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Mel Gibson filma una película ambientada en la II Guerra Mundial. A primera vista, más que un anuncio parece una amenaza. Es que, como director, Gibson se hizo célebre por el feroz tratamiento de la violencia. Después de los desmembramientos en tierras mayas, de haber desollado vivo a quien dice ser hijo de Dios y tras haber convertido una aldea de Escocia en un festín de cuervos, imaginar lo que Gibson hace con alguna batalla de la II Guerra puede generar cierta intranquilidad. Pero la incursión del australiano en la increíble historia del médico Desmond Doss, el primer objetor de conciencia en ganar una Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos, resulta emotiva y fascinante. Y también violenta, sí. Y, aunque se ve afectada por algunos gestos un poco burdos, está narrada con una contundente eficacia. Desmond Doss fue a la guerra y, debido a sus convicciones religiosas como Adventista del Séptimo Día, se negó a llevar un arma durante el tiempo que sirvió en el destacamento médico de la 77ª División de Infantería del Ejército de Estados Unidos. Al inicio de la película se advierte lo que se verá: “Una historia verdadera”. Y, la verdad, parece mentira.
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Gibson ya se había acercado a un personaje real, el escocés William Wallace, que él mismo interpretó, en Corazón valiente (1995), su segunda película como director (su debut fue con El hombre sin rostro, que también protagonizó), por la que se llevó dos premios Oscar. En aquel largometraje, narrado con ferocidad y un provocativo realismo, mostraba el nacimiento, la construcción y la muerte de un héroe trágico, Wallace, y se despachaba con dramáticas y espectaculares escenas de combate, además de ofrecer una sangrienta colección de muertes violentas, decapitaciones, amputaciones y mazazos en la cabeza. Fue el primer aviso.
Le dio nuevo sentido a la falta de sutileza con el exhibicionismo gore —aunque no siempre tosco— de la brutalidad y la tortura a las que fue sometido el predicador judío Jesús de Nazaret en La pasión de Cristo (2004), película que, como muestra de fidelidad histórica, está hablada en hebreo, latín y arameo. Por su alto grado de violencia explícita, la cinta recibió la calificación “R” (no apta para menores de 18). Y por el retrato que el director ofrecía sobre el pueblo judío, Gibson pasó a ser receptáculo de una cantidad de improperios de tonalidad diversa (especialmente desde colectivos judíos). Hasta la llegada de Deadpool el año pasado, La pasión de Cristo fue la producción “R” más taquillera de todos los tiempos. (Aviso: recientemente, el polémico realizador anunció que está trabajando en una secuela de esta película, provisoriamente titulada The Resurrection, con guion de Randall Wallace, el mismo guionista de Corazón valiente.)
Pasaron diez años desde Apocalypto (2006), también intensa y violenta. La exhibición de atrocidades de esta épica ambientada en la selva maya antes de la Conquista es tan extrema que por momentos se vuelve grotesca e involuntariamente cómica. Como lo hizo en La pasión..., la búsqueda de realismo impuso que sea hablada en dialectos mayas. Tras esto, y luego de haber lanzado declaraciones poco felices sobre la comunidad judía en estado de ebriedad, en algún cajón guardó el proyecto de una película sobre vikingos que iba a protagonizar Leonardo DiCaprio. Como en las anteriores experiencias, el realismo iba a ser brutal. Y los actores iban a expresarse… en nórdico antiguo.
Ahora, en Hasta el último hombre, Gibson cuenta la historia de un santo. Porque el entrenamiento de Doss en el ejército, la guerra, el campo de batalla, esa larga temporada en el infierno son el entramado de la excusa para reflexionar acerca de la fe como motor vital. Para el realizador, la creencia en un ente o una fuerza superior, la seguridad de que existe algo infinitamente más grande que uno, es lo que lleva a algunas pocas personas a realizar actos sobrehumanos. Que fue lo que hizo Doss. Las ideas de sacrificio por una causa superior a los propios intereses, la capacidad de perdonar, los conceptos de muerte y resurrección, laten detrás de la crudeza con la que es contada esta historia. Hay un breve pasaje por la infancia de Doss (Darcy Bryce), que vive con su hermano, su madre (Rachel Griffiths) y la agresivamente cambiante personalidad de su padre (Hugo Weaving), un hombre alcohólico y golpeador, perseguido por la culpa y el dolor de haber sobrevivido a la I Guerra Mundial. Luego se lo verá ya mayor, con el rostro y el físico de Andrew Garfield, sonriendo embobado y enamorado de Dorothy (Teresa Palmer), y alistándose como médico en el Ejército, luego del ataque a Pearl Harbor. Y Doss, que a veces parece demasiado pasado de rosca en su inocencia, tiene grabado a fuego el sexto mandamiento, “No matarás”, algo que no solo resulta prácticamente incomprensible para el resto de los uniformados, sino que además es percibido como algo problemático. Con eficiente economía narrativa, Gibson muestra los duros días de entrenamiento, donde hacen su aparición personajes secundarios que, más adelante, irán ganando mayor dimensión. Por ahí está el sargento interpretado por Vince Vaughn y el oficial que encarna Sam Worthington, y también están esos soldados que, tarde o temprano, van a temblar de miedo.
Y llega el momento en el que Gibson conduce hacia el terreno donde lo pasa mejor: las escenas de combate. Que son, por si hacía falta decirlo, impresionantes. Las alas cortan el aire, el fuego se traga a los soldados, y el cuerpo acribillado de un hombre es usado como escudo. Gibson mueve la cámara con agilidad a través de la metralla y las granadas, introduce al espectador en la acción, logra cuadros conmovedores, además de impactantes e incluso horripilantes. Desde las duras escenas de Rescatando al soldado Ryan que no se vía algo así en el cine mainstream (a pesar de que hoy, en cierto modo, Gibson es un cineasta marginal). Es abrumador. Y en medio del estruendo, del dolor y del miedo, del caos y el odio, la figura de Doss, que rescató, él solo, a 75 soldados heridos en batalla. La fe fue su arma, la herramienta que le proporcionó la fuerza y el coraje para llevar adelante esa tarea casi suicida. Y sin disparar una sola bala.
Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge). Estados Unidos, 2016. Dirección: Mel Gibson. Guion: Robert Schenkkan y Andrew Knight sobre las memorias de Desmond Doss. Con: Andrew Garfield, Sam Worthington, Hugo Weaving, Vince Vaughn, Teresa Palmer, Luke Bracey, Rachel Griffiths, Richard Roxburgh. Duración: 131 minutos.