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Vaya personaje este señor Suvorin. Un pianista ruso olvidado, viudo, en el exilio, con el cuello de la camisa torcido y restos de espuma de afeitar en la cara. Los camareros lo tienen en gran estima y le traen un vaso de agua. Ya no bebe ni fuma. Las mujeres lo amaron porque sabía interpretar a Bach, “el mejor aliado del hombre”, la necesaria higiene para el espíritu. Sí, Bach, Mozart y Beethoven, aunque también es maravilloso el entrechocar de las bolas de billar en la madrugada, dice Suvorin. Eso sí que es música de las esferas. También nos recuerda que es necesario observar el agua para componer. Y que hay un vals de Schubert de solo una página —ni número de opus tiene— que se ejecuta en menos de un minuto y medio.
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Sentarte en un café ante Suvorin es lo mejor que te puede pasar. Las historias que se meten en otras historias, la inteligencia, la elección de los detalles, la brevedad y el humor. Y con solo un vaso de agua.
Es lo que hace Wolf Wondratschek en Autorretrato con piano ruso (Anagrama, 2021, 191 páginas): inventarse a este anciano para darle forma de biografía a la novela o, mejor dicho, de autobiografía de café. Wondratschek, 77 años, definido por algunos como el tesoro mejor guardado de la literatura alemana, además de escritor es poeta, ensayista y dramaturgo.
Suvorin habla de cuando buscó infructuosamente un busto de Beethoven junto a su esposa en algún parque de Karlovy Vary. Luego se va. La razón: puede ser que su cerebro trabaje intermitentemente, o que el sol ya no se derrame sobre la mesa del bar provocando la necesaria placidez de los recuerdos y las reflexiones. Otro día vuelve para contar que el teatro le pone los nervios de punta, algo más típico de un viejo sin paciencia. Otro día llega y dice que a veces se despierta al costado de la cama, pero que no es un hecho doloroso, de caída y chichones, sino ligeramente raro y confuso, tal vez hasta bello por lo inesperado. El mozo a su lado, mientras escucha la conversación, le deposita cariñosamente una mano en el hombro porque sabe que Suvorin está aludiendo a su difunta esposa. Otra vez habla del amor por la ópera y reafirma que prefiere con toda su alma que no haya aplausos al final de un concierto porque el silencio del asombro es el mejor valor, el más auténtico.
Una novela sobre la soledad, la intimidad y la sabiduría de manejar con humor las ausencias. Y uno de los mejores acercamientos de la literatura a la música.