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    Mirando el futuro de los granos

    N° 1917 - 11 al 17 de Mayo de 2017

    La cosecha de soja llega casi a su fin. Los rendimientos que se obtienen son muy buenos y en general, los agricultores uruguayos se sienten satisfechos con lo que lograron en este verano. Ahora toca pagar las cuentas pasadas y pensar en qué hacemos con la agricultura hacia adelante. En lo inmediato hay que pensar qué haremos con los cultivos de invierno, que suele ser la fase de la agricultura que tiene márgenes más justos y por ende, donde nadie pone muchas expectativas. Por otro lado, aquellos que no vendieron aún su soja tienen que empezar a pensar en algunos escenarios sobre cómo y cuándo vender su grano. No son decisiones sencillas de tomar, porque el agricultor tiene que imaginarse el futuro con cierta honestidad intelectual para no hacerse trampa.

    Una de las cosas que he aprendido en muchos años de práctica profesional es que el agricultor (en términos generales) suele ser una persona optimista respecto al futuro en un sentido general. Tiene un sesgo negativo que es quejarse por todo (lo cual es lógico porque si usted depende de la naturaleza para que le provea el sustento, entonces no siempre sale todo como es deseable). Es por eso que a pesar de las adversidades el agricultor siempre planta aunque las cuentas no den (el factor optimista) y suele ser recordado por las críticas respecto al clima (está muy seco, llueve demasiado).

    Todas cosas que para el lector de la ciudad resultan raras y le hacen fácil el trabajo de tipificarlo como un tipo al cual nada lo conforma y se vive quejando.

    Hay otras dos características notables que merecen destaque. El agricultor en general vive en un mundo donde los precios de los granos no bajan, sino que siempre suben. Es mucho más fácil convencer a un agricultor de que las cosas van a ser mejores en el futuro que peores. Otro aspecto importante es que tiende a privilegiar más la información pasada que la futura. Si el año pasado le fue mal vendiendo en abril, entonces este año cree que pasará lo mismo. Y tiende a desestimar la información respecto al futuro. Entonces siempre sus escenarios son optimistas y positivos. No se cuestiona mucho ni hace escenarios que establezcan el máximo nivel de pérdida que puede asumir, por lo que suele ser sobre todo reactivo a los escenarios.

    Del agro, en particular de la agricultura, la sociedad uruguaya tiene la percepción de que se trata en su mayoría de gente de buen pasar, cuando no ricos, que no precisan mucha ayuda y se quejan por todo y de todo. El Estado uruguayo no les presta mucha atención (por no decir casi ninguna). Por ejemplo: no sabemos exactamente cuánto grano se produce hasta meses después de la cosecha. No sabemos quién lo tiene, a quién se lo vende o la calidad del mismo cuando entra a las plantas de acopio. Algo tan simple como cuál fue la producción de trigo o soja de Paysandú, es un misterio, nadie lo sabe. Falta mucha información y nadie se molesta en generarla.

    El Estado, siempre preocupado por los efectos en la sociedad de sus políticas, no mira lo que causa un tipo de cambio de menos de 28 pesos en sus agricultores. No mira, ni cuida mucho los precios futuros de los principales productos que estos venden. Tampoco genera mucha información para decidir mejor. Y esto agrava las tareas de quien no siempre mira con justicia el futuro para definir qué hacer con lo que tiene. No solo en términos del corto plazo sino también de una visión de más largo plazo con un corte más estratégico.

    Conforme pasan las semanas y los valores de los granos no despegan, el futuro de los precios me preocupa. Debo ser yo el único preocupado porque nadie parece muy enfocado en eso. El área agrícola de invierno sigue cayendo (la de trigo lleva ya al menos cinco años de caídas y la de cebada deja de crecer) mientras que la canola es una incógnita porque compramos una ilusión (compra una dinámica de precios de soja donde no tengo claro si es peor el remedio o la enfermedad). Mientras pasa todo esto, el Estado la mira de afuera y le da una aspirina a un canceroso pensando en cómo comprar tiempo para que el contexto mejore. Vamos a estudiar el gasoil productivo (¿tanto tiempo lleva decidir esa medida?), vamos a bajar la tarifa un 15% a los lecheros (cuando no se le movió el pelo a nadie en enero para subirla un 7%) y así otras tantas cosas. Para un país que vive del campo, deberían ser temas de interés, ¿no?

    (*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República y de la Universidad ORT