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    Otra oportunidad perdida

    Domingo de elecciones en Montevideo. Han transcurrido apenas unas horas desde la dolorosa eliminación de nuestra Selección de la Copa América y estoy en mi computadora escribiendo mi columna del próximo jueves; algo que suelo hacer recién el día anterior a la salida de Búsqueda. Es que opté por salirme de mi habitual rutina para opinar de este inesperado traspié sin la interferencia de ninguna opinión ajena.

    Entiendo que nuestra Selección jugó un muy aceptable partido. Que impuso una marcada superioridad ante un rival sin mayor jerarquía y que el resultado final no refleja ni por asomo los méritos que uno y otro hicieron a lo largo de los 90 minutos del partido (lo de la ulterior definición por penales es otra historia).

    ¿Por qué entonces no logró ganarlo en el tiempo reglamentario? Muy sencillo: porque sobre el final no pudo, o no fue capaz de anotar un cuarto gol, después de los tres que se le habían anulado en el curso del cotejo. Y no creo que el rendimiento de nuestro equipo haya carecido del nivel necesario para alzarse con la victoria. Fue el claro dominador de las acciones a lo largo de todo el partido y muy especialmente en el segundo tiempo. El que en todo momento jugó para ganar y hasta hizo los goles para ello, frente a un rival que solo atinó a defenderse, sin efectuar un solo remate contra el arco de Muslera. Este balance muy sumario indica con absoluta elocuencia la marcada diferencia que hubo en la cancha entre una escuadra y otra, tanto en sus respectivas pretensiones como en lo estrictamente futbolístico. Y en una instancia, como esta de cuartos de final, en que lo único que sirve es ganar, no importa tanto determinar si el equipo de Tabárez hizo una gran demostración futbolística, sino si fue capaz de plasmar su superioridad en el arco rival; porque es esto lo que, en definitiva, marca la diferencia entre el que sigue adelante en el torneo y el que queda por el camino.

    Igualmente, ¿cómo puede decirse que no jugó bien un equipo que no solo fue superior a su rival, sino que logró en tres oportunidades vulnerar su valla, como producto de jugadas bien armadas y culminadas? El hecho de que luego fueran anuladas (salvo la primera) por una mano o una rodilla milimétricamente fuera de juego —advertidas por un línea muy activo y llamativamente puntilloso— en nada afecta la jerarquía de las maniobras previas, ni la misma definición de las jugadas. Indiscutiblemente, el fútbol ofensivo de nuestra Selección fue muy efectivo en tres cuartas partes del partido, más aún si se suman a esos goles anulados un par de situaciones claras desperdiciadas por Cavani y Godín con el arco rival a su disposición.

    La pregunta clave es: ¿por qué entonces Uruguay quedó por el camino, en tanto su rival (el peor Perú de un buen tiempo a esta parte) aún se mantiene en competencia? Es probable que se cuestione la conformación que el Maestro Tabárez le dio al equipo en esta oportunidad, pero tengo para mí que fue la que muchos le veníamos reclamando. Con cinco piezas indiscutidas e inamovibles (las del triángulo final y la dupla Suárez–Cavani) los elegidos en los demás puestos parecían ser los adecuados. Giovanni González y Cáceres en los dos extremos de la defensa, Bentancur y Valverde repartiéndose la mediacancha con su buen trato de pelota, con Nández a su lado para aportar su habitual cuota de marca y De Arrascaeta más adelante, procurando ser el necesario enlace con los hombre de arriba.

    En el primer tiempo ese esquema táctico funcionó solo parcialmente, porque aunque el fútbol en la zona media fue siempre prolijo y existió una buena recuperación de la pelota, faltó nuevamente un abastecimiento parejo y adecuado a nuestros dos hombres de punta. Lo que no fue óbice para que por el lado derecho de la ofensiva se gestara la jugada del gol de De Arrascaeta, cuya anulación fue la única que no ofreció dudas. Cuando Torreira ingresó por Nández, al comienzo del segundo tiempo, la presión se hizo más arriba, y a Perú le costó cada vez más salir de su encierro. De Arrascaeta, volcado más al centro, se mostró mucho más activo e incisivo, y el dominio celeste se fue acentuando más y más. Pero, como antes se dijo, no en una sino en dos oportunidades se logró anotar el gol que nos aseguraba la victoria y el pasaje a la siguiente ronda del torneo, y en ambas ocasiones el festejo arracimado de los jugadores en el campo y el grito de gol que brotó de nuestras gargantas quedaron abortados intempestivamente tras la implacable revisión del VAR. Restaba aún un tiempo suficiente para lograr un gol más, pero la búsqueda, aunque persistente, ya no fue tan clara. Además, algunos jugadores mostraron agotamiento y Tabárez se guardó —y esta no fue la primera vez— algún cambio más, para renovar el ímpetu ofensivo.

    Entretanto su rival, consciente de su inferioridad, se abroqueló en su última zona y logró el objetivo que había buscado desde el comienzo mismo del partido. O sea, que todo se definiera en la tanda de penales. Y ante esa contingencia, quiero suponer que a mí me sucedió lo mismo que a la gran mayoría de los aficionados: la íntima sensación de que, por esa vía aleatoria, se nos escaparía irremisiblemente de las manos la chance de seguir adelante en busca de la Copa 16. ¡Y nada de culpar a Luis Suárez!, porque solo su temple indomable lo hizo recuperarse a tiempo y estar presente en Brasil.

    Al igual que en el Mundial de Rusia, esta Copa América nos dejó otra vez con las manos vacías, cuando la ilusión parecía bien fundada y el panorama futuro se presentaba alentador. ¿Cabe cuestionar ahora todo el “proceso Tabárez”, por quedar otra vez afuera de un torneo que parecía estar a nuestro alcance? Pregunto: ¿acaso lo estaríamos haciendo si tan solo uno de esos tres goles convertidos hubiera sido validado?

    Ciertamente, la escasez de títulos obtenidos –uno solo en 13 años— parece ser un saldo demasiado magro para un trabajo tan extenso y bien remunerado. Pero lo que sorprende grandemente es que, aun contando con la i­napreciable ventaja comparativa de tener ya una base de equipo bien armada y afianzada desde hace tantos años, Tabárez siga sin encontrar la mejor fórmula para asentar la conformación de la mediacancha, cuando cuenta ahora con varios destacados valores jóvenes para ello. Aunque quizás preocupe, incluso en mayor medida, que el tiempo para poder sacar el mayor rédito posible a una irrepetible camada de jugadores de primerísimo nivel se le sigue escurriendo paulatinamente de las manos, sin los éxitos esperados.

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