N° 1891 - 03 al 09 de Noviembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDurante sus dos primeros mandatos los gobiernos del Frente Amplio parecían marchar viento en popa. Porque el triunfo en la elección del 2004, que lo llevó al poder y le aseguró mayoría en ambas cámaras legislativas, dio paso a expectativas de cambio que se venían manifestando en el país desde mucho antes. Porque además, sus principales rivales políticos sintieron el peso de la derrota tras la crisis del 2002. Porque su victoria expandía y consolidaba en el continente la corriente populista. Pero también porque se benefició de una década de bonanza económica que ayudó a imponer la idea de que con la izquierda las cosas eran diferentes y que el país había ingresado en un proceso de mejora continua.
Todo marchaba a pedir de boca. “Llegamos para quedarnos” solían vanagloriarse en esos días dirigentes frentistas. La afirmación parecía validada por el hecho de que el FA había echado raíces en Montevideo ya en 1990 y extendido sus dominios a otros departamentos en 2005.
Si bien el Frente Amplio venía de ganar su tercera elección, conservando su votación porcentual y su mayoría parlamentaria, y los partidos tradicionales registraban el peor desempeño electoral de su historia, al promediar 2015 el humor de la opinión pública dio indicios de cambio. Fueron visibles fisuras en las paredes y surgieron temores sobre los cimientos de la casa.
Se intuía que la caída de gobiernos ideológicamente amigos en Argentina y Brasil y la prepotencia y el caos instaurado por el gobierno chavista en Venezuela era más que evidente. No obstante, un exultante Tabaré Vázquez procuró infundir optimismo. Anunció que así como las reformas de José Batlle y Ordóñez cimentaron el Uruguay del siglo XX, las políticas del Frente Amplio habrán de “matrizar” el Uruguay del siglo XXI.
Sin embargo, con el paso de los meses, la retórica oficialista ha sido incapaz de enfrentar el desencanto y el creciente inconformismo que ha ganado incluso a muchos de sus partidarios. Desencanto ante nuevas realidades del país y de la región. Una tendencia de cambios políticos que incorpora la severa derrota sufrida hace dos semanas por la Nueva Mayoría que gobierna Chile en las elecciones municipales.
A 20 meses de iniciada esta tercera administración frenteamplista, las malas noticias se han ido acumulando y el optimismo y las expectativas que rodearon su instalación se han ido desvaneciendo. En parte porque el viento a favor que impulsaba el crecimiento económico perdió fuerza, pero también porque la herencia recibida del gobierno de Mujica comenzó a pasar factura. Las millonarias pérdidas de Ancap y del Fondes, la aventura de la regasificadora, la atribución de títulos inexistentes, las sospechas del financiamiento del MPP a través de las comisiones obtenidas en los “negocios atados” con Venezuela. Y, no menos importante, la solidaridad in extremis con gobiernos corruptos, autoritarios e incompetentes de la región por el solo hecho de compartir una cierta ideología latinoamericanista o de haber recibido favores de ellos. Incluso de quienes solo recibimos bofetadas.
Una lealtad política difícil de tragar, que cierra filas en la esperanza de proteger, y tener protegidas, las espaldas propias.
Estas y tantas otras cosas que han ido aflorando en los últimos meses, golpean la conciencia de muchos ciudadanos. Y generan desilusión y desencanto incluso entre votantes de la coalición de izquierda que se sienten desconcertados cuando no indignados. Porque advierten que las invocaciones a la moral y a la ética, a la probidad y a la rectitud política, como factores distintivos de los gobiernos y de los políticos de izquierda, con que tantos se han llenado la boca durante tanto tiempo, están cada vez más cuestionadas y sospechadas de no ser más que un simple recurso propagandístico. Los resultados de las más recientes encuestas no deberían sorprender a nadie.
El problema para la izquierda es que no hay cómo ocultar hechos que constituyen la realidad que aprecian sus compatriotas. Y con la que conviven a diario. Por ello resultan poco creíbles las explicaciones que atribuyen las denuncias y las críticas de una oposición variopinta a una supuesta “ofensiva de la derecha” que es “amplificada por medios” que “defienden intereses” que “responden al gran capital”.
Dos décadas atrás, al desaparecer los temores que los regímenes comunistas inspiraban en América Latina a muchos electores, la caída del muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, lejos de perjudicar las posibilidades electorales de las izquierdas, jugaron a su favor. El fracaso —y declive— de los populismos en la región hoy no ayudan al FA.
Los ciudadanos llegan a conclusiones y forman su opinión a partir de sus propias experiencias, de relatos de personas de su confianza. Los medios no pueden imponer visiones que no concuerden con la realidad tal y como la perciben las personas.
El anuncio del diputado Gonzalo Mujica de que en el futuro actuará siguiendo sus convicciones y por tanto que actuará con independencia de lo que resuelva la bancada del Frente Amplio ha inducido a medios de prensa y analistas a sostener que la coalición gobernante ha perdido la mayoría legislativa y que por tanto se abre una nueva era política en el país.
El anuncio de Mujica, el diputado, no debería sorprender a la luz de los cuestionamientos que ha venido formulando en los últimos meses respecto de decisiones del gobierno y de posiciones y pronunciamientos de la fuerza política. En declaraciones a “El Observador” (29/10/2016) no anduvo con vueltas. “Muchos en el Frente creen que se debe ir hacia la izquierda y yo creo que tiene que correrse a la derecha. En realidad, el FA en muchos aspectos está yendo para la derecha, pero yo voy 200 metros adelante y les da bronca porque lo diga”, explicó.
Tal como lo había anticipado, en la sesión de Diputados del lunes 31 en la que se consideró la propuesta del nacionalista Mario Trobo de crear una Comisión especial para investigar los negocios con Venezuela, a lo que se opuso el FA, Mujica sumó su voto al resto de la oposición.
Los negocios de “Aire Fresco” con Venezuela despiertan enormes sospechas sobre el decisivo rol jugado en su concreción por funcionarios de ambos gobiernos, sobre el vuelco de los recursos obtenidos a financiar actividades del MPP y sobre las lealtades políticas que de esta trama comercial se derivan. Una investigación que deberá encarar la Justicia y que solo siguiendo “la ruta del dinero” (como ocurre con el tráfico de drogas o de armas) podrá conocerse la verdad que se quiere ocultar. Habiendo integrado el MPP, se diría que de esto algo ha de saber el diputado rebelde.
Mujica no rompió con el Frente y no deja de considerarse frenteamplista. Solo que anunció que actuará con independencia de criterio. Considera, como muchos ciudadanos, que hay muchas cosas que marchan mal, que no hay forma de taparlas, y no quiere ser cómplice ni pagar por ello.
Su decisión no es menor porque marca a fuego no solo a los radicales que pretenden impulsar un giro a la izquierda sino también al presidente Vázquez y a los “moderados” que, por evitar rupturas, silencian sus opiniones en aras de “la unidad” y se tragan “sapos” y “culebras” que les son impuestos una y otra vez por los sectores más militantes de la coalición.