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    Ni cien ni cero

    Columnista de Búsqueda

    N° 2057 - 30 de Enero al 05 de Febrero de 2020

    Recordando las promesas que uno se hace al comienzo de cada año (perder peso, hacer ejercicio, iniciar un nuevo proyecto o mantener la calma y no hacer nada), me vino a la cabeza una de las promesas más firmes que me hice el año pasado: no escribir sobre política partidaria en año de elecciones. Como ocurrió con la promesa de comer “más liviano”, la cosa terminó en poco y nada y a lo largo de 2019 me mandé un puñado de columnas sobre distintas peloteras de los partidos en lidia. Mal yo.

    Pensaba entonces también que, una vez pasado el momento electoral y aunque viniera la elección municipal más o menos cerca, el tono furioso y radicalizado de ese año de elecciones nacionales iba a desaparecer o por lo menos bajar de presión. Que los ciudadanos, una vez recuperada su vida real y sin la presión partidaria para pensar en términos de ceros y unos, iban a poder mixturar de manera más amable lo partidario con el resto de los asuntos de la vida real. Que no todo iba a seguir reducido a ese ping pong que solo beneficia a quienes comen del plato llamado partidos. Mal yo, otra vez.

    Mucho me temo que, como pasó con otros deseos de buena voluntad, la cosa no ha sido así, y que seguimos, tanto partidos (les va la vida y el voto en ello) como ciudadanos (sobre todos aquellos con poca vida por fuera de lo partidario), envueltos en ese tironeo incesante en donde todo se reduce a la lógica binaria del todo o nada, el cielo o el infierno. Seguimos en el mundo de la dicotomía que considera a un gobierno el salvador de las almas o el diablo que todo lo achicharra a su paso. Un mundo ideológico con una visión tan lejana de la realidad que parece diseñada por ¡sorpresa! aquellos que se ven beneficiados por esa polaridad extrema: los partidos políticos.

    Al mismo tiempo, vivimos en una sociedad que nos proporciona ámbitos en donde los ciudadanos podemos ejercer de tales sin pasar por lo partidario. Esos espacios libres, por fuera de lo partidario, son una de las mejores cosas que tienen nuestras democracias liberales. Aquí no estoy hablando de los espacios que ocupan las organizaciones de la sociedad civil, ya que algunas de estas, como los sindicatos, llevan décadas pegoteadas a lo político-partidario, hasta el punto de que muchos de sus líderes usan con toda naturalidad la puerta giratoria que los lleva del sindicato al partido y viceversa. Hablo de los espacios de libertad (relativa) que cada uno tiene para intentar (dentro de las posibilidades y limitaciones que plantea la realidad) construir un proyecto de vida que le resulte deseable.

    El problema es que ese proyecto, como cualquier cosa en esta vida, está sometido a los riesgos que plantea nuestra propia libertad. Puede salir bien o mal. Los hechos pueden darnos la razón o quitárnosla. Quizá por eso, por esa ambigüedad que tienen las cosas en lo real, es que muchos prefieren consumir el recetario de los partidos y alinearse, como soldados que no saben que lo son (pero lo son), detrás de las consignas y simplificaciones que esputan los partidos cada dos por tres.

    Es comprensible que un político salga a denostar cualquier cosa que diga otro político que esté parado ideológicamente en la vereda de enfrente. No digo que esté bien, digo que, de acuerdo con la lógica competitiva con que se manejan los partidos en una democracia, es natural que eso pase. Es mejor si en vez de denostar o descalificar se explica o se matiza, es verdad. Pero no es delirante que se descalifique. En cambio, para el ciudadano, ese “hombre de la calle” del que hablaba Jaime Roos, seguir esa lógica es un disparate. Un disparate cómodo, es verdad. Uno que nos ahorra el tiempo de lectura que requiere tal o cual proyecto. Uno que nos ofrece una descalificación simple y sin matices. Uno que nos confirma en la superioridad moral de nuestra ideología, sin tener que pasar por la molestia de contrastarla con la realidad. Lo que pasa es que para el ciudadano seguir el griterío de los partidos sin meditar lo que se grita suele ser un atajo que al final le termina saliendo caro. Porque lo deja inerme en medio de ese griterío, en medio de las simplificaciones ajenas y sin herramientas para construir su propia visión de las cosas.

    Ahora, ¿cómo serían esas cosas si no las redujéramos a ceros y unos? ¿Si asumiéramos que en la realidad nada está en el 100 o en el 0, sino en algún punto intermedio? ¿Qué pasaría si por un rato no le diéramos pelota a la política partidaria más primitiva y tratáramos de pensar por cuenta propia en algún punto de esa zona gris? O, mejor aún, ¿qué pasaría si, en vez de entender las distintas familias políticas como antagónicas y enfrentadas de manera absoluta, las viéramos como complementarias en algunos aspectos?

    Precisamente sobre esto escribía en Uypress una muy interesante columna el profesor de filosofía Pablo Romero García, en la que retomaba a Vaz Ferreira y lo que este planteaba sobre la posibilidad de encontrar acuerdos y puntos de encuentro más allá de las trincheras partidarias. Dice Vaz Ferreira: “Comprender bien que todos los que piensan sensata y acertadamente sobre los problemas sociales deben estar de acuerdo parcialmente; y comprender sobre qué deben estar de acuerdo y sobre qué, solamente, han de recaer sus posibles divergencias”. En su artículo, llamado “El socialismo como punto de partida para el liberalismo”, Romero señala que “frente a un nuevo período de conducción política en el país y ante la probabilidad de que finalmente terminen primando las prácticas y políticas polarizantes, y sigamos amarrados a las guerras de poder entre familias ideológicas, bien vale volver a colocar el planteo de Vaz Ferreira en el escenario del debate público”. Y este planteo era el de construir el liberalismo (libertad individual) a partir del socialismo (búsqueda de la igualdad).

    Me imagino que, para alguien curtido en la rigidez de las consignas partidarias durante décadas, debe ser un shock pensar que de verdad no existe la gran contradicción entre ambas tradiciones de ideas. Un shock porque el alimento de los partidos, el motor que los mantiene en funcionamiento, es desparramar en la sociedad la idea de que las escuelas son irreconciliables. Y sin embargo, si uno saca la cabeza del balde ideológico un ratito, puede ver que ambas tradiciones se complementan efectivamente, en distintas proporciones y de distintas formas, en nuestras democracias desde hace décadas. Y que, aunque existen diferencias filosóficas importantes, y que en algunos aspectos quizá puedan ser irreconciliables, eso está lejos de ser una verdad absoluta que separe irremediablemente al país en partes.

    Es justo en esa zona gris donde las distintas tradiciones de ideas son complementarias, donde se construye el bienestar de las sociedades. Unas sociedades que son diversas de verdad, no como proclama la postal de la corrección política. Y que son complejas, mucho más de lo que los partidos admiten y les conviene admitir. Sin poder pensarnos y manejarnos como ciudadanos en esa zona gris que se llama realidad, estamos condenados a navegar de manera incierta bajo el cielo nublado del dogmatismo que propone el statu quo. Todo él.

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