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    Mala educación

    Fortunato y su familia cenaron comentando las noticias del día, que no eran otras que las de la semana, y probablemente del mes.

    Los enfermeros asesinos, las entradas para ver a Paul McCartney, las ocupaciones y las huelgas en los liceos, el caos en que está sumida la educación en el país.

    —“Creo que Paul McCartney volverá pronto al Uruguay, después del recital del 15 de abril” —dijo Fortunato, generando la inmediata reacción de su hijo mayor, uno de los miles de uruguayos frustrados por no haber podido conseguir una entrada para ir a verlo.

    —“¿En serio, papá?” —dijo el muchacho, mientras sus ojos brillaban con ilusión y esperanza.

    —“Sí” —replicó Fortunato —“parece que viene a un Festival de Músicos de la Tercera Edad que va a haber a beneficio del Piñeyro del Campo, para el que ya se quedan Sabina y Serrat, y vienen Horacio Guarany y Los Chalchaleros” —dijo luego, promoviendo una réplica de su hijo que llevó a su esposa a decirle al muchacho —“nene, esas expresiones te las guardás para el Estadio, en casa no se habla así, y menos en la mesa”.

    —“Me voy a ver el noticiero de cierre en la tele” —dijo entonces Fortunato —“a ver si lo tengo que despertar temprano al Moncho, si es que hay clases” —agregó, refiriéndose a otro de sus hijos, en edad liceal, que todavía no ha empezado las clases por los problemas de público conocimiento y que estaba durmiendo ya desde hacía rato.

    Se sentó en su sillón con una copita de vino en la mano, y se fumó un programa interesantísimo sobre el efecto del calentamiento global en la cría de los batracios de Guinea occidental, pestañeando y cabeceando en reiteración real, porque, como de costumbre, el informativo venía demorado más de una hora.

    —“Estimados televidentes” —dijo el informativista —“continúan las ocupaciones de liceos en toda la capital y la huelga de profesores se agrava debido a los enfrentamientos del Codicen con los gremios de la enseñanza” —agregó. “Nuestras cámaras se encuentran en la puerta del Liceo 108 de La Teja, donde se está produciendo en este mismo momento una ocupación bastante atípica, adelante, Marcelo, con la nota” —agregó.

    Aparece entonces en la pantalla el notero, se ve el portón del liceo, en el que están agolpadas una serie de personas que van entrando lentamente al edificio.

    —“Las personas que ustedes ven son el caramelero que vende golosinas en la puerta del liceo, el kiosquero de la esquina, el del carro de chorizos apostado frente al liceo, y varios proveedores más, que están ocupando el edificio en protesta por la caída vertiginosa de sus ventas, como consecuencia de los conflictos de estos días” —dice el periodista, quien se acerca a uno de los ocupantes, y lo interroga. “A ver, señor, ¿usted quién es y por qué está ocupando el liceo?”.

    —“Yo soy Braulio Lamerienda, y tengo el kiosco acá en la esquina del liceo desde hace quince años, y no vendo ni un paquete de pastillas desde el año pasado, ¿sabe? y hay gente que se queja por las restricciones a las exportaciones a la Argentina, que no venden y tienen que mandar gente al seguro de paro, ¿y yo qué tengo que hacer? ¡Tengo que protestar, señor! ¡Igual que los compañeros acá, el del carro de chorizos, que tampoco vende nada, y el caramelero ni le digo, tiene mercadería a consignación y la va a tener que devolver toda! ¡Ocupamos para exigir a las autoridades que regularicen este bolonqui cuanto antes!” —expresó a viva voz el comerciante.

    El informativista vuelve a su informe.

    —“Acá estamos en línea con otro móvil con el Prof. Seoane, presidente del Codicen, adelante, Martita, con esa nota, a ver, Seoane, ¿qué tiene usted para decirnos de esta ocupación tan original?”

    —“Mire” —le dice Seoane al conductor del informativo —“estos señores vecinos están en una gestión muy aceptable y comprensible, se trata de vecinos del barrio que están ingresando al local liceal para comprobar el avance de las obras que ya están a punto de concluir, porque allí se ha cumplido fielmente con todos los planes de mejoras…”

    —“¿Eso está diciendo este caradura?” —replica Lamerienda, que estaba escuchando al jerarca —“¡dejate de joder, Seoane! ¡Si ya estamos pensando en desalojar dentro de un rato porque estamos viendo que los baños están clausurados, y no hay ni agua corriente ni vidrios en las ventanas, y hace un frío de morirse, por no decir otra cosa!” —agregó el ocupante.

    —“Queremos informar asimismo a nuestros televidentes” —prosiguió el informativista —“que también ha sido ocupado en estas horas el liceo 139 de Malvín Norte, en este caso por una delegación de la Ultra, que es la sigla de la Unión Luchadora de Trabajadores de la Revolución Americana, una subdivisión de la Ades, desafiliada ya de la Fenapes, que promueve el progresismo educativo y la lucha de clases, materias absolutamente olvidadas por los cuerpos docentes de Secundaria, según ellos mismos lo expresan, ¿tenés lista la nota, Leandro?, a ver, vamos con el móvil de exteriores” —dijo el conductor del informativo.

    Aparece entonces en la pantalla un flaco barbudo con un poncho raído y una matera de lona, que de no ser presentado en cámaras como el profesor Tulio Elcomba Tivo podría haber pasado por un clasificador de residuos.

    —“Acá estamos por la acción directa y la lucha de clases” —dijo el docente —“y en ese contexto estamos llevando a cabo un ejemplo de este plan, ya que enfrentaremos mañana a los alumnos de la clase de Tercero B con los de la clase de Cuarto C en un partido de fútbol. Los que ganen tendrán derecho a demoler lo que queda de este edificio en ruinas. Cuando ya no quede ni una pared en pie, levantaremos acá la carpa de la dignidad socialista académica, para promover la sensibilidad social de los alumnos”.

    Fortunato estaba cada vez más desconcertado.

    Aparecieron en cámara imágenes de liceos ocupados por docentes y alumnos en los que se exhibían partidos de truco entre profesores y estudiantes, fumatas de marihuana conjuntas, y amenas ruedas en las que circulaba el vino en caja entre todos los asistentes.

    —“¡Nómbrenla de una vez ministra de Educación a la gorda Bianchi!” —vociferó Fortunato desde su sillón.

    —“Está bien” —le dijo su esposa desde el dormitorio —“esta vez es un sueño y no una pesadilla, pero venite a la cama de una vez que acá vas a dormir más cómodo” —concluyó.