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    Mamparas y narices

    Días pasados mi hermana se estrelló la nariz contra la mampara de un taxi. El golpe se ganó la cara: ojo con desprendimiento de córnea, pómulos hinchados de colores inverosímiles, encías mutantes que le ocuparon la boca y le ocultaron los dientes aunque, felizmente, quedaron ahí.

    Acababa de tomar el taxi y a la media cuadra: ¡CRASH! En el vértigo del momento detectó sin embargo que el taxista aceleraba en luz amarilla. Desde luego no mascó vidrio. Vio la infracción. Un ómnibus acababa de arrancar. Lo demás es una conocida historia: ruido de sirenas y traslado al Banco de Seguros.

    Entre la cantidad de sustancias que le inyectaron y el dolor, mi hermana escuchó murmullos: ¿de médicos quizá? Con el cuello duro, sin poder girarlo para ver quién lo decía, le llegaron fragmentos de conversación: “Uruguay tiene récord de cirugías faciales en el mundo por culpa de las mamparas”. (...) “Hay gente a la que se le desprende la cara del cráneo” —historias de película gore.

    Cuando mi sobrino fue a ver a su mamá se encontró con un ser que bien hubiera ganado el casting de cualquier producción hollywoodense de extraterrestres.

    Ella está mejor. Debe consolarse con la idea de alma derrotada: “podría haber sido peor”. Me vienen a la memoria anécdotas remotas: mi amigo Julio Kiss, ingeniero y filósofo de pipa, saliendo hecho un guiñapo de un taxi con la cara ensangrentada. Yo con mi beba de dos meses, colocando mi brazo de madre-tigra contra la mampara para proteger la nuquita de mi cachorro durante un zigzag violento entre el taxi y un Copsa.

    Las mamparas fueron inventadas para evitar asesinatos pero han resultado ser ellas mismas asesinas. Me dan claustrofobia, los taxis apestan, las ventanas están cerradas como si atrás viajara no un cliente sino un Al Capone. No hay obeso que entre allí en esa caja de torturas, ni anciano con bastón.

    Pero las mamparas se han quedado hasta la eternidad. En Uruguay las decisiones se toman, alguna vez, allá lejos y hace tiempo, y luego, aunque los largos años demuestren su inconveniencia, la pereza uruguaya puede más y deja allí, como un fuerte roble, el error que dura por décadas.

    La enumeración de errores urbanos que se han quedado para no moverse es frondosa: el horrendo mausoleo que construyó la dictadura en la Plaza Independencia —faltando el respeto estético a Artigas. Las rejillas contiguas a las terrazas de los bolichones de Bartolomé Mitre y Buenos Aires, donde corren aguas putrefactas, ratas y basura estancada. El insólito descampado que quedó detrás de la Torre Ejecutiva, de fachada lujosa y lumpen retaguardia. Los inacabables muritos de cemento grises en las plazas, ornados de leyendas irracionales y vandálicas, orinas humanas y publicidad barata. La deteriorada cruz del papa (ahora acusado de encubrir pedófilos).

    Y tanto edificio varado en la ciudad para siempre, incompleto, tapiado…

    Lo que a un jerarca llevó firmar un minuto, queda eterno entre nosotros.

    Una fatalidad irreversible con sabor oriental.