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No se ve cómo llegaron hasta aquí. La película comienza salteándose ese tramo. Y también otros. Lo que hace es mostrar las consecuencias, los daños provocados. Jack (Jacob Tremblay) despierta el día de su quinto cumpleaños y la realidad que inunda la pantalla, aquello que ha permanecido más o menos inalterable durante los últimos cinco años, es para él todo el universo. “Buen día televisor, buen día lámpara”, los saluda él. Es este el extraño mundo de Jack, un niño de aspecto frágil y pelo largo y salvaje que vive con Joy (Brie Larson), su madre, mujer de mirada firme y cansada. Desde que nació, para él esta habitación es el mundo. Dentro de la habitación existe algo similar a otra habitación, el dormitorio de Jack, el armario donde Joy lo esconde todo lo posible del “viejo Nick” (Sean Bridgers).
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El director irlandés Lenny Abrahamson —realizador que se dio a conocer por Frank, una película mucho más convencional de lo que parece— muestra poco a este personaje, que tiene breves y significativas intervenciones. Cada espectador termina de configurar sus emociones hacia él, así como su aspecto, su rostro y sus intenciones a partir de lo que dice y a partir de sus acciones, algunas de ellas, fuera de cuadro. Nick puede ser un vecino cualquiera. Como en apariencia eran los austríacos Josef Fritzl —que mantuvo en cautiverio a una de sus hijas, de la que abusó sexualmente desde que ella tenía 11 años, la mantuvo en cautiverio desde los 18, y con quien tuvo siete hijos, todos en cautividad—, o Wolfgang Priklopil —que secuestró a Natascha Kampusch cuando tenía diez años de edad y la mantuvo encerrada durante diez años, hasta que ella logró escapar—, cuyos casos tienen elementos en común con la novela de Emma Donoghue, autora también del libreto. Más adelante se sabrá qué clase de persona es el “viejo Nick”, por más que el filme no ahonde en ese punto, porque la intención es acercarse a lo que ocurre con Jack y Joy, en la relación madre e hijo dentro y fuera de la caverna. Cómo ha sido la vida los años anteriores se revela de forma fragmentada. En cierto modo, descubrir la historia de Joy y de cómo llegó a esta habitación es como ir encontrando las piezas de algo roto. Joy está ahí desde hace siete años, fue secuestrada por Nick, quien la viola reiteradamente, y Jack, el pequeño e inquieto Jack, es fruto de esas violaciones. Durante estos años Joy intentó hacer de este lugar un espacio menos infernal para su hijo, acondicionando la cárcel de un modo que se convierta en un hogar, creando rutinas, dietas y juegos, armando un relato amable acerca de la vida y del mundo. En lo formal todo es sombrío, fragmentado y asfixiante, mientras la madre intenta hacer que se vuelva más luminoso y limpio.
Pero el niño ha crecido, se vienen tiempos difíciles, y quizás sea el momento de salir. Ma, como la llama Jack, prepara un plan de escape. Así nace la segunda parte, que transcurre fuera de la habitación —no es spoiler, está en el trailer—, los planos se abren, la pantalla se llena de luces y de espacios amplios. Jack conoce a los abuelos (Joan Allen y William H. Macy), aunque no es garantía de alegría y felicidad. Aparecen otras amenazas. Joy ha pasado años tragándose la rabia y la tristeza y todo eso por algún lado va a salir. Es cierto: este segundo tramo es bastante más convencional que el primero, con algún recurso berretún —esa cámara lenta— algunas obviedades —oh, el morbo de los medios—, pero el conjunto igualmente se sostiene con esa conexión entre madre e hijo.
Larson, de 26 años, autodefinida como no “tan guapa como para interpretar a la chica popular, ni lo suficientemente tímida para hacer de su amiga”, ganó el Oscar por esta impecable interpretación. Fue el premio más importante, entre varios más, para esta actriz que quiso ser cantante y DJ, y que para este papel se metió hasta el fondo en su personaje, al punto tal que escribió un diario sobre la infancia de Joy. Lo suyo, que pasa por varios niveles, es genial, es cierto, pero lo de esta pequeña bestia llamada Jacob Tremblay es enorme.
La habitación (Room), Irlanda, Canadá, 2015. Dirección: Lenny Abrahamson. Guion: Emma Donoghue sobre su propia novela. Con Brie Larson, Jacob Tremblay, Joan Allen, William H. Macy, Sean Bridgers. Duración: 118 minutos.