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    Los tambos uruguayos más eficientes registraron la menor huella de carbono y la mayor producción de leche por vaca

    Una decena de hojas de Excel repletas de números. Así de complejo es calcular la huella de carbono —que contabiliza las emisiones de Gases de Efecto Invernadero— de un tambo. De hecho fueron 24 los establecimientos lecheros uruguayos estudiados por la ingeniera agrónoma Carolina Lizarralde como parte de su tesis de maestría en Ciencias Agrarias en Facultad de Agronomía (Fagro) de la Universidad de la República.

    La investigación reveló que existen distintas huellas entre los tambos uruguayos. Pudo demostrar cómo la forma en que se manejan los tambos y los animales incide sobre las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y por lo tanto en la huella de carbono de la leche.

    Las prácticas de alimentación del ganado y la forma en que se maneja el rodeo son los dos motivos principales que explican las variaciones de la huella de carbono en los tambos analizados.

    Los resultados sugieren que, adoptando tecnologías disponibles —alimentación del rodeo y producción de forraje— podría ser posible reducir la huella de carbono de leche y al mismo tiempo “posiblemente mejorar los ingresos de los tambos del país”, dijo a Búsqueda Lizarralde, quien actualmente trabaja en el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA).

    El estudio “Relación entre la huella de carbono y las prácticas de manejo en los predios lecheros de Uruguay” determinó la huella de carbono de la leche producida en tambos, donde las vacas pastorean todo el año y son suplementadas con concentrados —granos y otras reservas—. Es la primera vez que se realiza un estudio de este tipo en el país. Detectó y explicó diferencias entre los establecimientos lecheros y concluyó, entre otras cosas, que “mejoras en las pasturas y en la forma de alimentar a las vacas pueden reducir la huella de carbono de la leche que produce Uruguay”.

    La versión online de la revista científica “Sustainable Agriculture Research” publicó en febrero un artículo que recoge varios de los hallazgos de esta investigación. La publicación fue realizada por Lizarralde junto con Valentín Picasso, Mónica Cadenazzi y Laura Astigarraga (de Fagro) y Alan Rotz (Departamento de Agricultura de Estados Unidos, USDA).

    Diferencias.

    La producción lechera uruguaya se realiza en una gran diversidad de suelos y con distintas estrategias productivas. Esto genera diferencias en los resultados productivos y en la huella de carbono para cada tambo.

    La producción de leche mostró diferencias de hasta 2.000 litros por año entre un tambo y otro.

    La huella de carbono promedio fue de 0,99 (número expresado en kilogramos de dióxido de carbono equivalente por kilogramo de leche producida, corregida por grasa y proteína).

    Para poder estudiar los diferentes resultados obtenidos, los tambos fueron divididos en tres grupos con similares formas de producción y de manejo nutricional. Fue contemplada la alimentación de la vaca, es decir, cuánto pasto come y cuánto complemento —reservas y grano—. Esto impacta en la cantidad de litros de leche que produce cada vaca porque la que come una dieta más balanceada produce más leche y más terneros. También tomaron en cuenta la cantidad de animales por hectárea y el nitrógeno excretado, entre otras variables.

    El primer grupo o “cluster” fue el menos eficiente, con la menor disponibilidad de alimento y bajo concentrado en la dieta. El segundo tuvo mayor proporción de concentrado que los demás y el tercero, el más eficiente, mayor productividad que los anteriores y un “balance óptimo entre forraje y concentrado”.

    Este análisis por grupo le permitió a Lizarralde y el equipo de especialistas identificar a ocho tambos con la mayor huella de carbono: 1,09 (kilogramos de dióxido de carbono equivalente por kilogramo de leche producida). Todos pertenecen al grupo uno, el menos eficiente. Este alto número de emisiones con respecto a los demás tambos se debe a una baja productividad por hectárea, baja producción de leche por vaca y baja eficiencia del rodeo. El grupo está en su mayoría integrado por tambos que no utilizan suficiente pastura y concentrado por vaca. La mayoría de los tambos en Uruguay tienen estas características, indicó Lizarralde.

    El concentrado de reservas y grano en los tambos con mayor huella representó el 23% del total de alimento ingerido. Es menos que la cantidad que suelen ingerir las vacas en otros tambos estudiados (36%). Además el consumo de alimento, tanto de forraje como de concentrado, era más bajo que en los otros tambos. Esta menor cantidad de alimento se debe a que tienen poco forraje disponible y una cantidad de alimento concentrado que no logra compensar la carencia.

    Según los especialistas, este tipo de tambos a menudo sufren limitaciones financieras y estructurales —por ejemplo, la falta de equipamiento disponible para sembrar en fecha— que no les permiten tener suficiente cantidad de concentrado disponible para cuando el ganado lo necesita. Esto “afecta negativamente la producción de leche por vaca y, como consecuencia, sus resultados económicos”, indica la investigación.

    Además, la mayoría de estos tambos se encuentran en zonas menos productivas que los otros. De hecho la producción promedio de este grupo con mayor huella de carbono “está muy por debajo del promedio de tambos analizados” (4.285 kilos de leche promedio por vaca). La “pobre performance” explica que la huella de carbono sea mayor.

    Los mejores.

    El grupo de tambos que obtuvieron la menor huella (0,92) pertenecen al grupo 3 y son los nueve establecimientos más eficientes. La alimentación que recibían (materia seca) era mayor que en los demás grupos y la cantidad de concentrado fue “moderada”. La producción promedio por vaca (6.788 kilos de leche) y la alimentación demostraron que se trataba de tambos con “intensificación de la producción de leche”.

    Si bien la cantidad de animales en el predio era alta, “es posible que este grupo haya tenido más producción de pasto, mejores praderas”, indicó Lizarralde. A su vez el grupo tuvo una mayor eficiencia en el uso del concentrado.

    En el cálculo de la huella de carbono inciden las emisiones de las vacas que están produciendo leche pero también las de los terneros y vacas que no están produciendo; se toma en cuenta todo el ganado. Cuando una ternera está bien alimentada se puede “entorar” antes para obtener una cría y que comience a producir leche más rápido. Por lo tanto, “está menos tiempo ineficiente”. Entonces, la buena alimentación es clave para reducir la huella. “Va todo atado” y así se incrementa la producción de leche, agregó Lizarralde.

    “Al productor le sirve, produce más, obtiene mejores resultados económicos y es eficiente en la forma de manejar sus recursos. Produce más leche, tiene más plata y la huella más baja”, resumió.

    Medio.

    El segundo grupo, de unos nueve tambos, tuvo un valor de huella de carbono intermedio (0,96) porque la productividad de leche por hectárea y la producción de leche por vaca fueron más bajas que en el grupo anterior. Esta baja se debe a una limitada disponibilidad de pasto (forraje) por vaca (53% del alimento); con poco forraje la vaca se encuentra “muy limitada”, explicó Lizarralde. La característica principal de este grupo es un alto consumo de concentrado por vaca, más que en cualquiera de los otros dos grupos de tambos. Esta dieta no es tan eficiente y el grupo tuvo el menor promedio de kilogramos de leche por vaca (4.198).

    “Los concentrados no se usan eficientemente para la producción, con resultados económicos menos favorables en comparación con el cluster 3”, concluyó el trabajo.

    Un estudio irlandés que evaluó las emisiones de GEI en tambos recomendó la “extensificación en términos de área y la intensificación en el manejo animal”. Es decir, menos vacas produciendo más leche.

    Una mayor cantidad de grano “no es necesariamente bueno y además no es la forma más barata de producir”, indicó Lizarralde. Estudios en Irlanda llegaron al mismo resultado: los tambos que allí alimentaban a las vacas con gran cantidad de grano eran menos eficientes que aquellos que lograban un balance adecuado con pasturas. En ocasiones, cuando hay una alta concentración de vacas en el predio, el productor las alimenta con mayor proporción de concentrado, “aunque esto va en detrimento de la eficiencia de la producción de la leche”, concluye el estudio irlandés, que coincide con el uruguayo.

    Impacto.

    El estudio comprobó que para lograr una baja emisión de GEI en la producción lechera los aspectos más importantes a considerar son: las estrategias de la alimentación de las vacas y la performance animal.

    Aquellos tambos que lograron una alta producción de leche por vaca, y alta relación de vacas en etapa de ordeñe con respecto al total del rodeo que posee el productor, fueron “identificadas como las prácticas de manejo más prometedoras para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero por kilogramo de leche a la portera del predio”, concluyó el estudio.

    Las estrategias para lograr una alta producción de leche por vaca y una alta eficiencia del rodeo “parecen ser las variables más prometedoras para reducir la huella de carbono”. Son aspectos que pueden tener un alto impacto para reducir las emisiones y aumentar la productividad.

    “El asesoramiento técnico en el área de alimentación del rodeo y la adopción de tecnologías disponibles pueden ser medidas efectivas para reducir la huella de carbono de la leche”, concluyó Lizarralde.

    Reflexión.

    La “relativamente alta variación encontrada en la huella de carbono de la leche de este estudio implica que hay potencial para reducir las emisiones de GEI”, concluyó Lizarralde en su análisis.

    El grupo menos eficiente explicó su huella en un 57% por la fermentación entérica —proceso que ocurre en proceso digestivo de la vaca— y el 24% por el nitrógeno excretado. En los otros grupos la fermentación representó el 50% y el nitrógeno rondó en el 17%. El uso del suelo —que incluye la siembra y actividades de fertilización— fue responsable del 11,7% de las emisiones en el grupo uno (10,1% en el grupo dos y 8,9% en el grupo tres). Hubo grandes diferencias en las emisiones ocasionadas por el alimento comprado. Este número fue 5,1% en el grupo uno, 10,3% en el dos y 8,3% en el grupo tres. También figuraron en la cuenta las emisiones por manejo de estiércol y la electricidad necesaria para hacer funcionar el tambo.

    En base a información científica determinaron que el 90% de lo excretado por el animal queda sólido en el campo y genera principalmente óxido nitroso. En cambio el 10% queda dentro del tambo porque el animal defeca y orina dentro en sala de ordeñe. En la sala se mezcla con agua y genera óxido nitroso. El cálculo de la huella tomó en cuenta que luego estos desechos pasan a una laguna que en condiciones anaeróbicas produce sobre todo metano. El grupo tomó “como supuesto” que todos los tambos tenían laguna, por un tema técnico. Sin embargo, no todos los tambos estudiados contaban con lagunas. En establecimientos lecheros que no tienen lagunas estas aguas terminan en otros destinos, como cañadas y arroyos.

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