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    Nelson Mandela

    Sr. Director:

    Mandela para siempre. Mandela conjugó y superó una división existente en el terreno de los derechos humanos: la defensa y la aplicación de las normas básicas de convivencia humana.

    Dio la batalla teórico-didáctica en defensa de los derechos humanos y, cuando estuvo en disposición de hacerlo, adoptó las medidas imprescindibles para su cumplimiento de manera universal e indivisible.

    Allí radica su enorme trascendencia que le ubica como la principal figura, no ya del siglo XX, sino de la historia de la humanidad. ¿Exageración?

    Veamos. ¿Qué nos dicen en el presente los principales estudiosos en materia de derechos fundamentales de la persona? Que ya se ha agotado la argumentación teórica sobre qué son los derechos humanos, para qué los derechos humanos y por qué los derechos humanos. El punto no es su fundamentación, sino su realización, su puesta en práctica (Norberto Bobbio).

    El rastreamiento hecho desde los orígenes de la escritura hasta el presente es elocuente respecto a cómo los derechos humanos se plasmaron en sus diferentes expresiones desde el Código de Hammurabi (1790/1750 a.n.e.) hasta llegar a la Declaración Universal de 1948.

    Los expertos de la ONU, de la Corte Penal Internacional (CPI), de la OEA y de la Corte Internacional de Derechos Humanos, o de organismos internacionales (BM, BID, IIDH), como también tribunales morales (Bertrand Russell, Tribunal Antiimperialista), ONG (Amnistía Internacional, Human Rights Watch), coinciden en que en esta materia lo único que falta es que sean aplicados sin más.

    Mandela logró esa síntesis todavía anhelada en el mundo: defender los derechos humanos y, cuando de él dependió, hacerlos realidad. No sin haber contribuido a violarlos en determinado momento: hasta la liberación de Mandela en el año 1990, 63 personas murieron a manos de MK, el ala militar de CNA que él fundó y presidió, y más de 200 quedaron heridas, en su mayoría civiles. Y puede cuestionársele que cuando recuperó la libertad mantuvo su amistad con opresores como Gaddafi porque éste había sido un antiapartheid.

    Mandela debió transitar un durísimo y verdadero calvario —registrado en los anales históricos— de 27 años de cautiverio, 13 de los cuales dedicados exclusivamente a picar piedras en las canteras de la isla de Robben.

    Antes de que existiera la Corte Penal Internacional, Mandela con su testimonio vital y posterior labor gubernamental, demostró que es posible reconciliar una sociedad profundamente enfrentada como la que generó el apartheid, denominación eufemística de la virtual esclavitud en que millones de negros sobrevivían para contribuir al ilícito enriquecimiento de una minoría blanca que, además, se había apoderado de esas tierras a sangre y fuego.

    Llevó décadas a la conciencia internacional asumir que el apartheid —ideología que retomó los absurdos de raza superior del nazismo inmediatamente después que éste había sido derrotado bélicamente— era inhumano. Debió trascurrir mucho tiempo para que las sanciones económicas y deportivas (Sudáfrica estaba vetada de los juegos olímpicos), surgieran como elementos de presión y repulsa. Pero la existencia de un mundo bipolar, cuyos ejes eran Washington y Moscú, impedían, por múltiples razones, avanzar en la exigencia del cese de un sistema intrínsecamente inhumano.

    Fue luego de la caída del Muro de Berlín (1989), de la perestroika, de la implosión del denominado “socialismo real”, que los acontecimientos se precipitaron para el gobierno racista de Sudáfrica, fenómeno en el que la independencia de Namibia (1988/90), batalla de Cuito Cuanavale incluida, tuvo también un importante papel.

    Al presidente sudafricano Frederic de Klerc se le hizo insoportable la presión internacional y la propia tensión nacional —que podría derivar en guerras civiles como las  generadas en Libia o Siria— y comenzó una transición que fuera válvula de escape a décadas de explotación y odio entre connacionales.

    Mandela, a los 72 años, no bien traspuso las puertas de la prisión de Víctor Verster tuvo en sus manos el destino de Sudáfrica. Pudo haber optado por la venganza. Pudo haber optado por la demagogia de comprometerse con la paz y la reconciliación para modificar “la correlación de fuerzas” y, cuando tuviera a su favor las que necesitaba, dar un golpe de timón y desdecirse de lo prometido. Nada de eso ocurrió. Encaminó a su país por el sendero de la reconciliación mediante la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (1996), que trabajó a través de tres comités: Violación y Rehabilitación, Amnistía e Investigación. Paralelamente se llevó cabo el proceso de rehabilitación y reparación y estableció un proceso sui generis que luego sirvió de ejemplo a otros países en conflicto. Se convirtió en sinónimo universal de mediación pacífica.

    Este proceso no es muy conocido en Latinoamérica. Más bien que Mandela ha sido injustamente escamoteado por las propias dinámicas seguidas en los procesos de reconstrucción democrática de varias naciones latinoamericanas en que su experiencia hubiera sido gravitante; más allá de los esfuerzos de comunidades afrolatinoamericanas que legítimamente le han adoptado como estandarte.

    América Latina es un ejemplo en que la inequidad caracteriza la vida de millones de personas cuyos gobiernos, en 200 años de vida independiente, no han podido resolver los principales problemas que aquejan a millones de sus ciudadanos.

    Es ahora que las sociedades latinoamericanas mediante la instrucción y educación tienen la oportunidad de dar a conocer a millones de jóvenes latinoamericanos —para muchos de los cuales Mandela nació hoy como un producto mediático— cómo desde la peor situación humana se puede dignificar la propia vida y la de los integrantes de una sociedad hasta generar ese sentido de pertenencia que los sudafricanos vivieron entre 1994 y 1999.

    Mandela fue, hasta el presente, en el terreno de los derechos humanos, el individuo más capaz de interpretar y servir a los intereses sociales de su época.

    Durante su permanencia en el gobierno fue un ejemplo de transparencia y probidad en un contexto de corrupción generalizada que vive África.

    No solamente por la reconciliación lograda entre negros y blancos, sino también por su capacidad para evitar los enfrentamientos interétnicos (más de 50 etnias diferentes capitaneadas por xhosas y zulúes); recuérdese el genocidio de Ruanda con sus 800.000 muertos (1994) por enfrentamientos tribales azuzados desde décadas.

    Pero al abandonar Mandela el poder —cuando tenía todo para perpetuarse en él— surge la evidencia de que el triunfo de la razón sobre la sinrazón nunca es definitivo y debe continuarse en esa brega sin fin.

    Sudáfrica se ha convertido en una de las sociedades más desiguales del mundo. Un estudio de la Universidad de Cape Town demuestra que en los 15 años posteriores a la elección de Mandela como presidente, el ingreso promedio de los sudafricanos blancos creció en más del 60%; y otro informe —de la agencia Bloomberg— sostiene que la pobreza sigue siendo un fenómeno casi exclusivamente de los negros, que conforman el 79,5% del total de la población. El 85% de las tierras está en manos de la minoría blanca. Casi 22 millones de sudafricanos subsisten con menos de dos dólares diarios según cifras del Banco Mundial. El país tiene la segunda tasa más alta de pacientes con VIH/SIDA en el mundo y la esperanza de vida es de 53 años.

    Hugo Machín

    CI 1.312.624-1