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    Misión de Lohengrin

    Columnista de Búsqueda

    N° 1701 - 14 al 20 de Febrero de 2013

    Al morir el duque de Brabante le pidió a su única hija, Elsa, que se casara con uno de sus caballeros, Friedrich de Telramund. Sin embargo Elsa rechaza a Friedrich, que se queja ante el Emperador de que ha roto su promesa y como cuadra a un mediocre despechado, la acusa de haber matado a su hermano. Ante esta infame acusación Elsa cae en la desesperación, abandonándose al llanto y al rezo. Al parecer sus plegarias son escuchadas en algún lugar de Montsalvat, el reino de Grial, donde suena la campana en señal de que alguien está en peligro. Es así que aparece en escena Lohengrin, caballero que asume la noble misión de rescatarla de la intriga, de la mentira y del desprecio en la comunidad.

    Lohengrin llega a Amberes conducido fantásticamente por un cisne; si el lector tiene presente la perfectísima obertura de la ópera recordará el carácter templado, casi parsimonioso, pero a la vez cargado de potencia, de la masa sonora, que es una suerte de emblema de la fuerza íntima y no ostentosa del caballero, pero a la vez de la serenidad que tiene el andar del cisne. A Elsa la saca del apuro con el único expediente que podría restaurar la respetabilidad de la joven: la promete en matrimonio, pero le dice a Elsa que si se casa, ella nunca ha de preguntarle por su nombre. Mujer al fin, Elsa no puede resistir la curiosidad; instigada por Ortrud, la esposa de Friedrich, comete la imprudencia de avanzar sobre el misterio de Lohengrin.  La orden del Grial dispuso desde siempre que cuando los caballeros salieran al mundo debían hacerlo en absoluto anonimato, y que si se descubriera su identidad, estarían obligados a regresar. 

    Hay en este aspecto una suerte de tradición del tabú curiosamente vinculado a las incidencias del amor o del matrimonio. La tardía mitología griega (en realidad, la glosa de ciertos elementos de la mitología griega cuidadosamente elaborados por los romanos) nos habla de la complicada saga de Cupido y Psique. Si creemos en el relato que, entre otros, hace Apuleyo en su “Asno de Oro”, Venus estaba muy contrariada por la espléndida belleza de Psique, por lo que, fiel a su mal carácter, ordenó a Cupido que la enamorara del peor de los hombres.  Quiso la fatalidad que el propio Cupido cayera preso del encanto de Psique y terminara casándose con ella. Psique se sentía sola porque su nuevo marido solo la visitaba en las noches oscuras y le prohibía que lo mirara so pena de engendrar un hijo que no fuera inmortal. Las malas hermanas que a veces la visitaban convencieron a Psique de que quizá se casó con un monstruo y que el hijo que esperaba sería también un monstruo. Consternada, esa noche, sombría como pocas, Psique tomó una lámpara y miró a Cupido, que era hermoso, se dice, mientras dormía. El se despertó y como un autómata, sin que mediara palabra, se marchó. Llena de remordimientos, Psique le buscó con angustia por todas partes, fue presa nuevamente de la maldad de Venus y recién  mucho tiempo después, ya muerta, pudo continuar su matrimonio.

    La suerte que le aguarda a Elsa no es tan terrible. Es cierto que esa noche fatal Lohengrin se apresta al abandono; lo hace no con encono o despecho o desencanto, sino con sagrada obediencia; se va del lecho y del reino en su condición de servidor de una causa superior, de alguien que no se pertenece sino que es una espada que se entregó sin reservas al servicio de lo Alto; un caballero cristiano orgullosamente leal a su juramento. De ahí que antes de partir adoptará todas las providencias para que Elsa jamás pierda el lugar de respeto que se recuperó en la comunidad, para que los injustos paguen por sus excesos y maldades, para que el orden pacífico que pone a la Justicia y las enseñanzas de Dios por encima de las pasiones e intereses mundanos acaben por prevalecer.

    La escritura musical se inclina ante el impulso épico del poema y consigue cifrar la parábola de la desesperación sin consuelo, la salvación, la intriga y la redención final como triunfo del Orden mediante un discurso donde las tonalidades dominantes corresponden siempre al sello que Lohengrin impone en el desarrollo de los acontecimientos. Es ésta una pieza casi perfecta; un anuncio de lo que Wagner estaba engendrando. También es una apertura y un voto: denota ya la noción de lo heroico, como sentido supremo de la existencia. No es raro que Nietzsche, aun agriado con el autor, amara esta obra.