo ande tan palmao”.

    Por fin se decidieron a preguntarle acerca de su origen, de dónde había venido, que por favor les explicara los misterios de sus consejos y les diera alguna pista que permitiera saber quién era.

    El viejo entrecerró los ojos y dijo:

    —“Una cosa ejel preshente / y muy otra fue el pashao/El que un día fue preshidente

    por rashón shircunstanshial

    shabe que fue un animal

    por nunca haberle embocao”.

    Y se fue a dormir, sin explicarles nada más, dejándolos tan confundidos como cuando habían llegado a aquel misterioso rancho, a escuchar al aún más misterioso viejo que lo habitaba.