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    Los nuevos desafíos de Occidente

    Sr. Director:

    Satán anda suelto. Ayer observaba desde la cola de vehículos en la terminal del Chuy el control policial establecido para los viajeros que se dirigen a Brasil, y mientras este aparentemente inútil requisito se cumplía pacientemente (después de que el ex refugiado militante de Al Qaeda sirio con muletas cruzó todo el Brasil en ómnibus hay que hacer algo para la foto) me cruzaron por la mente imágenes del pasado reciente, cuando persiguiendo acorralar a los guerrilleros tupamaros dentro de nuestro territorio, las horas discurrían interminables a la vera de solitarios caminos en este tipo de operaciones militares antiterroristas de la década de los 70.

    ¿Para qué sirvió aquello? ¿Para qué esto? ¿En qué cambió el mundo? ¿Cuánto cambió la humanidad? ¿Cuánto cambiamos nosotros? ¿En qué evolucionó el terrorismo?

    Como flashes cruzaron también por mi cabeza momentos de mi vida a finales de los 80, en que apenas una década después, los avatares profesionales de mi carrera me permitieron comprender que el terrorismo como le llamábamos en aquella época sería una comedia infantil en comparación con lo que se cocinaba en Pakistán.

    Desarmado y apenas munido de una azul libretita con el símbolo de las Naciones Unidas que mandataba en varios idiomas locales que su portador fuera protegido por las autoridades locales, intentaba identificarme como observador militar de ONU frente a una enfurecida jauría de talibanes erizada de AK 47 clamando “muerte al infiel”. El infiel era yo, jefe de una estación de observación de Unmogip en la línea de cese del fuego entre India y Pakistán que en solitario fui sorprendido recorriendo las montañas en los alrededores de Muzafarabad, en la Cachemira pakistaní donde estaba desplegado mi puesto.

    Por primera vez conocí personalmente el alcance de una fatua, sentencia a muerte del Islam a quienes osaren blasfemar contra su profeta, entre otros crímenes. Eso era precisamente lo que había sentenciado el ayatolah Jomeini desde Irán al escritor indio Salman Rushdie, autor del libro “Los versos satánicos”, declarado blasfemo. Como Rushdie no estaba, cualquier occidental no musulmán podía servir para expiar la ofensa, simplemente por ser considerado infiel. Por tanto un occidental con pasaporte extraño bien podía servir para calmar las iras…

    El brillo de locura en los negros ojos de aquellos muyahidines, solo pude compararlos al de los oficiales pakistaníes cuando en las largas noches de aquel 1989 compartíamos en esa misión alrededor del fuego de sus trincheras en la montaña, confesándome su admiración por el verdadero Islam que un tal Osama Bin Laden pronto impondría en el vecino Afganistán.

    Nacía Al Qaeda y el verdadero Satán se soltaría ese año para deambular por el mundo. Un mundo occidental incauto y arrogante que solo podía observar en su libérrimo ombligo la fluctuación de las bolsas comerciales y su interés material; incapaz de advertir la nueva amenaza.

    Pude escapar de esa situación en las montañas pakistaníes con vida y el escritor indio todavía sobrevive oculto por gobiernos occidentales, pero la sentencia generada por la fatua islámica al mundo occidental ha redoblado su fuerza llevándolo a una guerra en la que hoy, al contrario de lo que ocurrió en los 70 por estas regiones, está forzado a una defensa inútil condenada a la derrota.

    A estas alturas conocemos el saldo de la Guerra Fría y sus consecuencias visibles en los movimientos revolucionarios internacionales de aquella época, cuyos representantes locales más conocidos, aunque no los más virulentos, se identificaron como tupamaros.

    ¿Pero qué ha cambiado en el mundo para que un estado recientemente declarado califato bajo la sigla de ISIS, con un ejército de apenas veinte mil hombres, sin sistemas de armas sofisticados ni territorios extensos, utilizando la guerra de guerrillas y el terrorismo, tengan en jaque a las más grandes potencias del mundo?

    Para justificar nuestro análisis aclaremos que no tendría validez si estuviéramos comparando dos fenómenos diferentes. Sin embargo y se compare por donde se compare los movimientos guerrilleros de fines del siglo pasado y sus tácticas más contundentes como el terrorismo respetan las mismas leyes e idénticos principios estratégicos, políticos y de la guerra. Así que definir las fortalezas y debilidades de los actores involucrados será útil para sacar algunas conclusiones y definir en qué hemos cambiado para bien o para mal con referencia a aquella guerra.

    La inspiración religiosa a todas luces es la principal fortaleza actual atribuible al Estado Islámico. Un combatiente que no teme a la muerte, o mejor aún, cree que debe morir para cumplir con su misión y así recoger las recompensas celestiales prometidas, es el arma más formidable con la que general alguno pudo haber soñado.

    Sin embargo todas y cada una de las demás fortalezas del terrorismo en esta guerra son claramente atribuibles a las debilidades de sus enemigos, antes que a sus fortalezas en sí. Debilidades que se han ido profundizando desde la década de los setenta y hoy nos hacen así de vulnerables, tanto para el terrorismo como para su vanguardia, el delito organizado.

    Aunque no suene políticamente correcto debemos comenzar por asumir que todos los considerados progresos sociales como el redimensionamiento de los llamados derechos humanos, y el ultra liberalismo, como así también la ultranza de los muchas veces desvirtuados conceptos concernientes a la autoridad, respeto, equidad, solidaridad e igualdad son actitudes sociales que le viene muy bien al delito, territorio común en el que tanto se mueve un rapiñero como un lobo solitario que piense perpetrar un acto terrorista.

    Este redimensionamiento de ciertos valores no son todos malos per se, pero sus consecuencias políticas son una constante contradicción dentro y fuera de los Estados aún sin resolver, transformándose en las principales fortalezas del terrorismo moderno: Confusión entre defensa y seguridad, reducción de los presupuestos de seguridad, desvirtuación de los servicios de inteligencia, incapacidad de regulación de las migraciones ilegales, legislaciones obsecuentes, desplazamiento de funciones profesionales de la defensa al ámbito civil y la reducción e incapacidad de adaptación de las fuerzas armadas a los nuevos escenarios, pueden resumirse como el real paraíso terrenal del terrorismo islámico. En resumen, la gran confusión global en el concepto de la protección del ser nacional que hoy vive el mundo occidental, el terrorismo lo aprovecha como su principal fortaleza estratégica para golpear en el flanco menos protegido: las sociedades civiles en donde parecería que el mismo Satán anduviera suelto.

    Al proseguir mi marcha a través del puesto de control policial y luego de haber cumplido con la rutina de identificación me pregunté: ¿Cuántos miles de controles serán suficientes en todo el mundo si no adecuamos nuestra cultura a las nuevas amenazas a la humanidad?

    Cnel. Arquímedes Cabrera