No hay duda de que la visita de la delegación uruguaya a China ha constituido uno de los acontecimientos más trascendentes en la historia del milenario país oriental.
No hay duda de que la visita de la delegación uruguaya a China ha constituido uno de los acontecimientos más trascendentes en la historia del milenario país oriental.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa prensa le ha dado a la presencia del presidente Vázquez y su numerosa comitiva una importancia solo comparable con el Gran Salto Adelante de 1957, o la Revolución Cultural de 1969. Las calles ornadas de guirnaldas, los dragones de papel maché circulando por las avenidas al son de los gongs de bronce y las ruidosas cornetas, fuegos artificiales por las noches, ballets folklóricos en la plaza Roja, y desfile de tanques de guerra en una reproducción simbólica de la masacre de Tiananmen, en la que se aprovechó para ejecutar a cientos de evasores fiscales, traidores a la revolución y amantes adúlteros, así como a operadores clandestinos de Internet, que habían sido apresados buscando datos en Google sin la debida autorización del comisario del pueblo.
Las negociaciones fueron muy variadas, porque las imágenes nos mostraban un día a Vázquez con Xi Jinping intercambiando documentos que nadie sabía qué decían, pero que los comentaristas mencionaban como los seguros borradores de un tratado de libre comercio en 2018, pero de pronto la imagen se trasladaba a la provincia de Jing Dalong, donde Gua Sontring, alcalde de la villa de Huacheing Bingabong, le daba la mano al intendente de Rocha, asegurándole que en menos de lo que canta un pterodáctilo, China construirá en Rocha un puerto de aguas profundas que hará palidecer de envidia al viejo Mujica, que proyectó como cinco puertos y no le salió ninguno. Y a renglón seguido, pero a mil doscientos kilómetros de allí, el gerente de la empresa estatal de fabricación de trenes Chakachaka Bingbing de la localidad de Humuching, don Vialong Makining, le entregaba al presidente de AFE la llave de la primera locomotora que tiraría de los trenes chinos que acarrearían la pasta de celulosa de la madera de UPM fabricada en Paso de los Toros hacia el puerto de Rocha.
Tantas maravillas deslumbraron a Fortunato, al punto que lo llevaron a seguir mirando por la tele aquel reporte completo desde la China, donde la exultante delegación uruguaya no hacía sino recoger éxitos y cosechar logros, tendientes a transformar a la China en nuestro padrino protector, amigo eterno, salvador de la patria, y propulsor de la modificación de nuestra denominación oficial, ahora como República Oriental y Chinesca del Uruguay
Las largas mesas de delegados chinos, delegados uruguayos, centros de mesa de flores multicolores, traductores de segunda fila con libretitas y lápices que hacían posible al menos tratar de interpretar qué era lo que estaba pasando en aquellos encuentros, tenían como ruido de fondo comentarios ampliamente elogiosos de la televisión uruguaya, en los que se enumeraban uno tras otro los triunfos comerciales y diplomáticos de aquella avanzada oriental sobre la milenaria China, que nos aguardaba con los brazos abiertos para darnos todo lo que necesitáramos, y algo más, si hacía falta.
Fortunato ya no podía recordar todo lo que Uruguay había obtenido en esta misión, y su cansancio era sin duda su principal adversario para el inventario.
Pero le llamó la atención, entre sueños, un comentario de un jerarca policial chino, el brigadier Biching Bon Oming, quien le aseguraba en un aparte al mismísimo ministro Bonomi que este incidente menor registrado en uno de los baños de la tribuna Ámsterdam del Estadio Centenario, en el que un barrabrava de Peñarol agredió a balazos a otro de otra facción por un quítame allá esta pasta base, era de fácil solución.
—Nosotros tenemos el sistema Chákatepling, que se viene aplicando desde hace tiempo en nuestros estadios, y hemos logrado reducir a un mínimo insignificante los incidentes violentos entre aficionados que comercializan drogas, sexo o rock and roll —le dijo el oficial chino al ministro uruguayo, quien tomaba nota con interés—. Fíjese que capturamos al agresor, lo ponemos en una jaula de perros hambrientos durante media hora, y después les entregamos los huesos pelados a sus deudos, que los conservan como recuerdo de la acción eficiente de las fuerzas de seguridad chinas —concluyó, ante la mirada algo atónita del jerarca uruguayo.
Mientras se desarrollaba este diálogo, en la mesa de al lado, el intendente de la ciudad de Sirk Ulong, el Ing. Pelading Marting Ning, le explicaba a su colega, el intendente de Montevideo, que era aceptable que algunas obras viales sufrieran errores de diseño debido a fallas humanas en su concepción, pero que ellos habían desarrollado un método correctivo que no fallaba.
—Etimado intendente Maltíne —explicó el funcionario chino— nosotlo plimero listamo a todos los funcionalios lesponsables de los eloles, como pol ejemplo los que diseñalon el Coledor Galzón o el Genelal Flole en Montevideo. Bien. Luego placticamos una zanja plofunda donde los ubicamos a todos ellos atados de pies y manos, y acto seguido plocedemos a demoler las oblas elóneas, echando todo el matelial encima de los estúpidos lesponsables que le hicieron gastal tanto dinelo al pueblo, y genelalon tantos accidentes evitables. Todo queda luego en un teleno liso y llano, por encima del cual se constluyen centlos comelciales o plazas de entletenimiento. Y los coledoles de tlánsito se diseñan en otlo lado, pol palte de otlos técnicos más capacitados que los imbéciles que se equivocalon con los planos oliginales —concluyó.
Fortunato no daba crédito a aquellas recetas tan radicales que estaban exponiendo los chinos, pero, conociendo sus antecedentes, no le llamaba demasiado la atención.
De la misma manera siguieron planes para erradicar basurales haciéndoles comer los desperdicios regados en torno a los contenedores a los funcionarios omisos, o los fusilamientos sumarios de los rapiñeros capturados in fraganti en medio de sus acciones delictivas.
Fortunato consideró razonablemente que se había quedado dormido, porque aquellas recetas eran demasiado radicales para los democráticos, respetuosos y comprensivos representantes uruguayos, tan apegados al debido proceso legal.
Pero de pronto uno de los funcionarios uruguayos que tomaba notas en la gran mesa, firmó un documento y se guardó en su chaqueta la lapicera con la que había estado trabajando, que evidentemente no le pertenecía. De inmediato dos gigantes policías chinos lo alzaron en el aire y se lo llevaron con destino desconocido. Se supo luego que la delegación uruguaya estuvo integrada por 30 delegados a la ida y 29 a la vuelta.
Y Fortunato confirmó que lo de los chinos va en serio. Vamos a hacer.