Nº 2075 - Nº 2075 - 11 al 17 de Junio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuiero hacer una cruzada contra el optimismo, un valor que suele invocarse inexplicablemente con el corazón meloso y una sonrisa amable y que sin embargo es en todo punto digno de temor cuando se instrumentaliza en el poder. Los crímenes colectivos más horrendos de los que tenemos noticia resultan siempre del concurso apretado y perverso del optimismo: es optimista la creencia de que la humanidad mejorará si exterminamos a una parte de ella o la encerramos en gulags y la sometemos a indecibles castigos por no entusiasmarse con la misma idea del paraíso que tienen los hombres del gobierno; optimista es la fe en el Estado como operador idóneo del bienestar de las personas; es optimista la pretensión de creer que un administrador público sabe más que un particular sobre los intereses, preferencias, derechos, proyecciones de los individuos; optimista es –de manera efusiva– el que postula que la regulación gubernamental de los negocios es más eficiente y productiva que la libertad de las personas para ganar, perder, ahorrar, arriesgarse, atreverse o contenerse conforme a su discernimiento y voluntad.
Los optimistas con poder nos obligan al resto –a los escépticos o a los perplejos– a treparnos a disgusto en sus insolventes ensueños y participar de la ansiedad y de la consiguiente frustración de sus proyectos. Es un tipo de opresión que no siempre se hace visible, pero que actúa más de la cuenta en las sociedades contemporáneas bajo la forma de leyes insensatas o despiadadas, mediante el uso abusivo de consignas insustanciales, a través de una latosa multiplicación en los mass media de candorosos lugares comunes que no resisten las más elementales pruebas de la lógica.
Este último aspecto me resulta importante. La linealidad del optimismo es groseramente lastimosa: entre el deseo y el fantasioso objetivo parece no haber ninguna mediación; todas las variables de la realidad y todas las posibles conjeturas que el pensamiento crítico podría interponer son aspiradas escrupulosamente por el dominio de un discurso que despeja cualquier indicio o sombra de duda y deja a la vista, como una herida abierta en medio del pecho, la gimiente entraña de un deseo hermafrodita, una secreción que se reproduce a sí misma en fases sucesivas creando la ilusión de que la asiduidad legaliza, que la repetición le confiere a la especie estatuto de pertinente, que la mera e irreflexiva internalización hace las veces de indiscutida validación.
El peor de los tigres que le sale al paso a la peligrosa candidez de los optimistas es el pensamiento crítico, la duda cruel y antigua de la filosofía que no acepta nada a priori, que considera que todo es pasible de someterse a revisión, que afirma orgullosa y soberanamente que no hay nada anterior o superior a la pregunta, que la construcción de la realidad es siempre imperfecta y que por eso siempre está en proceso, siempre está y se quiere abierta. La actitud liberal frente a las cuestiones controversiales es la actitud de la filosofía que incomoda, no la de la confianza ingenua o anhelante que dictamina, cierra y oscurece.
En su muy aguda reflexión sobre el capitalismo Aynd Rand sostiene que “dado que el conocimiento, el pensamiento y la acción racional son propiedades del individuo, ya que la elección de ejercer su facultad racional o no depende del individuo, la supervivencia del hombre requiere que aquellos que piensan estén libres de la interferencia de aquellos que no lo hacen. Como los hombres no son ni omniscientes ni infalibles, deben ser libres de estar de acuerdo o en desacuerdo, de cooperar o de seguir su propio curso independiente, cada uno según su propio juicio racional. La libertad es el requisito fundamental de la mente del hombre.”
Me gusta esto de Rand de ponernos a salvo de la correntada del furor y del entusiasmo; los que todavía piensan, los que vuelven a interrogar y miden y comparan y recorren una y otra vez la realidad para encontrar signos que responsablemente la expliquen o siquiera la testimonien con cierta lealtad no pueden ser de ningún modo interferidos por los que se entregan al abismo como si fuera a los brazos de un amante. Pero no lo digo por un posible problema de enojosa vecindad; en rigor me importa bien poco cómo es y qué piensa el vecino; lo que me abruma es comprobar el optimismo en el poder, esto es, cuando tiene armas y medios para sofocar mi derecho a no creer en sus fantasías ni acompañarlo en los delirios de su viaje.