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    Muerte de Clorinda

    Columnista de Búsqueda

    N° 1684 - 18 al 24 de Octubre de 2012

    El joven Wilhem Meister, protagonista de la novela que lleva su nombre, se parece mucho al joven Goethe, su creador: se enamoró de la mujer equivocada, es imprudente, es aficionado a los libros antiguos, trata infructuosamente de forjar una síntesis entre la pasión y la razón, es políglota, descreído de toda religión y ama el teatro más que a su prójimo. Si excluimos a Fausto, que es la trabajosa autobiografía filosófica de Goethe, tenemos que “Los Años de Aprendizaje de Wilhem Meister” es la obra más personal, más testimonial de su vasta y diversa producción.

    Hay en ella una escena —cuando Whilhem, a poco de cenar, aburre a su amada y a la sirvienta con sus anécdotas de los verdes años en los que ardorosamente fabricaba títeres y hacía representaciones para amigos y familiares— en la que menciona con fervor, con agradecimiento, con viva emoción el resultado de su precaria lectura de la obra de Torcuato Tasso que gloria la reconquista de Jerusalén en tiempos de la primera Cruzada, particularmente del capítulo en el que se narra la trágica muerte de la irrepetible Clorinda, mujer sarracena dada a la guerra, a manos de su enamorado el caballero Tancredo.

    “En verdad, no era yo capaz de leer todo el poema; pero había pasajes que me aprendí de memoria y cuyas imágenes flotaban sin cesar ante mi espíritu. En especial me cautivaba Clorinda con todas sus aventuras. Su varonil feminidad, la serena plenitud de sus fuerzas, ejercían mayor impresión sobre un espíritu que comenzaba a desarrollarse, que todos los fingidos encantos de Armida, aunque al mismo tiempo no despreciara yo su jardín. Pero cien y cien veces, al anochecer, cuando paseaba yo por el terrado que se halla entre los gabletes de nuestra casa y columbraba desde allí toda la comarca, mientras un tembloroso reflejo del sol recién puesto ascendía por el horizonte, aparecían las estrellas, surgía la noche avanzando desde todos los rincones y hondonadas, y el estridente son de los grillos tintineaba en medio de la solemne calma, recitábame yo la historia del lamentable desafío de Tancredo y Clorinda. Aunque, como era debido, fuera yo partidario de los cristianos, acompañaba con todo mi corazón a la pagana heroína cuando acomete la empresa de incendiar la gran torre de los sitiadores. ¡Y cuando Tancredo encuentra de noche al supuesto guerrero, bajo el velo de las tinieblas, y luchan reciamente!... Nunca podía yo pronunciar las palabras: Mas ya llegó la hora señalada que a Clorinda la vida quitar debe, sin que me vinieran lágrimas a los ojos, las cuales corrían abundantemente al ver cómo el desventurado amante hunde su espada en el pecho de la amada, desata el yelmo del moribundo, reconoce a Clorinda y todo trémulo va en busca del agua para su bautizo. Pero ¡cómo me palpitaba el corazón cuando, en el bosque encantado, la espada de Tancredo se clava en el árbol, brota sangre del corte y resuena una voz, en sus oídos, que le dice que también aquí ha herido a Clorinda; que está destinado por la suerte para que en todas partes haya de lastimar, sin saberlo, a lo que ama!”. (Parte I, Capítulo VII, Editorial Cátedra, Madrid, 2008)

    La gracia de la hipertextualidad nos permite realizar conexiones inesperadas. Cuando Wilhem cuenta esa trémula experiencia ante la indolente Mariana, que tiene en mente abandonarlo por un partido no tan elegante y entusiasta pero sí más conveniente, se está anticipando sin saberlo a su propio destino. Todos esos sentimientos que lo asaltarán, el duelo nunca resuelto del todo que lo seguirá hasta bien avanzada su vida, será como aquel desconsuelo de Tancredo que sólo podía morigerarse en los sueños en los que volvía a encontrarse con su absoluta dueña, como lo vemos sobre el final de ese memorable Canto XII, cuando el caballero habla con la tumba, a la que dice “Tú encierras el objeto de mi ardor, y ostentas por fuera el llanto con que te riego. Tú no eres un albergue de la muerte, sino de cenizas vivas, y del amor; a tu lado siento su fuego más dulce, aunque no menos ardiente. ¡Ah! Recibe mis suspiros y estos besos que baño con mis lágrimas, y dáselos, ya que no puedo yo, a las amadas reliquias que guardas en tu seno. Dáselos, y si alguna vez su alma pura vuelve los ojos a sus hermosos restos, no temas que se ofenda por tu piedad y mi osadía, pues no se conciben allá arriba el odio ni el despecho. Ella perdona mi error, y esta sola idea me sostiene en medio de mi quebranto. Sabe que sólo erró mi mano, y no se ofende de que muera amándola el que la amó viviendo. Feliz aquel día en que moriré amándote, y mucho más si, tal como ahora voy errando en torno tuyo, puedo descansar dentro de esta misma piedra; si nuestras almas se reúnen en el Cielo y se confunden nuestras cenizas en un solo sepulcro, y si alcanzo, en fin, en la muerte lo que no logré en vida. ¡Dulce destino si llega a cumplirse!”(Editorial Iberia, Barcelona, 1965, pag. 201)

    Torcuato Tasso es superior a las fuerzas de cualquier lector por permanecer indiferente.

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