Es tiempo de DGI. Voy a la calle Cassinoni con cita, a escuchar el veredicto implacable: debo pagar por IRPF mucho más de lo que suponía. Algo falló en la comunicación entre mis empleadores y yo: el extraño formulario 3100.
Es tiempo de DGI. Voy a la calle Cassinoni con cita, a escuchar el veredicto implacable: debo pagar por IRPF mucho más de lo que suponía. Algo falló en la comunicación entre mis empleadores y yo: el extraño formulario 3100.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa hoja 3100 es un papel en letra chiquita que debemos enfrentar quienes tenemos multiempleo.
Un señor que pasa seis horas sentado en un escritorio y gana XXX, paga exactamente los mismos impuestos que un uruguayo con tres o cuatro trabajos mal pagos, cuya remuneración total también es XXX.
Para la DGI importan las cifras: si ganamos lo mismo, pagamos lo mismo. No cuenta que el pluriempleado duerma muy poco, pague boletos para trasladarse de un trabajo a otro, use fines de semana para producir, coma viandas en ómnibus o en plazas o que su jornada sea interminable.
El siervo de la gleba medieval trabajaba de sol a sol.
No hay ritual cosmográfico para la DGI: si un profesor trabaja de mañana, a mitad de la tarde y a las 10 de la noche, pagará exactamente al Estado lo que el cómodo portero del Banco República, si coinciden sus sueldos nominales.
He salido de la calle Cassinoni dos veces llorando; ayer tan solo con una sensación de llevar todo el universo sobre mis espaldas. Un rictus de derrota en mi cuerpo: la diminuta crucecita perdida en un mar de casilleros del formulario 3100 es nuevamente la culpable de que tenga que pagar de sopetón. En lugar de hacerlo silenciosamente, mes a mes.
El cruce de Cassinoni con 18 es sumamente peligroso. Vengo tan mareada de las oficinas de la DGI que no comprendo la mecánica de los semáforos; me pueden atropellar. Tal vez sea considerado, si eso sucede, irresponsabilidad peatonal. Nadie va a mencionar la palabra suicidio. ¿Accidente? ¿Distracción? ¡Oh, no! Todos sabemos que los accidentes tienen un sustrato autodestructivo importante.
Pago a la DGI en números nominales, pero mis bolsillos se humedecen en monedas líquidas, que se escurren. Sueldo líquido. Un buen título para otro libro de Zygmunt Bauman.
Confusa, camino unas cuadras. Como profesora, me han dicho que me jubilaré con el 40 por ciento de mi sueldo. Lo recuerdo ahora mientras miro las boletas que debo pagar a la DGI.
Me suena la voz de la amable funcionaria que me hizo la cuenta: También les sucede a las enfermeras; hacen dos turnos para ganar más y luego ven que ese segundo trabajo se les va con esto. Y agrega: Hay profesores que dejan de trabajar en un liceo porque no vale la pena que les quede tan poco.
Oh, casualidad. Solo cita universitarios de segunda categoría, como lo soy yo.
Pero yo creo en los impuestos. Siempre defendí a muerte que el IVA era descabellado: que paguen más los que tienen más.
Entonces me viene a la cabeza un periodista alemán rezongando a Tsipras: Grecia no ha logrado que sus millonarios paguen impuestos.
Si los millonarios griegos no lo hacen, dudo que los millonarios criollos lo hagan.
Necesito un café con leche y una medialuna.
En su precio luce como una rara orquídea el IVA, intacto.