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    Orgullo y perjuicio

    Columnista de Búsqueda

    N° 1860 - 31 de Marzo al 06 de Abril de 2016

    Schopenhauer decía que el orgullo es tener una inmejorable opinión de las supuestas propias virtudes y correlativamente definió la vanidad como el intento necio de pretender que esa opinión acerca de uno sea compartida por la totalidad de la especie humana. En el siglo XVII el tal vicio desveló a algunos pensadores; Pierre Nicole, que fue sacerdote y uno de los famosos Solitarios de Port-Royal, escribió un tratado que llevó por título De la debilidad del hombre, fundado en el intenso ruego del rey David en el quinto salmo (“Ten piedad de mí, Señor, porque soy débil”).

    En sus quince capítulos esta obra despliega una batería de argumentos para demostrar que la elección errónea que cede a los tirones del mundo está en la base de la continuidad de la caída, que es como neurótica repetición de la transgresión de la primera pareja humana. Por eso el tratado comienza con el pecado raíz, que es el orgullo, que nos da una falsa idea de nosotros mismos, que nos hace olvidar quiénes somos en realidad, a qué nos debemos. Escribe Nicole: “El orgullo es una hinchazón del corazón mediante la cual el hombre se ve más grande de lo que es, y cree aumentada su fuerza y su excelencia. Esa idea de creerse grande es parecida a los que se esclavizan en las riquezas, porque creen que las riquezas los vuelven más fuertes y más grandes”.

    Del orgullo dice, además, que deshumaniza, que nos separa de los demás. El que tiene riquezas o el que cree tener méritos como sentirse superior a sus semejantes, deja de ver a los otros, que le parecen más pequeños. Según esta mirada, el orgullo es una operación cuantitativa: consiste en hacer crecer lo propio y por no buscada pero lógica derivación, vaciar o minimizar lo ajeno. Quien padece esta debilidad está pronto a dejarse arrastrar por otras; de ahí que trabajar sobre ella, ser consciente de los deslizamientos a ese proceso de hinchazón incesante que se produce de manera casi insensible a quienes les asalta la idea de que tienen algún bien o mérito que los destaca y que eso se lo deben solamente a sí mismos, sea la misión que debe afrontar el buen cristiano, el que quiere su salvación.

    Por la misma época y en el mismo lugar, también en el ámbito de la abadía de Port-Royal, lugar donde estuvo recluido por su fe y también por su enfermedad, Pascal trató el mismo asunto, pero le dio un giro más existencial, menos centrado en el carácter normativo de la moral como sí orientado a la dimensión de las necesidades superiores del hombre. Para Pascal hay una suerte de inclinación al resentimiento cuando se trata con las propias incapacidades; más cerca de Nietzsche que de San Agustín, devoción que compartía con Nicole, nos propone una mirada sobre la fuente de la discreta agresividad con la que tratamos con nuestros semejantes. “La naturaleza del amor propio y de este yo humano es la de no amar más que a sí mismo. ¿Qué hará? No podrá impedir que este objeto que él ama esté lleno de defectos y de miserias: quiere ser grande y se ve pequeño; quiere ser dichoso y se ve miserable; quiere ser perfecto y se ve lleno de imperfecciones; quiere ser objeto del amor y de la estima de los hombres y ve que sus defectos no merecen más que su aversión y su desprecio. El embarazo en el que se encuentra, produce en él la más injusta y la más criminal pasión que sea posible imaginar; porque concibe un odio mortal contra esa verdad que lo crítica y lo convence de sus defectos. Desearía aniquilarla, y no pudiendo destruirla en sí misma, la destruye tanto como puede en su conocimiento, y en el de los demás; es decir, que pone todo su empeño en cubrir sus defectos a los demás y a sí mismo, que no puede sufrir que se les haga ver ni que se les vea”.

    Es curioso, esto lo escribe Pascal en el proyecto de un tratado que se hubiera llamado Apología de la religión cristiana, que la cruel enfermedad primero y luego la muerte prematura le impidieron convertir en texto definitivo. Sus amigos y admiradores, junto a su familia, tuvieron la precaución de no dejar que el olvido diera cuenta de la iniciativa, y decidieron publicar los apuntes del libro trunco. Desde entonces lo conocemos con el título Pensamientos. No parece una apelación misericordiosa, aunque si nos detenemos en los equilibrios de su argumento, sí que lo es: lo que busca el autor es mostrar que la desconfianza, el alejamiento, la soledad infecunda, el sometimiento de la razón a la pequeñez de la autoestima es fuente de distancia y de perdición. Puro perjuicio sin nada a cambio; salvo, obviamente, la satisfacción loca de habitar en la fábula y creer que los otros participan del juego.

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