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    Marcha de los desaparecidos

    Sr. Director:

    Lo que sigue va a ser pa lío. Lo sé. Pero tiene que llegar la hora en que se pueda decir la verdad, toda ella, como única forma de purgar ciertos restos tóxicos que todavía corren por las venas de nuestra sociedad.

    Por fuerza, empiezo con lo obvio:

    Sigo condenando el odio Y la violencia que muchos infligieron a nuestra sociedad.

    No cuestiono el derecho de las personas a manifestar su dolor o su rechazo de forma pública.

    Más importante aún: no se me ocurre ser evaluador del grado de tristeza y de dolor que pueda sentir quien perdió, injusta y hasta bárbaramente, a un ser querido.

    Mi punto es otro: la marcha por los desaparecidos, evento transformado en algo ineludible, va más allá, mucho más allá, de una evocación, de un luto.

    No es que eso está mal. Absolutamente, no.

    Hay otros eventos similares: la Noche de los Cristales Rotos, el memorial del holocausto armenio, sin ir más lejos. ¿Quién va a sostener que no son auténticos y que no hay derecho de celebrarlos? Nadie.

    Solo que no está mal desagregar sus componentes. Porque junto con el dolor y a la solidaridad hay también una intención política. Que no por tal deja de ser auténtica y respetable. Lo es. En su andarivel: en los dos ejemplos está presente el objetivo político de reforzar las raíces que hacen al carisma nacional y también las barreras culturales a que ciertas barbaridades no puedan volver a ocurrir.

    Absolutamente legítimo.

    Mucho de eso tiene la marcha de los desaparecidos. Pero tiene también algo más. Si fuera solo un memorial por fallecidos, el cariz sería de algo pasado. Execrable, exigidamente irrepetible, pero pasado.

    El hecho de que se los continúe caratulando como “desaparecidos” le imprime una nota de inconcluso, de algo que todavía está ocurriendo, y de ahí nace un reclamo que es de diferente naturaleza al de los otros episodios mencionados.

    Le permite aspirar a una vigencia política y así ser argumento y vivencia en la lucha política actual.

    Porque, obviamente, al agitar el estandarte de los desaparecidos, se apunta hacia otra parte de la sociedad.

    Cuando una señora, ya madura, no tiene mejor idea que pavonear una remera alusiva a los desaparecidos, nada menos que en la presidencia del Senado, es obvio que no está pensando en un memorial del pasado, un mero gesto recordatorio de algo que ya fue.

    En suma: todo bien con marchar y aun con usar la bandera de los desaparecidos. También para eso está la libertad.

    Solo que no viene mal hacer uso de esa misma libertad para ubicar las cosas en su lugar: por ejemplo, lo que es netamente político.

    Ignacio De Posadas