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    Los que se fueron

    Columnista de Búsqueda

    N° 1713 - 16 al 22 de Mayo de 2013

    En un libro crucial para la historia de la cultura antigua (“La ciudad antigua”, Emecé, 1945), Fustel de Coulanges nos explica que para los griegos los muertos eran seres sagrados. Nos dice algo todavía más importante: los muertos no morían del todo, solamente perdían su oportunidad aquí en la tierra; pero seguían manteniendo una forma de vida que los deudos tenían el deber de estimular con sus homenajes y recuerdos.

    Las obligaciones que los vivos contraían con los muertos informan que a los infortunados que se iban se les asignaba un futuro, que no eran meramente despojos orgánicos, sino seres en otra dimensión que seguían de alguna manera dependiendo de sus familiares. Por eso la organización especial de las tumbas, las ofrendas, las libaciones. Creían los griegos que los muertos tenían una forma de vida. La propia mitología y su religión fue prolífica a la hora de presentar ese destino ultramundano. En el diálogo “Fedón”, Platón pone en boca de Sócrates —que concibe de manera optimista el hecho de la muerte— una completa descripción de la mansión eterna, lugar en el que habitan los muertos, reino de Hades. En uno de sus pasajes dice que el mundo de los muertos tiene una geografía análoga a la terrestre, que hay ríos, provincias, montañas, volcanes, abismos; para apoyarse cita un verso de Homero (“Ilíada”, VIII,14) que habla de las honduras de esas regiones. La caracterización de cómo es la vida allí, según lo explica Pierre Grimal, es muy elocuente: “(Hades) es un amo despiadado, que no permite a ninguno de súbditos volver a la tierra, entre los vivos” (“Diccionario de mitología griega y romana”, Paidós, 1994, pág. 220).

    La visita de Ulises al Hades y sus muchas entrevistas que allí tiene sirven para conocer las notas que se les atribuían a los muertos una vez que, cumplidos los ritos de despedida, llegaban a la ultratumba. Lo primero que se aprecia es que en los muertos hay nociones y estructuras intelectuales, psicológicas y morales que no guardan ninguna diferencia con las de los vivos; los muertos aparecen con personalidad, con una determinada silueta física y una singular manera de ver el mundo que dejaron atrás. Y algo más: son sentimentales. Lo único que esos seres del más allá no tienen es materia física; son almas y se los describe como sombras o figuras ingrávidas que tienen la apariencia de las personas que fueron en vida.

    Su madre querida, su buen amigo Aquiles, Agamenón de tantas aventuras y controversias y miles de soldados de todos los rangos y vecinos se cruzan con Ulises y de alguna manera se lo quieren reservar para que les dé noticia de lo que ocurre en el reino visitado por el sol. Son seres angustiados, prepotentes o tristes aquellos con los que trata Ulises, que no parecen muertos, sino vivos. Son muertos porque no tienen materia, porque en la tierra se ha llorado su desparición y porque —al menos en los casos donde se cumplen las leyes de los dioses— fueron despedidos de acuerdo a un conjunto de ceremonias que tuvieron por objeto asegurarles un tránsito normal y una eternidad de descanso. En lo demás, los muertos que aparecen en el undécimo canto de la “Odisea” están vivos. Para ellos rigen los mismos valores, las mismas jerarquías, el mismo cuadro de afectos. Estos muertos, lejos de eternizarse en el momento en que dejaron la faz visible de la tierra, fueron evolucionando en sus conceptos, atesorando conocimientos, cambiando de opiniones, ponderando los acontecimientos. Esto quiere decir que están en actividad, que son dinámicos; contrastan notablemente con la terrible rigidez y frialdad de los cadáveres; para ellos es como si la vida todavía estuviera hirviendo.

    Dante vivió una experiencia parecida a la de Ulises. Al respecto, dice Francesco de Sanctis, refiriéndose al protagonista de la “Divina Comedia”: “Hombre viviente, penetra en el reino de las sombras y lleva consigo todas sus pasiones de hombre y de ciudadano, haciendo resonar con estremeciemientos terrenales hasta las tranquilas bóvedas del cielo. Es como un puente lanzado entre el cielo y la tierra. Las almas, viendo y oyendo hablar a un hombre viviente, renacen por un instante, vuelven a sentir sus antiguas pasiones, rememoran la patria, los amigos. En el seno de lo infinito surge nuevamente lo finito; reaparece la historia, reaparecen los caracteres y las pasiones” (“Las grandes figuras poéticas de la ‘Divina Comedia”, Emecé, 1945, pag 98).

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