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    Naturaleza encendida

    En el origen de esta muestra hay una aventura, de esas que se emprenden con mochila al hombro, guías callejeros y poco dinero. Pero, sobre todo, hay un gran artista que se inspiró en sus propias experiencias.

    La aventura se inició cuando Sebastián Sáez (Montevideo, 1974) viajó por Perú y Colombia acompañado de un primo. Su interés era conocer la selva y sus profundidades, sus sonidos y sus olores. “De noche me acostaba en una hamaca paraguaya que estaba bajo techo porque caían cosas de los árboles. Hacía esfuerzo por no dormirme, pero con los sonidos de la selva enseguida me dormía. Lo que más escuchaba eran los pasos de los monos que caminaban alrededor. Pero el problema en esa zona de la selva no son los animales, sino algunas personas, como los paramilitares o los narcos con los que a veces nos cruzamos”, cuenta Sáez en la sala Nicolás Loureiro, ubicada en el entrepiso del Teatro El Galpón, donde se exhibe Paisajes, una muestra con sus expresivas pinturas de la naturaleza de diferentes regiones, a veces abstractas, a veces figurativas, pero siempre con una paleta alta, intensa, encendida. Para llegar a estos óleos sobre lienzo de grandes dimensiones, que se exhiben hasta el lunes 30, faltaba todavía otro viaje, esta vez hacia Brasil.

    “Comencé tarde”, dice Sáez al recordar sus inicios en la pintura a los 29 años. Estudió primero con Fernando López Lage en la Fundación de Arte Contemporáneo (FAC), que funcionaba en una casa perteneciente al artista Hugo Longa (Salto, 1934-Montevideo, 1990). “En ese momento quedé fascinado con la idea del pintor que trabaja en su casa. Eso lo quería para mí”. También estudió con Jacqueline Lacasa y trabajó en el Centro Cultural de España donde permaneció unos 11 años. Después empezó a dar sus propias clases y estudió estética en la Facultad de Humanidades. “Aprendí mucho y después seguí por mi cuenta estudiando filosofía y arte contemporáneo. Fue fundamental estudiar filosofía, sobre todo la contemporánea, para mis clases, para que los estudiantes supieran no solo qué pintar, sino dónde están parados”.

    En las artes plásticas uruguayas el apellido Sáez lleva hacia Carlos Federico Sáez (Mercedes, 1878-Montevideo, 1901), el retratista del 900 que pintaba individuos en la soledad. Descendiente lejano de aquel Sáez, Sebastián conserva uno de sus pequeños dibujos. “Algo de él me llegó”, dice hablando de herencias y sensibilidades artísticas.

    Justamente a los retratos se dedicó entre 2002 y 2009. Hizo una serie sobre papel de embalaje que tuvo como modelos a amigos o compañeros de trabajo. “Siempre fui medio cuadriculado, pintaba retratos sobre papel con la gente vestida, me decían si yo quería que posaran desnudos y les decía que no porque en ese momento estaba trabajando de esa forma”. Pero los desnudos sí llegaron y los modelos fueron personajes de la cultura. En esas obras, también empezó a aparecer el paisaje como fondo. En 2015 terminó con la figura humana. “No pinté a más nadie, incluso rechacé algún encargo”, explica el artista.

    Pero mientras pintaba los desnudos reparó en el vínculo con el paisaje y se comenzó a interesar por la Divina Comedia, sobre todo por el Infierno de Dante y su selva oscura. De allí vino su motivación para aquel viaje por el Amazonas. Quería conocer la selva de noche. “Me fasciné con los grabados de Doré y sus desnudos. Cuando trabajaba en el CCE como monitor de sala muchas veces tenía tiempo de leer, me sentaba en una silla e iba descendiendo al infierno con Dante”.

    Abandonada esa etapa, un día de 2015, Sáez vio en las noticias el desastre ecológico provocado por la rotura del dique de contención construido por una empresa minera en Bento Rodrigues, un pequeño pueblo de Minas Gerais, en Brasil. Allí se depositaban desechos de las extracciones de mineral de hierro. Impactado por las imágenes de ese barro tóxico que contaminó el río Doce y arrasó con el pueblo, Sáez sintió la necesidad de ir hacia ese lugar. “En las noticias no se decía demasiado porque en ese momento estaba toda la acusación a Lula por soborno y eso acaparaba la atención. Yo no tenía un mango y no sabía portugués, pero quise ir hacia allí. Desde niño tuve una conexión fuerte con la naturaleza, aunque no soy un militante ecologista, pero me habían impactado mucho las imágenes”. Entonces emprendió otra aventura en solitario hacia el lugar del desastre.

    El primer óleo que pintó sobre ese lugar se titula Bento Rodrigues. Un gran pozo atravesado por un hilo de agua roja y camiones en lo alto que lo rodean: son capas de colores, capas de óleo que crean un ambiente de lo que quedó en el lugar y lo que quedó en la retina de Sáez. “Fue una transa llegar, nadie quería llevarme. Legué hasta Mariana, un pueblo precioso de Minas Gerais a unos 40 kilómetros de Bento Rodrigues, y nadie me quería llevar ni hablarme del tema. Tal vez lo veían perjudicial para el turismo local.  Hablé con ciclistas  para ir en bicicleta y no me quisieron prestar una. Hasta que se acercaron unos hombres y me dijeron que me llevaban. Anduvimos en un Fiat 1 por un camino sinuoso entre morros de tierra y llovía mucho. Menos mal que no fui en bicicleta”, recuerda ahora el artista.

    Durante ese viaje por tierras áridas y clima social tenso, sacó algunas fotos que no sabía aún si le servirían de modelos para sus pinturas. Pero después de aquel primer cuadro que pintó a fines de 2015, surgieron otros de Bento Rodrigues. Y después de ese viaje, necesitó un cambio, entonces viajó a Nueva York. “Recorrí los museos y galerías, y cuando regresé a Montevideo pinté el Central Park. Mi interés no es hacer una denuncia por temas ecológicos, me interesa la naturaleza. Ahora estoy trabajando con el arroyo Sarandí y el Solís Chico cuando voy a la Floresta a la casa de mis suegros”.

    De ese lugar es Amanecer en Las Vegas, el balneario pegado a La Floresta. Pero sus cuadros más espectaculares son los de sus noches iluminadas de colores. Su paleta alta la heredó de los cuadros de Longa, y él la maneja para crear ambientes sensoriales de tal fuerza que se “siente” la humedad, el frío o la oscuridad. Así es su serie de los bañados de Carrasco (ver foto) o sus óleos más recientes del arroyo Sarandí. Sus últimos trabajos son más abstractos, como Estudio sobre el arroyo Sarandí, de 2021, una serie de manchas coloridas sobre un lienzo rojizo.

    Su itinerario también lo llevó a las costas del Queguay, donde estuvo pasando unos días en verano y otros en invierno y vio cómo el río se desbordaba por las lluvias. De allí surgió su óleo Margay en el monte del Queguay (2020), con el felino como protagonista de las sombras. El aguará guazú es otro de sus animales retratados con sus patas negras, altas, como un gran perro fantástico.

    Ahora ya está pensando qué otro rumbo tomará su arte y siente la necesidad de encontrar nuevos lugares. “Hay que ir a la naturaleza, pero lo que importa al final es la pintura. No sé muy bien por qué surgen mis cuadros de determinados lugares, ni por qué los pinto así. Aún veo extraño haber ido en esos viajes por el Amazonas y Minas Gerais”.

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