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    Nuevo Cuaderno Negro

    Columnista de Búsqueda

    N° 2036 - 05 al 11 de Setiembre de 2019

    A medida que se van publicando voy comentando en esta sección los famosos Cuadernos Negros de Martin Heidegger, que son una suerte de intermitentes diarios o apuntes de tipo personal y filosófico que el filósofo fue anotando en libretas a lo largo de cerca de tres décadas. El año pasado di cuenta de los dos primeros tomos de esa obra que lentamente está saliendo a la luz conteniendo textos de 1931 a 1939 que se presentaron en dos tomos ordenados cronológicamente (Reflexiones II-VI, 1931-1938; Reflexiones VII-XI 1938-1939, en editorial Trotta, Madrid). Ahora estoy tratando ya con las Reflexiones XII-XV, 1939-1941, publicadas hacia finales de marzo de este año y que rápidamente suscitaron en algunos círculos europeos no pocas polémicas.

    La publicación en Alemania de esta parte de las obras completas, que el autor exigió que solamente se conocieran a décadas de su muerte, produjo debates en torno a muchas de los opiniones que se vierten respecto de la realidad que Heidegger observó y cuestionó entonces, cuando su país estaba viviendo el terrible entusiasmo de una guerra en la que solo venía cosechando victorias. Las nubes de la inversión de la suerte ni siquiera se insinuaban bajo el límpido cielo de un proyecto que aspiraba a imponer su arbitrario señorío en los centros estratégicos de la plataforma continental europea; el Tercer Reich rebozaba entonces de consignas imperiales, de marchas triunfales por las antiguas capitales de varias naciones que apenas pudieron resistir el eficaz impacto bravío de los aviones, de los tanques, de las temibles y disciplinadas tropas. La civilización estaba asistiendo a un fenómeno que no conocía desde las algaradas napoleónicas, con una diferencia que en verdad era un agravante: mientras que las cruzadas de Napoleón estaban dictadas por el villano interés material y la vanidad del emperador, el avance del Reich sobre el mundo quería ser una extraña revolución, el cambio de todas las coordenadas que hasta el momento habían ligado bajo determinados signos y valores a las sociedades occidentales.

    En ese contexto tenemos al filósofo Heidegger lidiando con el ostracismo oficial al que fuera condenado por parte del régimen debido a las fuertes críticas que formuló a inicios de 1934 respecto del rumbo que estaba tomando al educación en Alemania bajo el gobierno al que meses antes le había prestado su confianza. Los años iniciales de la segunda guerra encuentran a Heidegger terminando un curso sobre el concepto de la voluntad de poder de Nietzsche en ámbitos no oficiales y preparando distintas conferencias y seminarios. Por esa época su pensamiento había discernido la necesidad de una revisión crítica de la cultura y de la envejecida tradición filosófica caracterizada por lo que denominó “el olvido del ser”. Sostenía en cuanto auditorio se le ponía enfrente que había que darle crecimiento a la revolución de “la diferencia del ser”, esto es, construir a partir de la distinción del Dasein respecto de todos los otros entes, para quienes las propiedades de las que son sujetos configuran enteramente su ser; el Dasein, en cambio, no tiene a priori un ser, sino que es la posibilidad del ser, algo que eyecta hacia adelante, que se despliega en el tiempo; el Dasein es la fuente del ser, pero no el ser, sino el que tienta su posibilidad.

    Los apuntes que fija en sus Cuadernos Negros tienen como base esta premisa, pero se ocupan, en gran parte, sobre los asuntos de la realidad más ruidosa, más externa. Heidegger ve en la colisión no la línea de un horizonte de luz que anuncia el amanecer de un nuevo mundo, sino una expresión más de lo que llama “maquinación”, es decir, del irresistible empuje de los problemas que son propios de la exasperación de la modernidad (la mentalidad calculista, el peso del mayor número y la importancia de la masa, el olvido de lo esencial), y que se caracterizan por el desprecio a lo hondo, a lo radical, a lo singular. No le gusta a Heiddeger el disonante chirrido de lo craso, de lo indiferenciado, de lo que no tiene suelo y destino; demonios estos que imparcialmente ven en la realidad desde la perspectiva interna que le tocó en suerte. La vulgaridad oficial de su país, el americanismo, lo que denomina el judaísmo universal, la banalidad de las consignas con que en su país se mueve a las masas y el bolchevismo son todas expresiones de un gesto que considera contrario a la salvación del ser.

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