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No pretende competir —no podría— con Netflix. No tiene series que rompen todo, ni producciones propias de alto presupuesto, ni descarga semanalmente montañas de títulos. Tampoco pretende cubrir un público masivo sino apuntar al cinéfilo impenitente, ese que ama el séptimo arte de todas las épocas sin importarle la geografía ni el idioma, si es mudo o sonoro, en color o en blanco y negro, si el ritmo es moroso o la propuesta experimental. Mubi es la Cinemateca en tu casa.
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Actualmente se estima que uno de cada tres usuarios de Internet paga para ver contenidos audiovisuales en la modalidad streaming. La mayoría apuesta por lo que ofrece Netflix, o Amazon, o HBO, o Sky, que serían algo así como las multinacionales del audiovisual.
Mubi, en cambio, ofrece 30 películas por mes en su catálogo. Una nueva por día que entra y otra que sale, de modo que el consumidor tiene un máximo de 30 días para ver la nueva y un solo día para ver la última. Se van moviendo como en una cinta: quedan 15 días para verla, nueve, cinco, tres, dos días hasta que se anuncia que ese título expira a medianoche. Una vez que ser retiran, las películas no vuelven. Cada obra tiene una cuidada curaduría, con abundante información sobre sus realizadores, críticas, notas y entrevistas. La plataforma también brinda noticias y publicaciones diarias de festivales y una base de datos que, según dicen, abarca más de 150.000 películas.
Pueden ser largos de ficción, documentales o cortometrajes. La mayoría tienen subtítulos en español. La calidad es óptima.
Este mes, por ejemplo, hubo especial énfasis en la realizadora francesa Agnès Varda —una capa total— con tres títulos: la impresionante Jacquot de Nantes (1991), un cruce entre ficción y documental sobre la vida de Jacques Demy (Los paraguas de Cherburgo, Piel de asno), quien fuera compañero de Varda durante 32 años; Los espigadores y la espigadora (2000), a propósito de los cosechadores de legumbres y también de los recolectores que buscan alimentos en lo que queda de las ferias, y Las playas de Agnès (2008), un ejercicio creativo, lúdico y siempre emotivo sobre el cine, los recuerdos y la vida en general. Varda comienza filmando sobre la papa, o sobre baratijas en un bazar, o gitanos en un carromato, o sobre una playa, y sin que te des cuenta se instala en la esencia del ser humano con una delicadeza y una singularidad inusitadas.
Quienes deseen ver algo del nuevo cine ruso, tienen Demasiado cerca (2017, premio Fipresci en Cannes), de Kantemir Balagov, discípulo del gran Aleksandr Sokurov. Ambientada en Nalchik, una ciudad al norte del Cáucaso, desarrolla el conflicto, a raíz de un secuestro, entre la comunidad judía y los kabardinos, que son primos hermanos de los chechenos y, por lo tanto, musulmanes sunitas. Entremedio de la historia se cuelan las imágenes documentales de una ejecución que te deja los pelos de punta. Imponente trabajo de la joven actriz Darya Zhovner, que se parece a una Sigourney Weaver joven o a la actual Kristen Stewart. Quedan dos días para ver la película.
Otra opción es Play (Suecia-Francia, 2011), escrita y dirigida por Ruben Östlund, el mismo de Fuerza mayor y The Square, sobre un grupo de adolescentes, hijos de inmigrantes, que roban a los niños en los centros comerciales. Como en los otros títulos de Östlund, además de una impecable y original forma narrativa, hay cantidad de puntas sobre las tensiones raciales y el latido de una Europa que hace tiempo ha dejado de ser blanca. Diez días para verla.
Viejo calavera (o Dark Skull, 2016) es una fantasmagórica película boliviana de Kiro Russo sobre un minero adicto a la pasta base y el alcohol que choca con el resto de sus compañeros. Filmada en gran medida en el interior de una mina y con actores no profesionales, destila un ambiente claustrofóbico y demencial.
Las cuatro estaciones (Italia, 2010), de Michelangelo Frammartino, es un documental que tiene la proeza de convertirse en una historia de ficción naturalmente, con el paso de las estaciones. Todo ocurre en un pueblito perdido de Italia con un pastor de cabras, una fiesta popular y la confección de carbón. Hablan las imágenes, sin una sola palabra. Fue premiada en Cannes y se lo merece. Seis días para verla.
También hay un clásico de Otto Preminger: El hombre del brazo de oro (1955), con Frank Sinatra haciendo de yonqui. Y tres títulos emblemáticos de David Lynch: Cabeza borradora (1977), Twin Peaks: el fuego camina conmigo (1992) y Carretera perdida (1997). Y un homenaje al actor Jean-Pierre Léaud gracias a El león duerme esta noche (Francia, 2017), de Nobuhiro Suwa. Y un documental sobre el Cinema novo (Brasil, 2016), de Eryk Rocha, el hijo de Glauber. Y una inusitada película de propaganda, The Fall of the Romanov Dynasty (Unión Soviética, 1927), guionada por un tal… Lenin.
Mubi fue fundada por el empresario turco e ingeniero en electrónica Efe Cakarel. Cuesta 10,99 dólares por mes y ofrece una semana de prueba gratis. Una publicidad en el metro neoyorquino decía así: “Si crees que Tarkovsky compuso ‘El lago de los cisnes’, no intentes Mubi”. Hubo gente que se ofendió. Sí, está bien, se venden como la bandita de los que aman el cine de verdad, que es un poco ambientado. El asunto es que Cakarel debió pedir disculpas por Twitter, cuando no era para tanto. Al fin y al cabo, la vida es demasiado corta para películas malas. Este eslogan es menos agresivo y más desesperado, como la vida misma.
Paul Thomas Anderson y Martin Scorsese son socios y fanáticos de Mubi. Por algo será.