N° 1685 - 25 al 31 de Octubre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl capítulo de Escila y Caribdis del “Ulises” podría ser una glosa de los dos o tres capítulos del libro Cuarto de “Los Años de Aprendizaje de Whilhem Meister”, en los que Goethe habla de Shakespeare y se ocupa de entender o interpretar el conjunto de motivaciones de Hamlet. Si no es totalmente una glosa de aquelllos fragmentos es precisamente porque, a diferencia de lo que ocurre con la novela alemana, en Joyce hay un juego de esgrima entre irreconciliables posturas ideológicas (la dogmática mirada platónica en oposición a la ordenada perspectiva aristotélica) y en Goethe solamente el despliegue unidimensional de un admirado afán de inteligibilidad. Las palabras y la corriente del pensamiento de Stephen Dedalus en esa memorable reunión en la Biblioteca Nacional están en la línea de lo que evalúa Meister (no es casualidad que el capítulo comience precisamente con una alusión a esos pasajes emocionados y lúcidos de Goethe) y tratan, con igual precisión y análoga hondura, de capturar los muchos sentidos sobre los que se despliega el arte de Shakespeare para situar en clave de dilema universal y de tragedia cotidiana los problemas del joven príncipe de Dinamarca.
Mi primera lectura de la novela de Goethe fue inducida por esa referencia. Había leído con disciplina pero sin fruición las penalidades de Werther, había leído con maravillado entusiasmo aquel buen tratado de los rodeos del amor romántico que llevó por título “Las Amistades Selectivas”, y me di por satisfecho con la narrativa de un autor al que prefería como poeta, como pensador, como invencible animador del espíritu, pero al que con injusticia no le prestaba mayor atención como novelista. Mi largo trato con el “Ulises”, y en particular mi trato con esa discusión en el despacho del director de la Biblioteca en Dublín, terminaron por indicarme, no sin perentoriedad, que tenía que conocer esa novela, ver qué aspecto del que Joyce recoge está vivo en el texto de Goethe. Innecesario es decir que ingresé por esa puerta que, una vez dentro, la profusión de jardines me llevó a flanear por distintas instancias.
Lo que dice en el undécimo capítulo del cuarto libro es la base del eco que habrá de reverberar, casi medio siglo más tarde, en una de las conversaciones con Eckerman, donde afirma que la primera vez que leyó las obras de Shakespeare sintió que hasta entonces había sido como un ciego de nacimiento y de golpe le fuera dada la visión de las formas y de los colores del mundo: “Apenas hubo leído Wilhem algunas obras de Shakespeare, cuando fue tan intenso su efecto sobre él, que no se encontró ya en situación de poder seguir leyendo. Cayó en la mayor conmoción toda su alma (…) No recuerdo que ningún libro, ninguna persona, ningún otro acontecimiento de la vida, haya producido en mí tan grandes efectos como las preciosas obras que he conocido gracias a su bondad. Parecen ser obra de un genio celestial que, de la manera más suave, se acerca a los hombres para enseñarles a conocerse a sí mismos. Son más que obras poéticas. Cree uno encontrar abiertos ante sí los inmensos libros del destino en los que braman los vientos tempestuosos de las más agitadas existencias, y con toda celeridad y violencia dan vuelta a sus hojas. Estoy tan asombrado y fuera de mí ante la fuerza y la ternura, la vehemencia y la serenidad de tales obras, que espero con ansia el momento en que vuelva a encontrarme en situación de seguir leyéndolas”.
El entusiasmo no tiene límites. Wilhem, que ha pasado por la ardua experiencia del amor desairado, que buscó refugio en los vanos triunfos de la vida social, que se resignó a ganar dinero como otros se resignan a un defecto físico o a una porfía, ya en un recodo de su existencia, vuelve a trabar contacto con los afectos primarios de su vida y ve en Shakespeare la puerta de todos los cielos de la conciencia y del corazón: “Todos los presentimientos que alguna vez he tenido sobre la humanidad y su destino, los cuales me han acompañado desde la niñez sin que yo mismo lo notara, los encuentro realizados y desenvueltos en las obras de Shakespeare. Parece como si nos resolviera todos los enigmas, sin que, sin embargo, pueda decirse: en este sitio o en el otro está la solución. Sus hombres parecen hombres naturales, y, sin embargo, no lo son. Estas misteriosas y complejísimas criaturas de la naturaleza actúan ante nosotros, en sus obras, a modo de relojes cuyas esferas y cajas fueran de cristal; según su destino señalan el curso de las horas y, al mismo tiempo, se pueden ver las ruedas y resortes que las impulsan”.
La semana que viene abundaremos en la específica mirada de Meister sobre Hamlet.