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    Palabra en fuga

    N° 1906 - 16 al 22 de Febrero de 2017

    Cuando Montaigne decía que la palabra es mitad de quien la dice y mitad de quien la escucha, incorporaba al fenómeno del discurso el concepto que más tarde conoceríamos en la teoría del lenguaje como “ruido”. Lo que define esto es que al escuchar, por el simple hecho de estar en el mundo y encerrados en los límites visibles o misteriosos de nuestra existencia, modificamos fatalmente lo que se ha emitido, lo perturbamos con factores psicológicos, culturales, intelectuales; no hay nunca una escucha límpida, despojada de la realidad del interlocutor.

    En la antigua Atenas prevaleció durante el breve reinado de esa fallida experiencia política que dio en llamarse democracia, un valor del habla, la parresia, que identificó el ruido con la actitud del hablante y al propio tiempo con la presión de las circunstancias. La parresia es en sentido literal el hablar libre, la franqueza de la expresión, no callarse nada; lo opuesto a la obsecuencia, a las inúmeras piruetas de las que echan mano los pusilánimes de todos los tiempos para sobrevivir sin riesgo en situaciones de arbitrariedad y desprecio. El término, en rigor, tiene un origen estrictamente político; designa el privilegio de los ciudadanos atenienses, que eran iguales en derechos, a tomar la palabra en la Asamblea; y más que un derecho, desde una perspectiva claramente moral, es hacer un uso valiente de esa posibilidad, vale decir, obligarse a dar a luz las informaciones de que se dispone acerca de los asuntos de incumbencia común o las propias opiniones por entender que de ese modo se contribuye a controlar el debido uso de los poderes que la sociedad ha confiado a sus magistrados, se avientan desvíos en la administración, se moraliza el ejercicio de una actividad que no puede sino ser decente para que sea respetada como legítima.

    Durante gran parte del curso que Michel Foucault dicta en el Collège de France en 1983, titulado El gobierno de Sí y de los Otros (FCE, que distribuye Gussi) se dedica a describir el concepto y a mostrar cómo posiblemente fue ponderado y utilizado en aquella experimental Atenas donde todavía se creía que era interesante fundar la paz pública, garantizar la seguridad privada y arbitrar condiciones de crecimiento en base a la participación genérica de los ciudadanos en el gobierno. Foucault plantea que “la parresia no se encuentra en lo que podríamos llamar estrategias discursivas. Entonces, ¿en qué consiste, visto que no está en el discurso mismo ni en sus estructuras? Habida cuenta de que no podemos inscribirla en la finalidad del discurso, ¿dónde será posible situarla?”. La respuesta que encuentra es terminante, excluyente: “La parresia debe buscarse en el efecto que su propio decir veraz puede producir en el locutor, el efecto de contragolpe que el decir veraz puede producir en el locutor a partir del efecto que genera en el interlocutor.”

    Tres meses más tarde el curso ahonda la descripción del fenómeno, y ya el autor se permite algunas conclusiones que radicalizan el término y permiten abarcar en su totalidad el contexto mental y político en el que su uso fue celebrado o esperado. Foucault encuentra cuatro rasgos que considera inexcusables a la hora de mentar la parresia: “El lazo de pertenencia circular entre parresia y democracia funda la democracia”, esto es que no tiene sentido su uso sino en la necesidad de que esté previsto en un sistema la ocasión y el derecho de corregir sus deficiencias. El otro aspecto tiene que ver con el campo en el que ocurre la parresia, que supone, dice, “una estructura institucional precisa, la de la isegoría, es decir el derecho a tomar la palabra concretamente otorgado por la ley, por la constitución, por la forma misma de la politeia, a todos los ciudadanos”. También estima, como tercer punto a destacar, que el ejercicio de la parresia implica la acción de un cierto ascendiente político, quien se atreve a hablar de algún modo se eleva por sobre el común, y acaba eventualmente por encontrar adherentes o seguidores. Por último tenemos la nota más distintiva, ya señalada, que es el riesgo y por lo tanto el coraje; decir la verdad conllevaba siempre plantear una lid y cargar con las consecuencias, cualesquiera fuesen: “La parresia tenía lugar dentro de un campo agonístico, un campo agonístico donde se experimentaba sin cesar el peligro que representa la práctica de la palabra verdadera en el campo político”.

    Los muchos años que llevamos de estupidez consentida y ejercida pusieron en fuga esta palabra.