N° 2055 - 16 al 22 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEsta columna no es tanto el comentario de un suceso social como el resultado de un hastío, de un cansancio. Hastío de ver cómo una lógica que a duras penas funciona para la vida real (y que es discutida colectivamente todo el tiempo), se intenta aplicar a un montón de actividades que podríamos llamar “ficción” o “simbólicas”. Esto es, que son creación y acuerdo humano, no cosas que crecen en los árboles o se encuentran entre las piedras. Ese debate, el que decide qué es bueno y malo para el colectivo, es un proceso que no se detiene y que se transforma sin cesar.
Esa reflexión que hacemos como sociedad suele concentrarse en los aspectos reales de las vidas de las personas, en esos que afectan nuestra vida en el sentido más estricto. Sin embargo, desde hace un tiempo esa discusión comienza a abarcar no solo lo real, sino también lo simbólico, incluido aquello que de manera específica, codificamos como “ficción” o como “juego”. Así, todo resultaría moralizable y moralizante, todo sería susceptible de ser asimilado y amoldado a aquello que consideramos bueno y malo en la realidad. En resumen, a esa relativamente nueva mirada no le importa que esas “ficciones” o “juegos” sean parte de lo simbólico, ya que lo simbólico también debe plegarse a lo real, a las normas que se aplican en lo real.
El disparador de este rollazo tan abstracto fue, ironía de ironías, una patada en un partido de fútbol. En concreto la patada que le pegó Federico Valverde a Álvaro Morata en la final de la Supercopa española. Una patada por atrás, como último hombre, que impidió la entrada de Morata al área y terminó con sus posibilidades de hacer el gol que le daba la victoria a su equipo, el Atlético de Madrid. Morata se levantó, Valverde fue expulsado y su equipo, el Real Madrid, ganó el partido en los penales. Es decir, el Atlético de Madrid perdió no por culpa de una “trampa” que habría hecho Valverde, sino, tal como le pasó a Ghana frente a Uruguay en el Mundial de 2010, por no saber patear penales.
Este incidente mínimo, que hasta hace pocos años no habría levantado ni una sola ceja de un solo ciudadano, se convirtió en material de debate colectivo: que si Valverde era desleal, que si lo suyo era equiparable a un delito, que si ese era el ejemplo que se le daba los niños (ah, qué buen comodín son los niños cuando se le quiere tirar a alguien los platos por la cabeza), que si las reglas del fútbol deberían cambiar porque es inaceptable que se peguen patadas. Sin entrar en el tema de que es una cosa bastante triste que el tema de la discusión colectiva sean las repercusiones de una jugada de un partido de fútbol, hay tres cosas que el incidente deja claras para mí: a) mucha gente no pateó ni una naranja en su vida ni pisó jamas un campo de juego, b) mucha gente elige muy mal las personas y acciones de las que pretende adquirir valores para la convivencia y c) la diferencia que existe entre lo real (cometer un delito) y lo simbólico (pegar una patada en un partido de fútbol) parece haberse diluido hasta ser imperceptible para muchos.
Por un lado, los foules, sean patadas u otras formas de detener al rival, son parte del juego. Mejor dicho, son el límite que el juego establece para la acción. Por eso el foul tiene una pena que está establecida en el reglamento. Por eso, en el caso que nos ocupa, Valverde se fue expulsado del campo sin que nadie dijera ni mu. Foul de último hombre que impide una acción de gol, tarjeta roja y eventual sanción. El mundo sigue con sus reglas y el juego con las suyas.
Por otro, la idea de que los deportistas deben ser un ejemplo social porque son muy visibles me parece ampliamente discutible. Ese rol no es algo que “naturalmente” se derive de sus obligaciones profesionales. Ni siquiera de sus obligaciones “morales” respecto al juego que juegan. Se puede ser un perfecto patán en el campo de juego y un caballero fuera de él. Y lo mismo que a la inversa, se puede tener una trayectoria intachable en el campo y ser un patán en la vida real. Y eso es así porque se trata de dos universos que no siguen la misma clase de lógica. El fútbol, como cualquier creación simbólica, tiene su propio set de reglas que no necesariamente coincide con las de la vida real. Si Valverde le hubiera pegado esa patada a un vecino en plena calle, podría ser considerado un agresor y, quizá, un delincuente. En el terreno de juego en cambio no, ya que es parte de las acciones de un deporte cuyo reglamento tiene un tratamiento especial para tratarlas, que se deriva de su lógica.
Si encima de exigirle a un deportista que sea un profesional serio en el campo y un ciudadano ejemplar fuera de él (lo que ya es un absurdo previo), le aplicamos la lógica ciudadana dentro del terreno, simplemente estamos terminando con la posibilidad misma del juego. Todo deporte de contacto o en donde la integridad de los jugadores pueda verse comprometida por la lógica del propio deporte, debería ser prohibido. Ese es el absurdo emergente de esa lectura literal que no admite distintas lógicas para distintos ámbitos. Un pensamiento lineal que, llevado al extremo, nos conduce a un mundo en donde la capacidad de simbolizar (que es la característica humana esencial) pasa a ser irrelevante. Y todo eso sin entrar en el hecho de que los deportistas de esos deportes, lo son de manera voluntaria. Hay miles de oficios en donde la integridad física se ve comprometida de formas mucho más extremas. Me cuesta imaginar que Morata o Valverde prefieran ser, por ejemplo, mineros y terminar con los pulmones reventados por la silicosis a los 35 años.
Cuando digo que la patada recibida pertenece al orden de lo simbólico, es claro que no digo que la patada en sí sea simbólica. Dice Morata que no, que fue real. Lo que es simbólico es el juego y sus reglas y, por ende, el significado de la acción en ese contexto. Decir que es lo mismo pegar una patada al rival en un lance de un partido que robar o golpear a alguien fuera de ese contexto es haber perdido por completo el norte. Esta tontería es paralela a la que exige que los creadores hayan sido personas intachables hace décadas, según las reglas que nos dimos (y aún seguimos discutiendo) hace quince minutos. Y que (si se sospecha que) no lo fueron, su obra debe ser desechada.
Los que nos distingue como humanos es nuestra capacidad de desarrollar una moral que es parte de un aparato simbólico, en el que se incluye también el reglamento de cualquier juego o deporte. Si lo que se busca son ejemplos para la vida social, yo no los buscaría entre los futbolistas, que están jugando, no actuando en la vida real. Buscaría entre quienes, qué sé yo, dan desayunos a niños de familias sin recursos. O entre los científicos del Instituto Clemente Estable que están desarrollando no sé qué mejora en no sé qué cultivo. Es decir, entre gente que intenta mejorar las cosas en el mundo real en vez de patear una pelota (y a veces un rival) en un campo de juego. Dicen que vamos a morir de literalidad, pero eso no es cierto porque la literalidad no mata.