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    Oposición y gobierno

    N° 1914 - 20 al 26 de Abril de 2017

    Cuando la ciudadanía vota, no solo elige gobierno sino también oposición. Reparte responsabilidades, dándoles a unos la de conducir el Estado y a otros la de controlar a los conductores. Ambos, sin embargo, tienen un deber común y anterior a cualquier otro: el de velar por los intereses del conjunto de la sociedad (léase, en el idioma que a usted más le guste: pueblo, nación o país); y no, como algunos suponen, por el de sus respectivas sectas. Ahí está, en cierto modo, la clave de por qué algunos pueblos avanzan y otros no: en una dirigencia política cuyo orden de prioridades en algunos casos privilegia las cuestiones de Estado y en otros las contingencias partidarias o los reclamos corporativos.

    Por desgracia, embarullados por el ruido que nos rodea, perdimos de vista hace tiempo que la democracia es un juego de mayorías y minorías, de pesos y contrapesos, de sutiles y a veces complejos equilibrios, en el que el respeto por el resultado de las urnas (eso que los politólogos llaman “legitimidad de origen”) es tan importante como la forma en la que gobernantes y opositores llevan a cabo sus respectivas funciones (“legitimidad de ejercicio”). Nos cuesta entender que, al igual que una bicicleta, una república avanza y se afirma si unos y otros pedalean al mismo tiempo y en la misma dirección (respeto a las instituciones, ejemplaridad democrática, seguridad jurídica, políticas a largo plazo, etc.). Así de simple.

    Quizás por no tenerlo del todo claro, cometemos el error de poner la lupa solo sobre los aciertos, errores u omisiones de quienes nos gobiernan y poco o nada sobre aquellos que tienen el deber de ser su sombra. Olvidamos que los fiscales también deben ser fiscalizados y que al igual que los oficialistas no solo deben ser eficaces en su tarea sino también intachables desde el punto de vista ético. En esto no puede ni debe haber doble vara.

    Quien hoy es oposición puede ser gobierno mañana y quien hoy es gobierno puede volver a ser oposición en cualquier momento. Esa es la esencia de la democracia cuando esta es de verdad: la rotación. Y si bien son las urnas las que reparten las cartas cada cinco años, es responsabilidad de cada actor político definir qué hace con las que le tocó en suerte. Por eso, no existe la “oposición”, en singular, concebida como una entidad única y homogénea, sino múltiples y diversas oposiciones (o, mejor dicho, múltiples y diversos opositores), del mismo modo que no hay un gobierno único y homogéneo, sino un conjunto de feudos más o menos independientes, en muchos casos enfrentados entre sí, apenas hermanados por un primus inter pares cada vez más lejano y ausente, que encarna el agotamiento del modelo pseudoprogresista y el miedo al futuro.

    Ahora bien, en la montonera opositora, ciertamente, hay de todo. Están los opositores profesionales, que cumplen su labor en forma seria y rigurosa, y los amateurs, que, vistos en escorzo, son apenas un remedo de aquellos. Están aquellos a los que les gusta la vidriera pública y ponen todas sus energías en ensayar mil y una monerías con el único propósito de mantener contentas a sus clientelas, y aquellos que aspiran con perfil bajo y trabajo de hormiga a mejorar la calidad de vida de sus compatriotas. Están los frívolos, sin densidad intelectual ni compromiso ético, y los principistas, capaces de jugarse hasta la ropa por aquello en lo que creen. Están los que se oponen a todo, sea por deporte, cerrazón ideológica o cálculo electoral, y los que acompañan al oficialismo en todo aquello que es justo, apropiado o necesario para la sociedad. Están los que lo hacen con independencia de criterio y los que lo hacen por encargo. Están los que están dispuestos a ser gobierno y trabajan para ello y los que no tienen otra aspiración que estar donde están, cómodos, en la tribuna, viendo el partido desde lejos. Están los que son opositores siendo gobierno y los que son oficialistas aun siendo oposición. Están los que pasan desa­percibidos, sin pena ni gloria, vegetando en una banca de diputado o en la silla del directorio de alguna empresa pública a la espera de que la ciudadanía, el partido o el jefe de turno le renueven el ticket o puedan pegar el salto a otro lugar más visible o mejor remunerado, y los que se ganan su sueldo responsablemente, embarrándose los zapatos, en contacto con la gente, estudiando los temas que abordan, trabajando de sol a sol, controlando al gobierno, marcando errores, señalando omisiones, proponiendo soluciones y alternativas, en fin, haciendo lo que deben hacer: política, en el sentido más noble y desusado del término.

    Así como no sirve cualquier tipo de gobierno, tampoco sirve cualquier tipo de oposición ni de opositores. Los que le hacen bien a la república son aquellos que hacen lo que dicen y dicen lo que hacen, los que no reniegan de sus responsabilidades y cumplen cabalmente con su función, los que se preparan para ser gobierno y hacer las cosas mejor que aquellos que hoy están en el poder.

    La experiencia indica que aquellos que no saben ser oposición tampoco saben ser gobierno. Por eso, somos nosotros, los ciudadanos, y en especial aquellos que creemos en la alternancia democrática, quienes debemos fiscalizar a nuestros representantes y levantarles el listón tan alto como queramos y creamos que merecemos ser gobernados.