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Un trabajo reciente del Centro de Estudios, Formación y Análisis Social (Cefas) (“La Influencia de China en Iberoamérica”) subraya el volumen de la presencia económica China en la región, su crecimiento y las consecuencias que ello tiene para los países de América del Sur, entre otros el nuestro.
Algunos datos para mostrar la dimensión del asunto:
El 14% de las exportaciones de Iberoamérica (que incluyen un tercio de su petróleo y minería) van a China.
El comercio exterior entre China e Iberoamérica, desde el 2000, ha crecido seis veces más que el vinculado a los EE.UU. y la UE. Si se excluye a México, el intercambio comercial China-Iberoamérica supera al de los EE.UU. con la región.
En los últimos años, el gobierno chino ha implementado una política de adquisición y control de cadenas de suministro iberoamericanas.
Se estima que empresas chinas controlan cerca del 70% de las reservas de cobre del continente iberoamericano.
China es el mayor acreedor soberano de la región: 126.000 millones de dólares prestados desde el 2005. Para países como la Argentina, China es la principal alternativa de acceso a los mercados de deuda. Cabe acotar que no suele incorporar a sus créditos exigencias medioambientales.
El volumen de su inversión directa ha aumentado exponencialmente, con fuerte presencia en áreas como la energía, los puertos e infraestructuras básicas.
Entre el 2000 y el 2021 la inversión total China alcanzó los 51.000 millones de dólares y la adquisición de empresas, los 121.000 millones. Los principales beneficiarios de esas inversiones incluyen a Brasil (35% del total) y a Argentina (9%).
Lo anterior está siendo acompañado de una política articulada y constante de fomento a los intercambios culturales, científicos y tecnológicos.
Todo esto ocurre contra un trasfondo de notorio desinterés hacia la región por parte de los EE.UU. (exceptuando su relación con México) y de la UE.
El trabajo de Cefas concluye que “los lazos entre la R. P. China con países como Venezuela, Brasil, México o Argentina han servido para remplazar la influencia de EE.UU., así como para desplazarlos de dicha órbita política, económica y social (…). La influencia China es vista con más benevolencia que la estadounidense, ya que esta última es percibida como una potencia que interviene en la política interna de los países.”
Hay más datos, pero con estos es suficiente para gatillar algunas reflexiones.
La más genérica, y a la vez trascendente, es preguntarse: ¿qué consecuencias puede tener esto para nosotros?
Hay claramente un riesgo: la dependencia económica. El volumen de exportaciones uruguayas a China es enorme y en algunos rubros, como la carne, descomunal. No es bueno depender tanto de un solo comprador y menos cuando este es un país con sus decisiones económicas libradas al poder de su gobierno. Estrechamente vinculado a lo anterior, surge el temor de que la dependencia económica traiga dependencia política y, otra vez, ciertas características de China suman color al tema: su tamaño, su historia, su ideología oficial… ¿También su política? Pues no, al menos no en relación con esta parte del mundo. Si bien es significativa la política del gobierno chino en cuanto a querer invertir fuerte en áreas estratégicas, no se ha visto un despliegue de intenciones imperialistas o neocolonialistas.
Igual, el panorama sugiere estar atentos. Mucho más no podemos hacer. Reducir nuestras ventas a China es impensable.
Cabe señalar que esa dependencia de nuestro país con respecto a China se ve agravada al existir el mismo fenómeno en países que para nosotros son gravitantes: las políticas exteriores de Argentina y Brasil están condicionadas por el peso que China tiene en sus economías (sobre todo en el caso de la Argentina). Esto tiene consecuencias para el Uruguay.
Continuando con el análisis, ¿es posible que la evidencia de los avances de China en Sudamérica sacuda el desinterés que hasta ahora vienen demostrando los EE.UU. y la UE?
Es notorio que las políticas exteriores de estos hacia China han cambiado de tono, generándose una fuerte pulseada entre las partes, y también que empiezan a aparecer señales de un cierto despertar, tanto en el gobierno Biden como en Bruselas, respecto a la conveniencia de acercarse más al sur. Todavía no está claro hasta dónde llegará. Como tampoco está claro cuál será el desenlace de las políticas occidentales de presión sobre China. ¿Quién ganará la pulseada?
En paralelo con estas movidas (chinas y occidentales), el mundo está asistiendo a una reversión —al menos parcial— de la globalización, que, unido a la irrelevancia de la OMC, significan malas noticias para países como Uruguay. No tenemos la fuerza necesaria como para pelear solos en ese descampado.
¿Dónde nos deja todo esto? Tenemos muy pocas cartas para jugar en materia de política exterior. No es que estemos solos. Estamos mal rodeados. Lo que nos deja escasas opciones.
Reconocer la gravedad de esa realidad debe llevarnos a mirar con mucha atención y premura la de nuestra situación interna: los constreñimientos externos nos fuerzan a encarar adaptaciones necesarias, so pena de sufrir los efectos económicos de ser un país chico, periférico, relativamente aislado y muy caro.
Dicho en otros términos, no está la cosa como para pretender trabajar menos, seguir bancando pérdidas en empresas públicas y déficits estatales, sistemas previsionales fundidos y otras maravillas jurásicas que oímos a diario.
El drama que están viviendo miles de compatriotas en las fronteras, apretados por estar fuera de concurso en relación con sus vecinos, es llamador suficiente para poner las barbas en remojo y darle la espalda a la demagogia negacionista de ciertos dirigentes de la izquierda vernácula.
Ignacio De Posadas