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    Outsiders y políticos

    Sr. Director:

    En estos últimos días hemos advertido opiniones críticas sobre los outsider en la actividad política. El término traducido a nuestra lengua española significa “forastero” y se define como “persona que no pertenece a un grupo o lugar”. Como en todos los órdenes de la vida, son aquellos que ponen nerviosos o incomodan a quienes “pertenecen a ese grupo o lugar”, producto de la inseguridad, el miedo y el afán de aferrarse a “ese grupo o lugar” a toda costa.

    Muchas veces hemos escuchado despotricar y renegar a muchos dirigentes políticos sobre el concepto de “clase política”. La definición etimológica de “clase” es “orden o grupo de personas, animales o cosas de las mismas características”.

    Al parecer, quienes reniegan de pertenecer a un grupo de personas que se perpetúa en el ejercicio de la actividad política y lo toman como un trabajo durante gran parte de su vida sin importar si ocupan cargos electivos, cargos de confianza de un gobierno de su Partido o cargos que le corresponden a la oposición. Vemos cómo dirigen empresas públicas de giros absolutamente distintos, quienes no han sido electos diputados o senadores. Vemos que ministros de Estado pasan sin pudor a ser intrascendentes legisladores como beca de un quinquenio o embajadores en Asia. A nadie puede sorprenderle ver durante más de 30 años al mismo individuo ocupar la más variada cantidad de cargos y eso para la clase política es un éxito o mérito, mientras para el ciudadano común es un reflejo del descreimiento de los políticos y un símbolo de un parásito del Estado. Por las dudas, definimos “parásito” como “organismo vegetal o animal que vive a costa de otro organismo de distinta especie, alimentándose de las sustancias que este elabora”.

    En el Uruguay padecemos un caudillismo excesivo, donde la persona trasciende las propuestas y las ideas a llevar adelante en un gobierno, lo que hace que se padezca de un cuasi mesianismo, donde se pone en un ser humano el destino de la patria en forma dogmática e irracional, lo que tanto mal nos ha hecho.

    En EE. UU., luego de dos períodos de ejercer la presidencia, por más que se trate del mejor e inigualable ser humano, la Constitución le exige retirarse de la actividad y dar paso a nuevas generaciones y nuevas personas, con los pro y contras de esa decisión. En Europa vemos que es electo presidente un joven de 38 años, pero si ese mismo candidato no es elegido, renuncia al Partido y deja su lugar a otra persona que pueda ser exitosa electoralmente.

    Es entendible que haya quienes renieguen del concepto de “clase política”, porque esa expresión aleja a la gente común de los políticos, pero deben hacerse cargo de que la realidad muestra que hay un status político, que hay ciudadanos que se perpetúan en la función pública y que no siempre son idóneos administradores, legisladores o controladores, pero por ser de un grupo o especie siempre renuevan su vale, y cada cinco años en algún cargo se los encuentra y eso es ser parte de una clase, en este caso la clase política.

    Cuando Novick servía para competir en la Intendencia de Montevideo y sacarle votos al Frente Amplio, dirigentes de mi Partido Nacional y el Partido Colorado, entendieron que conformar la Concertación era una excelente idea.

    Poco duró el entusiasmo, al ver que el novel candidato outsider hizo pasar vergüenza a los partidos tradicionales, dejando en la Junta Departamental sin ediles a los colorados y triplicando al candidato de Lacalle Pou.

    Cuando Novick propuso llevar la Concertación a lo Nacional, ni Lacalle Pou ni Bordaberry le dieron el visto bueno pues el outsider pretendía competir con ellos, por lo que la clase política no admitió la temeraria y desafiante propuesta del outsider.

    Equivocadamente se han expuesto a las figuras de Macri o Trump como ejemplos de outsiders y el riesgo que representan para los Estados, cuando se debió decir que el peligro en todo caso es para los parásitos políticos que temen perder su tranquilidad y que además se omite la inmensa cantidad de ejemplos de políticos de raza que han hecho desastres y dejado a países en escombros.

    Me ha tocado el honor de ser edil de Montevideo por el Partido Nacional (2000-2005), cargo honorario, y colaboré unos meses con el Intendente de Florida Carlos Enciso como asesor jurídico, tarea que contribuyó para importantes inversiones en ese departamento.

    Milito en política desde los 16 años y he sido un indiscutible guerrero de mi querido Partido sin nunca aprovecharme de viajes al exterior, becas, sueldos, viáticos ni prebendas económicas. Muy por el contrario, conformé mi agrupación, financié banderas, calcos, chorizos, asados, nafta, locales, equipos de audio, donaciones y colaboraciones a compañeros que tenían dificultades etc., etc., etc.

    Sirvo con honor en forma honoraria al Partido de mis antepasados, viendo pasar tantos personajes que nunca vi levantar una bandera de mi colectividad, ocupar cargos y cobrar sueldos disparatados que no reparten entre los compañeros necesitados, viajan al exterior en forma obscena, cobran por diarios, viáticos y un sinfín de beneficios, lo que me avergüenza de la conducción partidaria, quienes son cómplices viven cada día mejor gracias a la política.

    Seguiré con orgullo como abogado y productor agropecuario en los campos de mi tatarabuelo Aparicio Saravia, trabajando y sintiendo orgullo de colaborar con algunos capones, con colaboraciones para las agrupaciones de mi Partido y con lo que se nos solicite, cumpliendo el mandato de mis antepasados de servir al Partido y no de servirme de él.

    Con más mañana que ayer, seguiremos a través del semanario Búsqueda, dando nuestra opinión de los hechos cotidianos de nuestra sociedad…

    Dr. Marcelo Maute Saravia