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    Los enfermeros yla muerte (II)

    Ruego a usted dar a difusión la siguiente carta abierta. A los demás lectores, retransmitir este correo entre todas las personas posibles. Quizás así evitemos otras muertes.

    Gracias.

    Andrés Caro Berta

    Carta abierta a los doctores y personal de enfermería que atendieron a Alicia Berta: Mi madre no murió en paz. Alicia Berta fue internada el 29 de enero ante un cuadro de obstrucción intestinal. Llevada por una emergencia, se decidió operarla a las pocas horas. El cirujano me planteó el panorama antes de la intervención y posteriormente a la misma.

    En la segunda vez señaló que había resultado más sencilla de lo que se suponía. Que no hubo que hacer más que una limpieza de los intestinos y que esperaba que la evolución fuera positiva.

    Al día siguiente, cerca del mediodía, el mismo profesional la vio y me indicó que la operación había sido un éxito. Que la herida estaba cerrando muy bien, había logrado el organismo volver a expulsar la materia por la vía correcta y que sólo faltaba ver la evolución que auguraba como buena.

    Entre medio, de madrugada mi madre pasó muy mal especialmente por la temperatura ambiente y los dolores de la intervención, siendo asistida cada tanto por enfermeras que controlaban su estado físico.

    Pero Alicia Berta había entrado al sanatorio muy ansiosa y nerviosa. Un poco antes de llegar el cirujano para controlarla (entre medio, desde la operación en la tarde del 29 y hasta cerca del mediodía del día siguiente, no fue vista por ningún médico), la paciente comenzó con un cuadro de excitación que fue llevándola poco a poco a un estado de delirio. Cuando se hizo presente ese profesional al día siguiente de la intervención, se estableció un diálogo similar al que narro:

    Dr. - Bueno, la operación salió muy bien.

    Yo - Dr., mi madre comenzó a delirar.

    Dr. - La evolución ha sido muy buena.

    Yo - Dr., pero mi madre está delirando.

    Dr. - La herida está perfecta, los puntos están cerrando.

    Yo - Dr., mi madre está delirando.

    Dr. - ¿Defecó de madrugada? ¿Vio? Perfecto, está muy bien. ¿Qué le pasa, gordita? El cuadro es excelente. La operación salió muy bien.

    Yo - Pero, doctor, mi madre está delirando...

    Lo que empezó siendo apenas un conjunto de palabras incoherentes en medio de una gran excitación corporal que obligaron a atarla para que no se sacara la sonda del suero y la gástrica, avanzó hasta generar toda una conversación viciada de delirios.

    Le solicité a la enfermera la presencia de un psiquiatra. Me derivaron a la nurse. Hablé con ella, me dijo que la doctora de turno estaba en un “procedimiento” (¿?) y que luego vendría. Demoró muchísimo. Ya mi madre no podía ser controlada entre dos, oponiendo una fuerza enorme para salir de la cama. Cuando vino le señalé que soy psicólogo y algo sé del tema y que temía porque cada vez se ponía más violenta en querer escapar y decía mayor cantidad de incoherencias. Recetó entonces un calmante. Demoró muchísimo en aparecer dicho medicamento. Como pasados los largos minutos no surtía efecto, solicité nuevamente la presencia de la doctora. Luego de un largo rato, aparece y dispone una nueva cantidad de calmante. Otra vez se hace eterna la espera hasta que una enfermera aparece con dicho remedio. Mi madre entre tanto es incontrolable. Ya no se le entiende nada, mueve las manos en el aire y lucha desesperadamente por salir de la cama. No aparece nadie por la habitación.

    Pasan más de seis horas desde el inicio de dicho cuadro y mis primeros reclamos. Cuando comienza a hacer efecto lo administrado, igualmente mantiene una enorme excitación a nivel respiratorio. De pronto, se le cierran los ojos y deja de respirar. Grito por asistencia. Un familiar corre hacia la nursería. Vienen, solicitan personal de CTI. Llegan. Buscan reanimarla pero no pueden.

    Cuando sale la doctora de CTI y la otra que le recetó los calmantes me dicen que lamentablemente mi madre había fallecido por un paro cardíaco. Que eso no se había debido a los últimos acontecimientos, sino que casi con seguridad era producto de una falla en la operación.

    Me invita a que me despida de ella porque hay que dejar libre la cama y que pase por administración a hacer los trámites funerarios.

    Embotado por la angustia, no solicito la historia clínica. Al cabo de los días, cuando se la reclama, esta desapareció.

    Hago pública esta carta sin nombres propios y sin señalar la mutualista porque creo que esto no es problema de determinados responsables, sino provocado por la insensibilidad en relación a lo anímico y emocional en los que caen los médicos y el personal de enfermería.

    En esos días escuché demasiados casos similares, como también he pasado por otros, personalmente.

    La muerte de mi madre pudo evitarse si se hubiera hecho un control estricto en relación a su sufrimiento anímico.

    Señores profesionales: tenía miedo. Además de dolencias orgánicas. Y ese miedo se descontroló porque no encontró apoyo humano en quienes la atendían. Fue un correcto control de la temperatura, las sábanas, la higiene corporal, pero no hubo ningún diálogo (ni un mirarle demasiado a los ojos).

    Nadie me dijo, además, a no ser el médico que la operó (en tres instancias, pre, posoperatorio y al día siguiente) y las doctoras que me dieron el motivo de muerte (paro cardíaco) qué le podía estar pasando (efecto de anestesia, o lo que fuere).

    A nivel de enfermería pasó lo mismo.

    Lamento por la muerte de mi madre. Pero lo lamento por las futuras muertes que se vienen en manos de estas personas.

    Creo que es momento de poder reflexionar entre todos y modificar las reglas de juego donde los pacientes sean tratados como seres humanos y no objetos que deben (según la hora y las prescripciones del médico) tomar un medicamento, evacuar, comer, ponerse de determinada forma en la cama, ser lavados según lo que indica la planilla de control.

    A quien esté leyendo esta carta: el próximo puede ser usted.

    Sin más, atte.,

    Psic. Andrés Caro Berta

    CI 1.213.380-9