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    Madre Rusia

    En Qubit TV

    Hasta el domingo 4 de julio se podrá ver en la plataforma Qubit TV una muestra con algunas de las más recientes películas rusas, casi todas producidas en 2020. Russian Film Festival, organizado por Roskino y el Ministerio de Cultura de la Federación Rusa, ofrece ocho títulos que incluyen las dos temporadas de la serie de animación para niños Kid-E-Cats, la comedia sobre la industria de la pornografía ¡Más adentro! (muy alusiva y sugerente la traducción); El francés, un drama ambientado en Moscú en 1957; La doctora Liza, sobre las desventuras de una doctora que no puede dejar de atender ni un instante a sus pacientes, y Al filo, que enfoca la vida de una bella y destacada esgrimista, una historia de amor, sexo, celos, traición, superación y ambientes lujosos digna de Hollywood, con los planos que elegiría cualquier director del montón de la industria hollywoodense, iluminado como lo haría ese mismo tipo del montón y con las cámaras lentas y los efectos de sonido y música que también aplicaría ese mismo tipo del montón, pero hablada en ruso y ambientada en sus ciudades, lo que hace pensar en la penetración del cine estadounidense, o en su admiración, o sencillamente en que ha llegado para quedarse el tan ansiado sistema capitalista luego de la horrenda experiencia comunista.

    Pero vayamos a lo que hacen los cineastas rusos y no pueden hacer otros, a su especialidad, a su tragedia distintiva y fantasmagórica y a esa tremenda escuela de maestros que tienen detrás y que se detecta incluso en las óperas primas, como en El hombre de Podolski y El cazador de ballenas.

    En El hombre de Podolski tenemos a un joven que se encuentra en una estación de trenes y a quien acaba de dejar su novia. Época actual, actualísima. No hay tiempo para la depresión. El tipo anda desamparado por allí y todavía sorprendido por el rechazo de su novia, se pecha con una gitana, se sienta a fumar, comprueba que le han robado la billetera y de golpe tiene a dos policías que le piden los documentos y le dicen que los acompañe a la comisaría. ¿Por qué motivo? Pura rutina. Pero una vez que el joven llega a la comisaría y espera pacientemente a ser atendido ya nos corre el viejo frío del horror y la represión. Lo que sigue es un verdadero descenso a los infiernos, pero no desde un punto de vista naturalista, sino alucinado y absurdo, tipo Brazil, de Terry Gilliam. Es el primer largometraje del director de teatro Dimitry Danilov, que precisamente se apoya en una pieza teatral con el mismo título pero la vuelve cine puro, denso, terrible y también gracioso.

    Ambientada en Chukotka, en el estrecho de Bering y a 86 kilómetros de distancia de la idílica Alaska, ocurre El cazador de ballenas, también el primer largometraje de Philipp Yuryev, un moscovita de 31 años. En esa pequeña comunidad de balleneros, un joven se enamora de una call girl por Internet. En la primera escena vemos a los pescadores atónitos ante la pantalla de la computadora, mientras la adolescente Holly Sweet 999, con su lencería blanca de encaje, se quita con movimientos sensuales las medias. Uno de los pescadores pregunta: “¿Nos puede ver?”. Desolada, árida y poética, cuenta con actores no profesionales sorprendentes y con una envolvente fotografía de los paisajes lunares de la tundra. Aquí se anuncia un gran talento.

    Con mayor experiencia cuenta la actriz, guionista y directora Renata Litvinova, responsable de Viento del norte, una historia de amor maldito en el seno enfermizo de una familia gobernada por el matriarcado y las fantasías a lo Tim Burton, donde los días tienen 13 horas y siempre se festeja el fin de año y todos los encuentros familiares con champán. Es ambiciosa, irregular y pretende abarcar varios géneros, pero cuenta con sólidos intérpretes —de los que vuelven creíbles los disparates mayúsculos— y un par de escenas geniales.

    Tres títulos muy distintos que sirven para comprobar el valor de una cinematografía que dio y seguirá dando grandes autores.

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