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    Los “indignados” de Uruguay

    Uruguay tiene Indignados! Hace algunos días un grupo de uruguayos que se autocalificó de “indignados”, se reunió en la Plaza Independencia repudiando el alevoso asesinato de un trabajador en un café y bar sito en Av. 8 de Octubre y Av. Garibaldi y pidió a las autoridades una postura diferente ante el avance de la delincuencia, tanto en Montevideo como en el interior del país.

    Todas estas personas reclaman como simples ciudadanos, lo cual parece muy importante, porque estimula la libre y espontánea manifestación del pueblo, que en la generalidad de los casos está limitado a votar cada cuatro o cinco años.

    En el Uruguay tenemos que reconocer que nuestros compatriotas son poco afectos a la manifestaciones públicas de protesta, actuando siempre con una sobriedad que cae en la indiferencia y estimula (sin quererlo) muchas conductas lamentables.

    Me estoy refiriendo, por si no he sido claro, al comportamiento de la sociedad uruguaya ante situaciones altamente reprobables, claramente contrarias a las normas y muchas veces delictivas. Nada ha conmovido su apatía, tanto en épocas de democracia como de dictadura, salvo el tremendo cacerolazo del 25 de agosto de 1983 y el acto posterior en el Obelisco en noviembre del mismo año, ambos en repudio al régimen militar de la época.

    La historia de nuestro país durante la segunda mitad del siglo XX y los sucesos que entonces pasaron, no debe estudiarse (como algunos pretenden) a partir del golpe del año 1973, porque antes hubo hechos muy graves, que la sociedad uruguaya recuerda perfectamente.

    Luego de terminada la segunda guerra mundial y otros conflictos posteriores, que evidentemente nos beneficiaron económicamente, nuestra economía empezó a deteriorarse lentamente: los precios de las materias primas que el país exportaba (carne, lana y cueros) se derrumbaron, a la vez que aumentaban los de los insumos que la incipiente industria nacional requería. Apareció la inflación con todas sus nefastas consecuencias y la situación social se tensó gravemente.

    La crisis se agravó a partir de 1956 y la rápida recuperación de las economías europeas hizo que los tradicionales mercados de compra de nuestros productos pasaran a ser duros competidores, en buena medida, por los subsidios que recibían de sus respectivos gobiernos.

    En tanto esto ocurría, en el Uruguay “experimentábamos” con un Poder Ejecutivo colegiado de nueve miembros, seis por la mayoría y tres por la minoría, que soportamos estoicamente de 1952 a 1967 y cuyos resultados no fueron los esperados, porque primó siempre el interés personal por encima de los del país y solo sirvió para crear más cargos públicos e incitar oscuros acuerdos políticos. Ya existía en los partidos tradicionales una importante corrupción, salvo algunas excepciones, que por ser pocas no pudieron impedir que la ciudadanía generalizara su censura a la clase política y que ese clima de rechazo, en cierta forma, presagiara la tormenta que llegaría después.

    Como meros ejemplos de lo expresado, cabe recordar que todos sabíamos entonces que una línea telefónica en Montevideo o en el interior se conseguía con relativa rapidez si se “estimulaba” a quien correspondía para obtener un “borne” y si el trámite jubilatorio estaba demorado se operaba el “milagro” con una tarjeta de alguien políticamente influyente o se “aceitaba” directamente la máquina con una “propina” que ya estaba tarifada.

    Los políticos de la época también sacaban beneficios extras votándose autos baratos, jubilaciones especiales, repartiendo empleos públicos entre sus familiares y amigotes del “comité”, mientras elogiaban la democracia que ellos mismos ensuciaban con la mayor frescura.

    En la década del 60 había gran desocupación y profundo descontento en la sociedad uruguaya. Fue entonces que aparecieron los primeros actos del movimiento revolucionario tupamaro, al principio recibidos entre asombro e incomprensión, pero con cierta simpatía porque parecía que apuntaban a la denuncia de graves irregularidades, de muchas de las cuales no se tenían siquiera sospechas, lo cual le daba a esos hechos un aura moralizadora atrayente y ejemplarizante.

    Después siguió el delirante “crescendo” de asesinatos, secuestros, copamientos, etc., que no todos recuerdan, contra lo cual la Policía tuvo seria dificultad para hacerle frente (por la propia estrategia empleada por la guerrilla) y las trabas que tenía el Poder Ejecutivo para actuar eficazmente.

    Dice el director de Búsqueda Sr. Claudio Paulillo, en su editorial del 24/5/12: “La verdad es que los políticos que conducían entonces el Uruguay, carecieron del talento y del tino necesario como para frenar aquel despropósito y, en ocasiones, solo aportaron mas leña al fuego”.

    “La verdad es que ante su incapacidad manifiesta llamaron a las Fuerzas Armadas para que aplastaran a la subversión”.

    Terminada la tarea exitosamente, agrego yo, los militares forzaron un golpe de Estado y tomaron el gobierno del país por 12 largos y difíciles años.

    Vuelto todo a la normalidad institucional en 1985, llevamos 27 años de democracia con la alternancia de los partidos tradicionales en el gobierno y a partir del 2005 con el Frente Amplio.

    Todo lo sucedido no les enseñó nada a nuestros políticos. El descontento actualmente es general, porque han vuelto a reiterarse los errores del pasado, han recrudecido problemas que nunca se estudiaron ni resolvieron, la deuda pública es enorme y cuesta pesados intereses, se siguen aprobando leyes para incentivar generosamente el retiro de los funcionarios públicos para que se vayan y dejen el lugar a otros (aunque sigan cobrando como si realmente trabajaran), se contratan a “expertos” (cuyos informes nadie lee) para supuestamente mejorar la ineficiencia de muchas oficinas, todos los entes públicos BROU, Antel, Ancap y otros, tienen varias sociedades anónimas con las cuales pueden hacer lo que se les ocurra sin necesidad de someterse a las leyes ni a la Constitución ni tener que soportar la molesta vigilancia del Tribunal de Cuentas.

    La crisis de la enseñanza es tremenda y nadie atina a darle al asunto un vigoroso golpe de timón, que apunte a mejorar su calidad y estimular a los jóvenes en el estudio.

    El tema no es nuevo porque viene desde mediados del siglo pasado sin que nadie frene su caída libre, que en la actualidad ha llegado a una situación gravísima y una politización total que frena peligrosamente la toma de decisiones.

    En cuanto a la seguridad, otro viejo tema nacional, también sufre las consecuencias de la indiferencia de los principales actores de la escena pública.

    El Poder Ejecutivo insiste en responsabilizar a los medios de comunicación y saca de la galera estadísticas con números increíbles para minimizar lo que sucede, mientras la sociedad uruguaya aguarda alguna actitud de protección urgente que inentendiblemente no llega.

    Celebro entonces que un grupo de uruguayos que se autodenomina “indignados”, tome la iniciativa de protestar por la inseguridad, la enseñanza, la corrupción, el incumplimiento de las leyes y otros ítems tan importantes como los anteriores, para intentar resucitar el “Estado de Derecho” que desde hace tiempo parece haber desaparecido de nuestro país, con el consentimiento silencioso de la ciudadanía y el desinterés de los que ni siquiera se dan cuenta de lo que está sucediendo.

    Dr. Gustavo Vázquez Fiol

    CI 537.632-9