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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáReflexiones para nosotros: los médicos. Dado el trayecto que me ha permitido el tiempo, mi vida en esta noble profesión ha sido prolongada. Pronto cumplo 50 años como médico y 58 desde que me inicié en la docencia médica. He recorrido un largo camino asistencial y docente y he conocido muchísimos de los centros asistenciales y ámbitos docentes médicos del país. Conozco miles de médicos y muchas de las modalidades asistenciales en nuestro medio. Me he construido en gran parte con la medicina. Me he dedicado con pasión a ella y ella me ha retribuido con creces en gratificaciones
Ahora me duele verla como está. Pero como la medicina en sí es una abstracción y los que somos de carne y hueso palpable somos los pacientes y los médicos, puede decirse que me duele ver cómo la hemos golpeado los médicos y en qué estado va quedando.
Nosotros —los médicos— somos hijos de una necesidad ancestral de la especie. La existencia del dolor, la enfermedad y la muerte hizo necesario que los grupos (comunidades) generaran un sanador para intentar aliviar o alejar transitoriamente esos eventos que aterrorizaron y angustiaron siempre al ser humano. Era un curador que debía intentar sanar al humano afectado. Inicialmente empleaba ritos, palabras y productos naturales que tenían poca eficacia (aunque algunos procedimientos antiguos se siguen empleando hoy, centenas de miles años después).
El conocimiento cambió y aumentó, la técnica hija del conocimiento mejoró y se hizo efectiva. En los últimos 100 años se produjo una explosión de ciencia y tecnología aplicada a la medicina. Todo eso es benéfico, pero paradojalmente —o quizá no— se produjo un alejamiento del médico de sus pacientes (actualmente frase corriente en toda la literatura médica occidental, al menos). La mirada pasó del paciente a la enfermedad. Todas las enfermedades o heridas de sistemas y órganos se volvieron interesantes intelectualmente, mistificadas por la gran ola de publicar y ser autor, y su conocimiento profundo se volvió instrumento de prestigio y dinero. Por supuesto que es imprescindible aclarar que publicar observaciones e investigaciones honestas y novedosas es muy bueno en sí mismo si lo sacamos del contexto en que crece. El conocimiento y la formación especializada salvaron más vidas pero también comenzaron a ser muy rentables y entraron en el círculo de oferta y demanda. Pero entraron en ese ámbito en una forma muy desbalanceada porque en la salud el factor demanda es permanente y agigantada por ser hijo del dolor y de la amenaza de la muerte. Esa demanda siempre existirá, unida a la angustia y a la afectividad, no se puede parar y favorece siempre a quienes se pasaron para el lado de jugar el nuevo juego. Si la demanda es desesperada, el costo del producto puede aumentar sin límites porque siempre será comprado.
Pero es fundamental afirmar que la relación médico/paciente es ontológicamente otra cosa; no puede entrar en la lógica de mercado pues no pertenece al mercado. El mercado es el mercado, pero su ámbito es otro y no el del dolor humano. Quizá la relación médico/paciente perfecta siempre ha sido un poco utópica (e idealizada) porque la dedicación humanística completa compasiva y empática solo existe en una parte más bien pequeña de los médicos y porque los seres humanos somos ambivalentes. Pero al menos era otra cosa: en ella había un médico autoritario pero presente, altanero pero servicial, se hacía obedecer pero siempre concurría al ser llamado, muchas veces se había hecho rico con la medicina pero también atendía pobres, concurría al ser llamado y además mucha veces usaba su poder para ser un consejero en asuntos delicados de familia que ayudaba a resolver. No sería el ideal pero era quizá suficientemente buena. Ser médico era una dignidad autorrespetada por quien la portaba.
En los últimos 50 años en el mundo occidental, pero quizá más en las Américas (en todas) esa relación inicial de magia/creencia y luego de ciencia/confianza se han transformado en gran parte (una parte dominante) en relación de costo/beneficio. Y ese cálculo lo hacen no solo los sistemas que administran la salud (públicos y privados, lo que también es un problema) sino que lo hacen individualmente muchos médicos. Los que hacen esto (afortunadamente no todos) ya no son más sanadores y quizá ni recuerden el término o se rían de él; no tienen en su pupila un hombre o mujer sufriente sino una moneda de oro en que se ha transformado el dolor de esa persona o de ese moribundo. Estos han perdido casi todo. Todo menos la técnica, pues generalmente tienen muy buena técnica. La técnica es uno de neutros recursos mayores y debe seguir mejorando aún más pero aislada de la compasión resulta fría como el hielo y nunca llega al alma dolorida del paciente.
De acuerdo a algunos sociólogos de la medicina —que han publicado junto con educadores médicos al respecto recientemente— toda la dignidad que la sociedad le ha otorgado al médico y los beneficios que le ha permitido (prestigio, dinero, autorregulación, independencia de criterio o libertad profesional, en muchos países la prerrogativa de admitir o no nuevos integrantes de su “corpus”, monopolio de su tarea y posibilidad de ascenso social) lo hizo mediante un contrato social no escrito pero milenario que exigía algo a cambio como todo contrato. Ese algo era la dedicación abnegada, la asistencia compasiva y el altruismo. Altruismo en la jerga profesional quiere decir que los intereses del que sufre —el paciente— deben estar siempre por encima de los intereses económicos del médico. Este contrato no es un regalo bondadoso que da uno a otro, es ni más ni menos que un arreglo social milenario no escrito que ha sido interpretado por pensadores clásicos como una de las formas del gran contrato social. El que no lo cumpla incurre en falta y el defraudado comienza a castigarlo y comienza a preguntase si las ventajas que había dado a cambio valen la pena.
Este deterioro que ocurre en la medicina es solo una enfermedad de la medicina y no la muerte, pero es una enfermedad que ya está pasando a la cronicidad y debe ser atendida y, sobre todo, merece el coraje de mirarla de frente, hablarla claramente, no emplear eufemismos y partir de la base de que los médicos estamos para los pacientes y no los pacientes para los médicos. Tendríamos que sentarnos todos en una misma mesa y hablar con sinceridad, tratar de combatir las ideas del otro que creemos malas o equivocadas pero no querer destruir a quien las dice.
Afortunadamente existe en nuestro medio cierta cantidad de médicos vocacionales, humanos y compasivos. Hombres y mujeres en cuya escala de valores en forma espontánea y en un lugar muy alto están el altruismo, la compasión y la empatía. Ellos tienen en parte o totalmente la identidad de “sanador”. Será seguramente por formación familiar, por convicción o porque han visto que así son más gratificados o puede ser porque tengan la capacidad de sentirse más felices. En la formación de su personalidad deben haber actuado esos factores contextuales particulares porque esto no lo aprendieron ni lo vieron en la práctica de sus currículos de enseñanza. Los ejemplos que les hemos dado las instituciones educativas no han contenido esos valores en forma expresa. Ha sido un ámbito olvidado quizá por un siglo o más. Ese grupo de colegas altruistas y compasivos miran a los ojos del paciente, lo escuchan y practican el “ocuparse del otro como un ser completo”, con sus angustias, esperanzas y conflicto. Hay de esos médicos y las personas nos lo dicen con admiración cuando hablan de ellos. Pero posiblemente el doble de personas nos cuentan la falta de todo eso en las ocasiones en que se han asistido.
En la escala de valores de esos médicos vocacionales la remuneración existe como un valor (y está muy bien) pero ocupa un segundo lugar. El valor remuneración debe existir porque el médico tiene derecho a vivir bien. Pero tiene derecho a ello solamente si el altruismo está por encima del dinero.
Lo cierto es que el tratamiento de la profesión con criterio mercantil avanza y se infiltra a pesar de esfuerzos de varios grupos que proclaman lo contrario y que bregan por hacer renacer la esperanza en muchos puntos del planeta. Hay ejemplos en este mismo año que muestran el corporativismo en diversas dimensiones. Algunas de sus manifestaciones han sido abalanzarse sobre un rector que propuso un tope bastante alto, pero uniforme, para las ganancias médicas (tope al que muchos de nosotros nunca alcanzamos ni alcanzaremos) o declarar, en forma muy combativa, que hay médicos de varias categorías (unos más merecedores que otros) y que cada uno merece más o menos dinero de acuerdo a su especialidad y no por su mayor o menos dedicación profunda al ser humano integral y sufriente. Lamentablemente nadie nombra esa forma de medir.
Es un problema complejo acerca del cual ninguno de nosotros debemos rehuir responsabilidad. Además de lo dicho, pero entrelazado con ello —todo está relacionado con todo—, con solo mirar con atención podemos ver claramente que en esta “nueva cancha” del cuidado de la salud en los últimos 50-60 años —complicada y multidimensional— han entrado al juego nuevos jugadores: algunos son más poderosos que los médicos, como por ejemplo las industrias productoras de medicamentos o instrumental médico y las organizaciones asistenciales gubernamentales o privadas que emplean médicos. Los médicos somos jugadores menores que ni siquiera en conjunto podemos contra la fuerza de los grandes jugadores y a la larga la fragmentación no nos favorecerá. Hay dos cosas sin embargo que podríamos hacer: unirnos un poco más, no fragmentarnos, hablar cara a cara, reflexionar para aplacar el furor y estar dispuestos a ceder un poco cada uno, pero por sobre todas las cosas ser algo humildes y cumplir más cabalmente la parte del contrato que tenemos con la sociedad desde hace miles de años. Puede ser que no nos demos cuenta, pero esa es nuestra única fortaleza.
Si queremos que los futuros médicos cambien y reacomoden su escala de valores de manera humana nos cabe una labor irrenunciable e imprescindible. ¿A quién y cuál? Nosotros, los educadores médicos, todas las instituciones formadoras de médicos y todos los médicos asistenciales —que son vistos actuar por los estudiantes de medicina y que hablan con ellos— debemos mostrar, personal e institucionalmente, conductas humanas e íntegras y educar humanamente y en responsabilidad. Y las facultades de Medicina deben educar en estos principios en forma oficial, formal y curricular a todos nuestros alumnos de todos los años y en todos los ambientes.
Profesor Dr. Humberto Correa