• Cotizaciones
    lunes 20 de julio de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Medio millón de oportunidades

    Columnista de Búsqueda

    N° 1931 - 17 al 23 de Agosto de 2017

    Entre las definiciones más tristes de qué es la democracia, se destaca esa que la reduce al derecho a votar, para así poder sufrir eso que se vota. Esa visión, puramente defensiva, convierte el sistema que mejores resultados ha dado para la convivencia en un acto de mera supervivencia. Uno que no ve ciudadanos ejerciendo positivamente sus derechos sino una suerte de clientela ofuscada y resignada a elegir el palo que le va a partir el lomo. Al revés de lo que pregonan los políticos, quienes suelen dar una visión más optimista del asunto (normal, en eso les va el sueldo), esa grisura, ese apenas levantar cabeza, parece ser la visión de un montón de ciudadanos de a pie.

    En estos días se discute nuevamente si el Estado debe o no encontrar el mecanismo para permitir que los uruguayos que viven en el exterior puedan ejercer su derecho a voto. Porque se trata de eso, de que el Estado habilite un mecanismo que permita votar, como ocurre en la mayoría de los países del mundo. Y es que según datos de la Red de Conocimientos Electorales (ACE), en el año 2008 eran 115 los países que habían habilitado algún sistema de voto para sus ciudadanos residentes en el extranjero. Dentro de América Latina, solo Surinam y Uruguay no cuentan con uno. Por descontado que estos datos no dicen demasiado sobre la bondad o maldad de la medida, pero sí dicen algo sobre cómo muchos países gestionan los derechos ciudadanos de sus respectivas diásporas.

    Entre quienes en Uruguay rechazan esa opción se encuentra el expresidente Julio María Sanguinetti, quien decía en una reciente nota que existen buenas razones y no solo una mirada electoralista, para no habilitar ese derecho. Para Sanguinetti es la propia Constitución la que limita el derecho al territorio y considera que políticamente, los climas son distintos dentro y fuera del país. Que éticamente, y acercándose a la visión triste de la democracia que señalé antes, no es correcto que voten quienes no vivan las consecuencias de su acto. Y que además en el exterior no es posible generar las garantías electorales necesarias. El expresidente termina señalando que es irrelevante que muchos otros países habiliten el voto en el exterior porque Uruguay ha tenido desde siempre “un sistema muy propio, que se ha demostrado mejor que cualquier otro”.

    Como ocurre con todas sus aseveraciones en el artículo, bien razonadas como es habitual en Sanguinetti, esta última también es indemostrable. Leyéndolo es claro que lo que alienta su mirada es una filosofía territorial de la política, una que va más allá del oportunismo electoral, y eso lo honra. Eso sí, la suya es una mirada que no cree relevante que en Uruguay quince de cada cien ciudadanos sean migrantes, el triple de la media mundial. Una mirada que parece entender a los países y a las poblaciones como entidades fijas. Que olvida que actualmente quien vive en el exterior y puede pagarse el pasaje, lo compra, viaja y vota. Que obvia que una parte no menor del potencial de cambio de Uruguay está fuera del país, con sus derechos ciudadanos mermados. Porque el potencial de cambio de un país no son sus políticos o sus futbolistas de elite. Son sus ciudadanos, residan o no en el territorio. Y que si los avatares personales o sociales los colocaron fuera del territorio, retacearles el vínculo electivo con su país no parece la mejor manera de captar ese potencial.

    En la otra vereda, mucho de lo que se dice a favor del voto exterior parece puro cálculo­ electoral. Gente que hasta hace dos días hablaba de los que viven fuera como si fueran renegados que no merecen ni un vaso de agua, enarbola ahora esa bandera. Sin que medie el menor esbozo de explicación sobre ese cambio.

    El estado actual de esta opción es también un recordatorio de que en muchos temas, la democracia directa no puede ni debe suplantar los tiempos y plazos del entramado de la democracia representativa. Ni el indispensable debate ciudadano que los precede. Suena muy lindo eso de echar mano a los plebiscitos para resolver todo con respuestas binarias, pero no es de recibo que, por ejemplo, los derechos humanos deban ser plebiscitados. O que temas como este, que necesitan un hilado fino, un debate sereno y la búsqueda de los más amplios consensos ciudadanos, se puedan resolver con preguntas y respuestas simples. O con grupos de trabajo armados ad hoc antes de las elecciones. O intercambiando insultos más o menos ingeniosos en las redes sociales. Y todo eso sin contar que, según los datos disponibles, la tendencia del voto en el exterior no suele ser muy distinta de la tendencia del voto interior.

    Fortalecer el vínculo de los ciudadanos uruguayos desparramados por el mundo a través del voto, encuentra su sentido justamente si se piensa más allá de lo electoral. Se trata de gente que ha acumulado experiencia y capital de todo tipo. Para un país como Uruguay, con un ínfimo crecimiento demográfico, sería un buen paso acercar todo ese capital. Incluso siendo fríamente instrumental, 50, 100.000 tipos regresando a su país y aportando a la caja común, no es mala cosa. Y es que las migraciones son en los dos sentidos, pero solo si los ciudadanos logran percibirse como tales.

    El hecho de que este asunto se debata sin incluir una perspectiva a mediano y largo plazo, confirma una vez más que a Uruguay le cuesta un disparate imaginar políticas de Estado que miren más allá de la coyuntura. Enmarañados en el presente, confundiendo política con partidos, con la retina puesta en un pasado que se asume como el non plus ultra, los años pasan y la casa sigue sin barrer. Y es que es muy difícil resolver problemas del siglo XXI con recetas de comienzos del XX.

    Hasta donde logro entender, Uruguay no puede darse el lujo de seguir mirando de costado el enorme capital humano, económico, social y de experiencia vivida que significa ese medio millón de compatriotas que viven fuera. No dejar pasar esa oportunidad es el centro del asunto. Gobierne quien gobierne.