N° 1709 - 18 al 24 de Abril de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna de las tesis de Bertrand de Jouvenel en su libro Du Pouvoir (París, Gallimard, 1972) es que las revoluciones políticas invariablemente son reaccionarias y además tiránicas. El autor revisa la historia de los grandes movimientos transformadores de las estructuras, afina el análisis y concluye que detrás del ruido y la furia, detrás de la crispación, disimulada en retórica fundacional, está la naturaleza verdadera de estos fenómenos; que nunca se parecen a lo que se proclaman y sí, mucho, a lo que pretenden destruir.
Para este autor es claro que las revoluciones son, al igual que para Pareto, sustitución de elites, cambios de guardia en el palacio, renovación forzada de cuadros; y no otra cosa. En este sentido, dice, hay que esperar las revoluciones para ver que se realicen propósitos antiguos; es más fácil obtener lo viejo en nombre de lo nuevo, que batallar fatigosamente en la paz y dentro de la ley para conseguir lo que un certero tiro de fusil, una daga o una filosa cuchilla pueden obtener sin mayores esfuerzos. Veamos como caracteriza esto en la Revolución francesa: “Libera a los campesinos de las corvées feudales, pero les obliga a llevar el fusil y lanza sus columnas móviles a la caza de los rebeldes. Suprime las lettres de cachet, pero levanta la guillotina en las plazas públicas. Denuncia en 1790 el proyecto, que atribuye al rey, de hacer la guerra con la alianza española sólo contra Inglaterra, pero precipita a la nación en una aventura militar contra toda Europa y, por exigencias hasta entonces desconocidas, extrae del país tal cantidad de recursos que puede llevar a cabo el programa de conquistar las fronteras naturales, al que la monarquía había tenido que renunciar”.
También hace lo propio con la revolución rusa. Este libro lo escribe de Jouvenel a mediados de la década de los 40, cuando la aventura de Lenin era comandada por el más leal y coherente de sus colaboradores; de modo que su percepción es bien cercana a los hechos. “Un poder inmensamente superior al de los zares —dice— liberó en el país enormes energías y permitió reconquistar con creces el terreno que el Imperio zarista había perdido. Así, pues, la renovación y el fortalecimiento del Poder aparecen como la verdadera función histórica de las revoluciones. Es preciso abandonar la idea de que la revolución encarna la reacción del espíritu de libertad contra un poder opresor. En realidad, no se puede citar ni una sola revolución que haya derrocado a un verdadero déspota”.
El desencanto que promueve esta tesis ha condenado a su autor al ostracismo en buena parte de la vida cultural de Occidente y a este libro a convertirse en una rara pieza. A nadie le gusta escuchar que los ídolos a los que por inercia o error o mera ignorancia rinde tributo en su marco de creencias, en su intoxicado universo de supuestos aceptados de manera acrítica, son, en verdad, supercherías que no resisten el foco de un análisis sereno y despojado de inclinaciones afectivas. Las revoluciones no resultan del arrojo heroico, nada tienen que ver con el noble Héctor y su entrega al destino de servicio al honor patrio, ni con Aquiles y su desmedido amor a la gloria, ni con Leónidas en el resbaloso desfiladero de las Termópilas. Nada de esto está en escena a la hora de las revoluciones; lo que hay es política, pura y vulgar política, simple cálculo de fuerzas y de oportunidades, algo que porfiadamente está mucho más cerca del póker que de la mitología.“¿Acaso se levantó el pueblo contra Luis XIV? No, sino contra el buenazo de Luis XVI, que ni siquiera permitió que sus guardias suizos dispararan. ¿Contra Pedro el Grande? Tampoco, sino contra el bonachón de Nicolás II, que ni siquiera quiso vengar a su querido Rasputín. ¿Contra el Barba Azul de Enrique VIII? No, sino contra Carlos I, que tras algunas veleidades autoritarias, se había resignado a seguir viviendo sin amenazar a nadie. Y, como decía Mazarino, si no hubiera abandonado a su ministro Strafford, no habría llevado a la horca su propia cabeza. Estos reyes murieron no por su tiranía sino por su debilidad. Los pueblos erigen el cadalso no como castigo moral del despotismo sino como sanción biológica de la impotencia.”
La historia habitualmente no se escribe como la razona Jouvenel. Tal vez sea ese uno de los motivos que explican por qué en ciertos países, en este por ejemplo, la ignorancia y el prejuicio se reproducen con más velocidad y eficacia que el pensamiento crítico.