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    Los trabajos en el campo van abandonando su forma más tradicional; en algunos casos hubo “evolución”

    “La vida del alambrador no es fácil, pero es linda, es un trabajo artesanal, se trabaja con las manos”, comentó hace unos años un trabajador rural que acababa de realizar un curso para aumentar la experiencia sobre el tema. Esa valoración es cada vez menos frecuente en el campo uruguayo, según evalúan distintos especialistas vinculados a la actividad en la tierra.

    En los últimos años, los productores han advertido sobre el despoblamiento de la campaña, un proceso que implica que las familias asentadas en el medio rural se desplacen hacia los centros poblados. Una de las consecuencias de este fenómeno es que los oficios que se aprendían en las estancias, y que se transmitían de generación en generación, empiecen a perderse o, en el mejor de los casos, transformarse.

    Uno de estos ejemplos es el de domador de caballos. La oportunidad que hay para aprender esta profesión de la forma tradicional es cada vez más escasa. Una de las razones es que las personal en el campo utiliza menos este animal como medio de transporte. En buena medida porque el caballo ha sido sustituido por las motos.

    Lo que existe hoy día, en contraposición con el domador tradicional, es un entrenador más profesional, que prepara a los caballos para competencias, y no para el trabajo propiamente de campo. La popularidad de las fiestas criollas y la presencia de los hipódromos en distintas ciudades, han impulsado que se desarrolle este tipo de oficio de una manera más moderna.

    Para estos eventos, en donde prima lo deportivo, se aplica la doma racional. Consiste en tratar al animal de forma más delicada con respecto a los que se hacía décadas atrás. Lo que se busca es establecer una conexión con el animal, no ir contra su carácter, y adaptarse a los tiempos que tiene cada caballo en aprender.

    En la doma tradicional el caballo era enlazado y lastimado en la boca para que ceda con facilidad a las órdenes impuestas por su jinete a través de la rienda.

    Para el presidente de la Federación Rural, Carlos María Uriarte, estos cambios implican una “evolución”, aunque eso “no descarta que las profesiones se vayan perdiendo”. “Ya no hay tanto orgullo como antes”, reconoció en conversación con Campo.

    El viejo oficio de alambrador, en donde los trabajadores dedicaban horas y horas a realizar profundos pozos en la tierra para colocar los postes que sostienen el alambrado, también tiende a desaparecer.

    “Hoy las cosas son más prácticas, ya no hay tanto celo sobre los trabajos bien hechos”, insistió Uriarte, y dijo que hasta los materiales para alambrar han cambiado. Se pasó del alambre inglés que duraba “toda la vida” a uno “más fino”, y del poste de espinillo y quebracho de Paraguay, al eucalipto que “ya ni curado está”, relató el dirigente. “No es solo la mano de obra, sino que toda la inversión es considerada desde un punto de vista distinto”, evaluó.

    No obstante, destacó que en los últimos años la producción de piques, venta de alambre y alambrados ha “explotado”.

    Inversiones desde 2005

    Desde 1950 que la rentabilidad complicaba a los productores a invertir en alambrados. Fue a partir del 2005, cuando comenzó al boom agrícola y los campos recuperaron valor, que los empresarios rurales comenzaron a destinar dinero para este fin, en una tendencia que se incrementó en 2010. “Recién ahí se empezó a hacer alambrados nuevos, antes se arreglaba con lo mínimo posible”, comentó Uriarte. Y relató que, incluso, muchas veces se le colocaba un hilo para no tener que arreglarlo.

    “Desde hace un par de años hay muchos pedidos para alambrar, ha ido creciendo la demanda”, dijo un alambrador de San José en el 2006, según una publicación del Plan Agropecuario.

    Ese año, ese trabajador valoró que el oficio de alambrador “está bastante más profesionalizado” en relación a décadas atrás. “Antes se hacia todo a mano, hoy el acceso a la maquinaria, por ejemplo la poceadora y el tractor, facilita mucho el trabajo. También con el transporte (camioneta), nos facilita el poder viajar, por lo tanto no hay que dormir a la orilla de un alambrado como antes, hay más comodidades. Es más aliviado que un tiempo atrás”, aseguró.

    Para el presidente de la Sociedad Agropecuaria de Cerro Largo, José Duhalde Ortiz, la nueva legislación obliga a los alambradores a tener una empresa, y eso les quita “libertad” para trabajar porque las “obliga” a conformar empresas, dijo en diálogo con Campo. Además, con las nuevas leyes de responsabilidad penal hay personas que no se animan a contratar personal para hacer estas actividades, apuntó.

    Los esquiladores también han ido disminuyendo con el correr de los años y, como si dice popularmente, “han colgado la tijera”, comentó el dirigente gremial.

    Como el del esquilador es un oficio zafral, hay comparsas (grupo de personas) que durante el año presentan otros servicios para poder mantener su trabajo y su equipo . Por otro lado, hay comparsas que luego de aprovechar la zafra en Uruguay trabajan en Europa y de esa manera logran dedicarse a su oficio todo el año.

    Capacitación

    “Para la gente de campo no hay universidades”, aseguró en conversación con Campo el director de Extensión y Capacitación del Plan Agropecuario, Alejandro Saravia, quien evaluó que en el medio rural falta calidad y cantidad de mano de obra.

    Uno de los objetivos de instituto es el de mantener vigentes los oficios del medio rural, lo que hace a través de cursos que imparte de forma gratuita.

    Cuando termine el año, el organismo habrá realizado un total de 48 cursos en los que habrán participado alrededor de 1000 persona, una cifra similar a la del año pasado.

    Uno de estos cursos es el de alambrador, el cual se realiza cuatro veces en el año, duran una semana y se enseña, entre otras cosas, a clasificar los diferentes tipos de alambres. La importancia de realizar un almacenamiento correcto de los materiales son otros de los puntos abordados durante las clases. Los encargados de dirigirlos son especialistas contratados por el Plan Agropecuario.

    Además de los cursos, el organismo lleva adelante lo que se llaman jornadas de extensión. A diferencia de las primeras duran un solo día y no son evaluadas.

    El Plan Agropecuario también dicta cursos sobre oficios que están vinculados a la ganadería. Por lo general se dictan en ocho módulos con una frecuencia de una o dos veces por mes, aunque ese número puede variar.

    Desde el organismo han identificado que se está perdiendo personas que se especializan en el trato con animales. “La gente campera se da cuenta enseguida cuando un animal tiene un problema, y eso también es un oficio”, aseguró Saravia.

    Además, para el jerarca, es importante que quienes trabajan en el medio rural sepan realizar diferentes actividades, porque es frecuente que una sola persona tenga a cargo muchas hectáreas. “Hoy hay que saber desde manejar una pastura hasta darse maña con un alambre”, apuntó.

    Muchas de los trabajadores de los más tradicionales acostumbrados a trabajar en las estancias, han ido migrando hacia la forestación. Este sector ofrece diferentes beneficios que no tiene la campaña. Mejores sueldos es uno de los puntos por los cuales se realiza este desplazamiento, señaló Saravia.