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“Don’t touch” (no tocar) es el peor método para la conservación, dijo Alejandro Yáñez Arancibia, investigador titular y profesor de la Unidad de Ecosistemas Costeros del Instituto de Ecología (Inecol) de México, dependiente del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
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El “uso racional es el mejor método de conservación” y un ejemplo son las pesquerías, en cuyo caso un sobreuso lleva a un desequilibrio, pero el “no uso” tampoco es el camino correcto. “Si cierras una casa durante años, cuando vuelvas seguramente no funcione ni la llave del baño, con un auto igual”. El “no uso” es una estrategia “equivocada”, explicó.
El doctor en Ciencias Marinas viajó a Uruguay para dictar la conferencia inaugural del XV Congreso Latinoamericano de Ciencias del Mar, que se realizó en Punta del Este en octubre.
A continuación un resumen de la entrevista que mantuvo con Búsqueda.
—Hay ecólogos que hablan de la necesidad de estabilidad en la Tierra. Usted cree que hay que derribar este mito. ¿Cómo lo justifica?
—Cuando un ecólogo observa un ecosistema puede cometer errores. Primero, creer que lo que está viendo es la verdad. Segundo, creer que tal como lo está viendo ha estado siempre, desconoce que detrás hubo una evolución enorme. Otro error es creer que va a seguir siendo así como lo ves por el resto de la vida. El planeta está en permanente cambio desde hace 4.500 millones de años y se ha ido regenerando a sí mismo. Hubo extinciones de especies, aparición de nuevas, cataclismos, inundaciones, terremotos, enfriamientos, congelamientos. Todo eso ha ocurrido miles de veces. La gente dice: “es que ha habido cambio climático siempre”, y es verdad, pero ahora hemos acelerado ese proceso por cargar la atmósfera de gases de efecto Invernadero. Son cambios que iban a venir tal vez en cientos de años más, ahora lo estamos acelerando a un tiempo real.
—Y no nos conviene el cambio...
—Desde el punto de vista antopocéntrico, del hombre, no nos conviene. Al planeta a lo mejor sí le conviene. No le va a pasar gran cosa, lo que está en peligro es la civilización, nosotros estamos en peligro. Las ciudades sobre la línea de la costa están destinadas a una crisis severa de erosión permanente e inundaciones. El ascenso del mar es una realidad que llegó para quedarse.
—¿La extinción debe verse como algo natural?
—Sí, a mí no me alarma la extinción. Aquí pegamos el grito en el cielo porque va a desaparecer tal especie, pero claro que se van a ir, se fueron los dinosaurios, se van a extinguir las jirafas, las ballenas, así dejen de pescarlas los japoneses, se van a ir igual. El gigantismo es una tendencia a desaparecer en la naturaleza. Este es el mundo de los insectos, el 75% de la diversidad de este planeta son insectos. Se están generando nuevas especies a gran intensidad y están desapareciendo especies también. El planeta se está reacomodando y está haciendo su tarea.
—¿Qué opina entonces sobre el conservacionismo?
—Un error garrafal. Ahí está, es creer que lo que se está viendo debe seguir siendo así tal cual. Nosotros tenemos que aceptar la dinámica evolutiva rápida de las cosas.
—Seguramente las organizaciones ecologistas tomen su opinión como una agresión.
—Claro, no lo están entendiendo. Lo tienen que ver desde una concepción global, yo tampoco quiero que se extingan las ballenas, pero el gigantismo tiene ese destino, más aún con un planeta sobrepoblado de hombres, con más de 7.000 millones y en franco ascenso. La biogenética de este planeta es muy flexible y se va a readaptar. Está habiendo sustitución de pesquerías y es el mejor ejemplo. En la costa de Louisiana en Estados Unidos (EEUU), había pesquería del camarón que se fue por abatimiento del oxígeno y aumento de la temperatura. Llegó una especie oportunista, otro tipo de crustáceo parecido a un camarón pero más plano, que ahora están comiendo.
—Pero estos cambios provocan crisis también.
—Y gran preocupación. Hay un pececito llamado pez león de unas islas del Caribe, que ya llegó al continente, a toda Centroamérica, invadió el Golfo de México y Estados Unidos. La gente empieza a cuestionar: ¿qué van a hacer con el pez león? Nada vamos a hacer. Una ONG llegó a mi instituto y me planteó ir a una laguna a sacarlos. Hay que ver las cosas de otra forma, preguntarse qué está pasando, por qué está invadiendo, ¿es por disponibilidad de comida?, ¿por competencia?, ¿por predación?
Los manglares —bosques pantanosos— estaban distribuidos hasta hace 15 años en toda la costa mexicana del Golfo y muy poco en EEUU. Nuestros estudiantes siguen aprendiendo que se distribuyen igual que hace 15 años, pero ahora ya toda la costa de EEUU tiene manglares. Los norteamericanos están felices porque estabilizan la línea de costa, evitan la erosión y predisponen a fortalecer los humedales costeros frente al embate del ascenso relativo medio del mar. Es maravilloso y es una especie invasora. ¿Hay que eliminarla a balazos? No, es una oportunista que está resultando benéfica. El planeta se está reacomodando, hay una globalización de la biodiversidad con una gran velocidad.
—¿Un proceso natural pero acelerado entonces?
—Natural pero acelerado por un proceso artificial que es el efecto del desarrollo social y económico del hombre. Los jóvenes me preguntan, ¿doctor, y qué vamos a hacer? Y les digo: ustedes tienen la respuesta, tengo el cabello blanco, yo ya me estoy yendo…
—¿Existe conciencia sobre el impacto del cambio acelerado en América Latina? ¿Qué hace falta?
—A medias. Una de las cosas que más me preocupa son los estudios de posgrado, son los investigadores del futuro. Tienen que internalizar muy rápido estos cambios globales. No podemos seguir enseñando en posgrado conceptos de las décadas de 1970, 1980 o 1990. La ciencia está avanzando muy rápido pero tiene que ser internalizada en la enseñanza de posgrado, que está reaccionando muy lentamente. La idea es que la educación del manejo de los ecosistemas y los recursos explotables se haga más moderna.