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    Miserias de los Bonaparte

    Columnista de Búsqueda

    N° 2062 - 05 al 11 de Marzo de 2020

    Claire-Élisabeth Gravier de Vergennes había nacido en 1780 y era sobrina nieta de un ministro de Luis XVI; tuvo la desgracia de ver cómo a su abuelo y a su padre se los llevaban los agentes del Terror y primero los humillaron frente a la multitud y luego fueron sometidos a la satánica cuchilla de la democracia. Cuando tenía dieciséis años se casó con Auguste de Rémusat, colaborador directo del soldado Bonaparte.

    Después de la proclamación del Imperio fue personaje central en la corte de la aventurera esposa de Napoleón, Madame Josephine, y fue nombrada Dama del Palacio. No menos fortuna tuvo su esposo, que recibió el cargo de primer chambelán del emperador, razón por la cual se convirtió en la sombra de Bonaparte, a quien acompañó de cerca en todos los destinos. Debido a esta circunstancia grata pero complicada, el matrimonio Rémusat centró gran parte de su vida conyugal en la función vocativa de las cartas, principalmente a cargo de ella, que es la que tuvo vuelo, inquietud y tiempo para escribir. Merced a esa circunstancia los lectores de todos los tiempos conocemos lo que jamás habría salido a la luz acerca del pringoso ambiente interno de la familia Bonaparte meciéndose en las delicias de las mal habidas mieles del poder.

    Entre 1804 y 1813 Claire le envió casi doscientas cartas a su itinerante marido. En ellas se dilata sobre los momentos confesables de su vida diaria, sobre las lecturas que la impresionaron o avivaron su curiosidad, sobre las muchas recepciones, las tareas domésticas, los espectáculos a los que asistió y, principalmente, sobre la vida ajena, en particular sobre el pleito entre la familia de Josephine y el clan de los Bonaparte. Comprensiblemente esta es la zona más atractiva de sus escritos habida cuenta del enfrentamiento por la herencia de los títulos de Napoleón, una sórdida lucha de facciones cuyo único objetivo consistió en apropiarse por varias generaciones de los bienes públicos de Francia y de Europa. Nos dice Madame Rémusat que resultaba muy diferente la corte Consular —donde todo era seriedad, esperanza e idealismo— de la tóxica Corte Imperial en la que los más avarientos apetitos oscurecieron cualquier gloria, cualquier hazaña. Todo el problema estaba en Josefina y en sus pretensiones.

    La primera esposa de Napoleón se había casado con el noble Alexandre de Beauharnais. De esta unión nacieron Eugene y Hortense. Aburrida del personaje se separó con ruido y vivió la gaîté parisien sin dinero y perseguida por sus acreedores. Encarcelada con Beauharnais durante la Revolución, fue liberada el 9 de Thermidor cuando su esposo ya había sido guillotinado. A través de Barras, uno de sus amantes, conoció a Bonaparte, quien se casó con ella en 1796, antes de la campaña italiana. Su notoria mala conducta nocturna durante la ausencia de la campaña egipcia de Napoleón la acercó al borde continuo del divorcio. Coronada emperatriz en 1804 sufrió el odio minucioso y constante del clan Bonaparte. Sin embargo, ejerció una gran influencia en Napoleón y supo cómo ayudarlo en su política de apaciguamiento: permaneció realista en el fondo del corazón, y como nunca había roto con su antiguo entorno pudo establecer un vínculo precioso entre el Emperador y la nobleza del antiguo régimen. Incapaz de dar un heredero al trono, tuvo que aceptar el divorcio en 1809.

    La condesa nos habla de todo esto con fruición de gourmet. La herencia de la corona imperial fue el gran tema de la rivalidad entre los Bonaparte y los Beauharnais. Josephine rechazó rudamente la causa de la real esterilidad de su unión con Napoleón y buscó varios caminos para asegurar a su hijo la ilegítima corona de Francia y del mundo; para sellar su aspiración consiguió que el Emperador fuera nombrado padre adoptivo del muchacho y no conforme con eso obligó a la bella Hortensia a casarse con Louis Bonaparte, tío político de la desdichada joven. Este matrimonio entre una chica alegre y un sombrío valetudinario estaba condenado al fracaso: la vida de esa pareja fue un desastre y un gran escándalo a pesar del nacimiento de varios hijos.

    Es azarosa la historia de estos textos (Las guerras privadas del clan Bonaparte, Arpa, distribuye Gusi), un caso único de supervivencia en la historia. Las cartas fueron destruidas por iniciativa propia durante el periodo de los Cien días, en tiempo de incertidumbre y posibles venganzas. Pero enseguida fueron recompuestas para así fijar e inmortalizar su íntima visión del Imperio.

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