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Jerusalén. EduZamo. (Especial para Búsqueda). El jueves 28 de noviembre, la Asamblea General de la ONU aprobó la incorporación de Palestina como “Estado observador”, sin derecho a voto. La mayoría fue contundente: 138 países votaron a favor, 41 se abstuvieron y 9 se opusieron. Cierto que entre estos últimos estaba EEUU, la primera potencia mundial y principal apoyo de Israel, junto a naciones muy cercanas al Estado hebreo como Canadá, Panamá y la República Checa.
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Las abstenciones, más numerosas de lo esperado, incluyeron a varios países de peso en el concierto mundial, como Alemania, Gran Bretaña, Australia y Holanda. A nivel latinoamericano lo hicieron Colombia, Guatemala, Haití y Paraguay.
Los votos favorables, además de los Estados musulmanes, incluyeron potencias como Rusia, Francia, China, Japón, Italia, España y Brasil. Uruguay se contó también entre quienes acompañaron con su voto el ingreso de Palestina.
La reacción palestina.
Para los habitantes de Cisjordania y Gaza, gobernadas respectivamente por Al Fataj —el movimiento creado por Yasser Arafat— y el fundamentalista Hamás, fue una fiesta. La gente vio el resultado como un triunfo diplomático que afianza sus pretensiones de ser un Estado pleno. Majmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), ubicada en Ramala, declaró ante miles de partidarios que “el mundo dijo sí al Estado palestino, no a las colonias, no a la ocupación”. Ante el edificio de la Mukata, sede de su gobierno, y con una enorme foto de Jerusalén como fondo, el Rais afirmó que “el aislamiento de Israel se profundizó y nosotros debemos estar unidos de aquí en adelante”. Esto último fue un mensaje a Hamás, cuyo golpe de Estado en Gaza produjo desde 2007 decenas de ejecuciones y la huída de miles de personas de dicha franja costera.
Justamente Osama Hamdan, un dirigente de Hamás acusado de varios atentados y exiliado en Beirut, declaró que el nuevo status en la ONU “es un paso político pero no un gran logro. Nosotros continuaremos con la lucha armada hasta liberar el territorio desde el río Jordán hasta el Mediterráneo”.
Las ventajas para Palestina de haberse convertido en Estado observador incluyen poder acceder a varios organismos internacionales dependientes de Naciones Unidas. En materia de apoyo al desarrollo la ANP está interesada en Unicef (fondo para la infancia) y en la FAO (Agricultura y Alimentación). En el plano político la Corte Penal Internacional (CPI), que rechazó denuncias anteriores por no ser Palestina un Estado, ahora podría aceptar estudiarlas. Gran Bretaña había condicionado su voto a la renuncia de los palestinos a presentar reclamos en tal sentido, considerando además que Israel tendría motivos para acusarlos de terrorismo, pero Abbas rechazó la oferta.
Los problemas que implica la jugada diplomática de Ramala no son menores. Al haber rechazado las presiones norteamericanas, europeas e israelíes para no presentar su solicitud, corre el riesgo de perder ayudas económicas fundamentales para su estabilidad. El ministro de Finanzas, Yuval Steinitz, anunció en Jerusalén que “en diciembre no se va a transferir el dinero de los impuestos que cobramos para la ANP (U$S 460 millones); voy a usarlo para cubrir parte de la deuda que tienen con la Compañía Eléctrica de Israel”. Estos fondos conforman anualmente el 56% de los ingresos del gobierno palestino.
Saeb Erekat, el jefe negociador de Abbas, escribió en un artículo, titulado “¿Por que acudimos a Naciones Unidas?”, que “el derecho a la autodeterminación de cualquier pueblo no es negociable. Nuestro proceso es un paso correcto, buscando algo de justicia para nuestro pueblo. Nuestro objetivo es acabar con la ocupación, no con Israel. Nuestra meta es adherir a Palestina al mapa, no borrar a Israel de él. Elegir entre el apartheid o la libertad”.
La visión de Israel y el futuro.
El Estado hebreo, que tiene elecciones generales a fines de enero, recibió la aceptación de Palestina con opiniones diversas. En el clima de democracia plena que lo diferencia de todos sus vecinos, se escucharon todo tipo de evaluaciones sobre el hecho. Los israelíes se indignan —aquí sin excepción— con la comparación de las zonas autónomas palestinas con el desaparecido apartheid sudafricano. El analista Shlomó Gefen afirmó en un debate televisado: “El nivel de vida de los palestinos en las zonas autónomas es superior al de cualquier país árabe; miles de ellos ingresan a Israel porque se les paga mejor que en sus propias ciudades. Compararnos con los racistas sudafricanos es una falsedad que ofende”. Por su parte, recordó el escritor pacifista Ron Or, “el 20% de la ciudadanía israelí no es judía, hay más de un millón de musulmanes y también cristianos, todos viven en total libertad. Quisiera saber si alguien sale a caminar por las calles de Damasco, Teherán o Gaza con un tzion (estrella de David) o una cruz si vuelve vivo”.
A nivel oficial, el primer ministro Benjamín Netanyahu, líder del nacionalista Likud, afirmó que el discurso de Abbas estuvo “plagado de mentiras y distorsiones de la historia. No dijo una sola palabra del terrorismo ni de los misiles disparados contra nuestros ciudadanos; esta no es la forma en que habla un hombre que busca la paz”.
Simultáneamente, el gobierno aprobó la construcción de 3.000 viviendas en la estratégica zona E1, que conecta Jerusalén con Maale Adumim, un área que Israel pretende permanezca bajo su soberanía tras un futuro acuerdo de paz. La medida recibió críticas de la comunidad internacional y los embajadores israelíes fueron convocados en Londres, París y Brasilia. Igal Palmor, portavoz de la Cancillería, dijo que “deberían presionar a Abu Mazen —nombre de guerra de Majmud Abbas— para que acepte reiniciar las negociaciones directas”.
El ex primer ministro Ehud Olmert declaró que Israel “debería haber apoyado el ingreso de Palestina en la ONU. Si ya aceptamos el principio de dos Estados para dos pueblos, ¿en qué nos perjudica que estén allí? Gastamos energía en un esfuerzo diplomático inútil”. Para el diputado por Meretz (sionismo socialista) Meir Margalit, “el reconocimiento de Palestina como miembro observador es lo mejor que podía sucederle al mismo Estado de Israel, ya que sin un acuerdo pacífico del conflicto, tarde o temprano Israel colapsará. Este es el momento propicio y Abu Mazen la figura indicada”.
Por su parte, la Cancillería hebrea ordenó se informe a todas las naciones acerca de la incitación al odio en los medios de comunicación y libros escolares palestinos, que incluye el uso de “las ideas de Hitler, elogios a terroristas suicidas, caricaturas antisemitas y la ausencia de Israel en los mapas oficiales”. Se señaló que el sistema educativo palestino atenta contra el respeto mutuo, la convivencia y el ambiente de paz necesario.
El panorama anterior parece indicar que las partes están más alejadas que nunca. De algún modo es así, pero paradójicamente la situación abre una nueva realidad que puede facilitar un avance en dirección a la paz. Ambos bandos tienen en este momento logros para exhibir ante su opinión pública. Majmud Abbas ha logrado un éxito diplomático internacional que ha llenado de orgullo a su gente, al lograr el reconocimiento como Estado a un territorio autónomo de 5.400 kilómetros cuadrados —un área algo mayor que el departamento uruguayo de Maldonado— que de hecho aún no lo es. Netanyahu ha reaccionado aprobando nuevas viviendas en territorios de importante valor estratégico para Israel. Tras las pruebas de fuerza, ambos tienen la oportunidad de sentarse a negociar en condiciones de dignidad ante sus pueblos. Quizás la paz no esté tan lejos como aparenta.