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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos meses, uno de los candidatos a nuestras próximas elecciones municipales aseguró que Montevideo podría llegar ser “una de las treinta ciudades más limpias del mundo”, y que sus habitantes podrían en ese plano “jugar en primera”. La ambición es muy loable, sin duda, y nadie podría cuestionarla. Pero la declaración también hace sonreír, porque aún sin determinar exactamente en qué división estamos jugando ahora, es muy fácil medir la considerable distancia que nos separa de esos treinta equipos de la “primera”. Si hablamos de limpieza, sería bueno que el candidato (o cualquier otro u otra que tenga similares ambiciones) nos explicara, por tomar solo un ejemplo, cómo se propone llevar a cabo la ciclópea tarea de borrar los kilómetros de grafitis que afean calles enteras de nuestra ciudad, enchastradas (por decirlo justamente con un uruguayismo) sin consideración alguna por el valor arquitectónico de los inmuebles, y sin temor a sanciones por lo que es al fin y al cabo un atentado a la propiedad privada. Este es el deprimente paisaje que actualmente tenemos a la vista en casi cualquier barrio, y en el que nos hemos acostumbrado (o resignado) a movernos, sin prestarle ya casi atención, por su omnipresencia.
Mi propósito aquí es detenerme un instante en otra de las variadas dimensiones de esta urbanidad “de primera” a la que el candidato estaba sin duda sugiriendo que llegaríamos a acceder bajo su mandato: el transporte colectivo de pasajeros. Debe reconocerse que con la implementación de la tarjeta SPM o la consulta de horarios en las diversas aplicaciones disponibles se ha logrado dar un buen paso, pero es igualmente indudable que queda mucho por hacer para pasar a la ansiada élite mundial. Doy aquí también solo un ejemplo, muy claro. Quienquiera que se suba a un ómnibus montevideano, en cualquier línea y a cualquier hora, tiene muy altas probabilidades de encontrarse con una “ambientación sonora” de la cual resulta imposible escapar. El eufemismo apunta, claro está, a ese aire netamente tercermundista que le da a nuestra red de transporte público el hecho de que nueve de cada diez veces el conductor maneje escuchando el programa de radio o la música que se le antoja, a un volumen en general nada discreto, y a veces hasta conectando su receptor al sistema de altoparlantes, imponiendo así sus gustos hasta el último rincón del vehículo. Quien desee leer, concentrarse en algo, o simplemente descansar y hacer un viaje tranquilo, debe recordar al subir la famosa inscripción en la puerta del infierno de Dante: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”, a menos de que lleve consigo (y aún así nada está garantizado) auriculares que le permitan encerrarse en alguna burbuja auditiva propia.
Nuestro candidato haría bien en reparar en que esta pésima costumbre, ya instalada desde hace tiempo entre nosotros, ante la total pasividad (u, otra vez: la resignación) de los pasajeros, es inconcebible en cualquier país de “primera división”, en donde el conductor al que se le ocurriera “ambientar” su vehículo provocaría inmediatamente, lo puedo asegurar, la queja de algún pasajero y la sanción de su empleador. En Montevideo se intentó hace un par de años, creo, establecer alguna tímida normativa al respecto (que consistía tan solo, no nos hagamos ilusiones, en fijar un número de decibles a no sobrepasar), pero jamás he visto control alguno al respecto. Luego de experiencias particularmente desagradables, le escribí dos o tres veces al servicio de atención al cliente de la compañía, dando el número de la unidad y adjuntando una foto del boleto. La respuesta siempre fue de esta índole (copio una de ellas): “Reenviamos el reclamo al equipo encargado de realizar este tipo de inspecciones. Una vez que se haya realizado el mismo, le enviaremos una copia con las observaciones”. ¿Hace falta decir que nunca me llegaron noticias de este “equipo”?
Una vez, sin embargo, en el “chat online” de la misma compañía, estando yo todavía en el ómnibus, mi interlocutor hizo un paso más y me explicó que lo de la radio era “un derecho otorgado al trabajador”. La frase es interesante y merece un pequeño análisis, porque debajo de su ropaje políticamente correcto (al que contribuye obviamente la palabra-talismán “trabajador”), el argumento es insostenible. Uno: todo el mundo sabe que “los derechos de una persona terminan donde comienzan…” (etc.). ¿Qué hacemos entonces con el derecho de los pasajeros, como de cualquier ciudadano, al silencio, a la tranquilidad, a no padecer ruidos molestos? Dos: ¿el único “trabajador” a bordo será el conductor? ¿Ningún pasajero estará yendo a su trabajo por este medio de transporte, deseando no llegar a él (o regresar luego a su casa) con la cabeza llena de ruido? Y, sobre todo, tres: si los conductores de ómnibus montevideanos reclamaron y obtuvieron ese “derecho”, ¿por qué no podrían otras categorías de “trabajadores” reclamarlo de la misma manera? ¿Por qué no imaginar, sin ir más lejos, a un empleado bancario escuchando él también cumbias, programas de fútbol o charlas de todo tipo (a menudo no del mejor…), con tandas publicitarias incluidas, por supuesto, mientras revisa papeles o cuenta billetes ante nosotros? ¿O es que andar manejando un ómnibus por las calles de Montevideo es un trabajo muchísimo más monótono, solitario e ingrato que tantos otros, y merece por lo tanto una consideración muy especial?
No se me escapa, por supuesto, que la eventual eliminación de este curioso “derecho otorgado al trabajador” desataría automáticamente la resistencia del gremio, traducida en un abrir y cerrar de ojos en “conflictos” y “paros”, por decirlo con términos de amplio uso local. Es decir, algo no precisamente cómodo ni grato para ninguna autoridad municipal, y menos si comienza un nuevo ciclo. ¿Pero alguien dijo que se asciende a la primera división sin esfuerzo ni obstáculos? El candidato al que me refería al principio agregaba, en la misma entrevista, que para poder codearse con el Bayern Munich o el Manchester City (lo formulo así yo, no él…) sería necesario “un cambio cultural”. Usted lo ha dicho, señor candidato, y le deseo suerte en el empeño, en caso de ser electo.
Jean-Philippe Barnabé
CI 1.063.779-0