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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara la gran mayoría de los uruguayos esto del Covid-19 es la peor desgracia social de sus vidas. Lógico: no han vivido ni guerras, ni pestes, ni hambrunas, ni terremotos ni huracanes. Y, realmente, es algo espantoso.
Pero quizás se dé, aquí también, aquello de que “no hay mal que por bien no venga”.
Estamos a las puertas de celebrar la Navidad. Para algunos es un acontecimiento espiritual, conmovedor, que invita a meditar y que se celebra envuelto en gestos humanos y materiales. Para otros es una fiesta que solo se compone de gestos humanos y materiales. No hay delito en ello, pero cierto es que aquellos tienden a desplazar y aún a oscurecer cualquier otra cosa y es difícil sustraerse al barullo, los festejos, el chuping y los regalos.
Resulta que, esta vuelta, la pandemia está como despejando la cancha, a la fuerza. Se nos viene una Navidad con mucho menos ruido y dispersión. A la fuerza.
Podemos: 1) aburrirnos o 2) aprovecharlo.
¿Aprovechar qué?
Bueno, desenchufar Netflix por un rato y considerar otro relato. Uno que es histórico, pero también presente. Presente eternamente. Un relato que nos habla de un Padre que tanto amó al mundo y a cada uno de nosotros que, para rescatarnos del ruido egoísta y sus consecuencias, nos envió a su Hijo, aun sabiendo que lo odiarían hasta matarlo. No es un cuento viejo. La Navidad es la oportunidad, única, que se nos da cada año de revivir (no solo rememorar) el amor de Dios.
“Yo no creo”, suelen decir algunos.
Macanas, todos creen. Los que afirman lo contrario piensan que con eso se hacen superiores: los racionales, inteligentes, frente a los giles crédulos. Macanas: todos somos iguales en esto. Todos creemos. El ateo cree que Dios no existe. No puede saberlo. Probar que Dios no existe es imposible. A lo sumo es una creencia. Parecida a la otra (pero no igual, ya que la otra incluye una experiencia de vida).
Es cierto, sí, que el relato de Cristo, sometido voluntariamente al escarnio y al dolor, es medio absurdo. El propio San Pablo lo reconoce, pero es que, a diferencia del iluminismo ateo, creer en la Navidad, prólogo de la cruz y de la resurrección, jamás podrá ser el fruto de un esfuerzo racional, una genialidad mía. Requiere humildad.
La pandemia puede darnos dos cosas, con frecuencia escasas durante “las fiestas”: tiempo y silencio y, con ellos, la oportunidad de mirar y meditar este fenómeno de la Navidad cristiana (increíble que deba calificarse para que se entienda). La Navidad de la promesa: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Es con esas palabras de Jesucristo que Mateo concluye su evangelio. No dice “con los que me siguen”, dice que estará ahí, a mano, para todos. Que está cerca: “El reino de Dios está cerca” hoy.
No hay que hacer esfuerzos raros para encontrarlo: si cortás un rato el barullo y la dispersión (exteriores e interiores), es probable que te hayas acercado un cachito.
¡Feliz Navidad! Con pandemia.
Ignacio De Posadas