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    domingo 26 de julio de 2026

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    Mirar para adelante (o no)

    He concertado la compra de un libro por Mercado Libre. Hasta hace un tiempo los libreros llevaban el volumen a la casa del cliente; ahora, este tiene que acudir a buscar su compra.

    Camino rápido porque luego tengo clase. Y tomo una pequeña calle entre 18 de Julio y Colonia: Beisso. Solo tiene una cuadra. A la izquierda, un baldío ancestral ofrece su obscena mugre. A la derecha, un largo muro ha sido pintado por artistas callejeros. Uno de los murales presenta a una mujer con velo negro islámico, provista de un rifle de asalto.

    Ambas imágenes me dejan aplastada. Sé que el baldío está allí desde hace muchos años. Alguna vez hubo en ese lugar una casa, una familia, grifos con agua corriente… Pero en un año indefinido todo se demolió. Hace tanto tiempo, que en el baldío crecieron arbustos, matorrales… Alguna suerte de árbol.

    En el terreno seguramente se proyectaba sustituir la casa por un emprendimiento: hoy el baldío tiene sillones de terciopelo rojo ajado tirados entre la basura y los yuyos. Cajas de cartón, restos de hogueras. Tal vez sirva de refugio a seres humanos “sin techo”. Observo bien: sí, en medio de la vorágine de mugre y los objetos requechados, alguien vive ahí. Sigo de largo, muy apenada.

    Pero enfrente, la realidad de la vereda me golpea más fuerte aún. Me detengo a mirar los murales. Están hechos por brigadas juveniles que, quizás, hayan recibido alguna subvención para comprar los aerosoles. Sale 170 pesos el tubo y ahí se han usado unos cuantos.

    Los murales de los costados son lúdicos, pura forma, libertad y color. El del medio es el retrato de la musulmana mencionada.

    Observo con atención. Está vestida de negro, con el hiyab, el velo que cubre cuello y frente y también lleva un chador, un sobrevelo que en Irán llevan las mujeres para ocultar la silueta femenina. El grafitero le ha colocado también a la mujer una careta, un rostro superpuesto anciano lleno de odio, de mirada penetrante. En las manos, casi garras, la kalashnikov asesina se aferra con infinitos deseos de escupir decenas de balas sobre el transeúnte.

    Sobre el retrato espeluznante, aparece el logo del autor y la palabra REVOLUCIÓN.

    Estoy anonadada. Un uruguayo ha pintado esa imagen. No sé si en broma o en serio, pero hay mucho de empatía en el artista por ese odio que trasunta su personaje.

    Luego giro la cabeza para volver a mirar el baldío. Tal vez entre los objetos desparramados distinga al ser humano que allí vive. Los habitantes de la calle siempre me interpelan: medito sobre sus azarosas historias de vida, que desconozco, pero que los llevaron inexorablemente hasta allí.

    Y de pronto, paf, me caigo. Con toda mi humanidad aterrizo en la vereda. Me he tropezado con el pavimento roto y mi cuerpo con sobrepeso está tirado en las baldosas, patético.

    ¡Todo por mirar emblemas de la política nacional e internacional!

    Me sangra una mano. Con muy mal humor, llego para comprar mi libro.

    La vendedora de Mercado Libre no lo tiene: se lo ha olvidado en su casa.