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    Paraíso perdido

    El fin del sueño americano, de Ewan McGregor
    Colaborador en la sección de Cultura

    Para su debut como director, Ewan McGregor escogió nada menos que una obra de Philip Roth. Y no cualquiera. El fin del sueño americano es la adaptación de Pastoral americana, una de esas grandes novelas americanas, galardonada, entre otros, con el Pulitzer. Menuda y arriesgada idea.

    Esta es la historia de Seymour Levov (McGregor), conocido popularmente como el “Sueco”, gran atleta en su juventud, heredero de la fábrica de guantes de su padre —un inmigrante judío, de película de Woody Allen, que trabajó duro para llegar a donde llegó—, que lleva una existencia más o menos placentera junto a su bellísima esposa Dawn (Jennifer Connelly), ex Miss New Jersey, y la única hija de ambos, Meredith (Dakota Fanning en la juventud, Hannah Nordberg en la pubertad, Ocean James en la niñez). Desde pequeña, Meredith, a quien llaman Merry, presenta un tartamudeo de intensidad variable, un defecto en el habla que se niega a desaparecer con el tiempo y la terapia. La familia vive en una amplia y luminosa casa con campo y vacas en Newark. Todo marcha por los carriles esperados, aunque durante el trayecto se producen algunos chispazos, cierto ruido empieza a colarse en la armónica melodía burguesa de los Levov. Hasta que un día, todo empieza a desmoronarse. Las complicaciones fueron generándose en otros rincones, si bien el detonante es un acto terrorista perpetrado por Merry, que —involucrada en el activismo político— supone que plantar una bomba en la oficina de correos de una pequeña tienda será un pequeño pero significativo aporte para frenar la guerra de Vietnam. Podría decirse que el actor y ahora también director escocés eligió una historia que puede definirse, desde la superficie, como típicamente estadounidense. La historia de la conquista del paraíso, el derrumbe y la pérdida de lo ganado. Una muestra de la desintegración familiar en tiempos de turbulencia, cuando aparecen de golpe los conflictos interiores no resueltos, emergen los reproches y las frustraciones, y se dice, tarde y mal, lo que se calló por mucho tiempo. Pero en lo esencial, El fin del sueño americano trata de las relaciones entre padres e hijos. De hijos tratando de satisfacer a sus padres y de padres que no llegan a comprender del todo a sus hijos. En el vínculo entre el “Sueco” y Merry está el reflejo de la, a veces, tirante relación entre él y su pujante padre.

    McGregor es un intérprete carismático y versátil. Dio vida a Mark Renton, el también carismático y versátil adicto a la heroína de Trainspotting, película de culto del británico Danny Boyle, con quien trabajó en otras oportunidades (Tumba al ras de la tierra, Vidas sin reglas) y con quien se peleó cuando el director optó por Leonardo DiCaprio para el protagónico de La playa (aunque ahora son amigos de nuevo y volvieron a juntarse para Trainspotting 2, que se estrena en 2017). Cantó y bailó en Moulin Rouge y en Abajo el amor. Fue el legendario Obi-Wan Kenobi de los Episodios I, II y III de la saga Star Wars (papel de Alec Guinness en los Episodios IV, V y VI). Encarnó a esa extravagante combinación entre Kurt Cobain e Iggy Pop en Velvet Goldmine (donde también cantó). Enamoró a Jim Carrey en Una pareja despareja. Fue un Jesús con tormentos casi adolescentes en Last Days in the Desert. Trabajó bajo las órdenes de Peter Greenaway (Escrito en el cuerpo), Woody Allen (El sueño de Cassandra) y Roman Polanski (El escritor oculto), entre varios más. Estuvo en la serie Fargo, producida por los hermanos Coen, y en el piloto (cancelado) de Las correcciones, la versión televisiva de la famosa novela de Jonathan Franzen. O sea: sobre este asunto de hacer ficción, algo sabe. Pero aquí, en su primera labor detrás de cámaras, no parece tan evidente. Al menos, no todo el tiempo. Hay algo en el ensamblaje de las escenas que, como el tartamudeo de Merry, la muchacha problemática de este relato, afecta al ritmo de la narración. El subrayado de la vida aparentemente luminosa que en un momento comparten los protagonistas, el esquemático enfrentamiento entre madre e hija, la crisis nerviosa que sufre Dawn y algunas acciones posteriores.

    El largometraje, como el libro, es narrado por un personaje lateral, el escritor Nathan Zuckerman, habitual en el universo de Roth, que aquí es encarnado por David Strathairn. Zuckerman, alter ego del autor de La conjura contra América, fue amigo de Jerry (Rupert Evans), hermano del atleta. Y es Jerry el que relata buena parte de la historia, a su vez pasada por la mirada de Zuckerman. Para cortar camino, para agilizar la narración, quizás esto pudo evitarse en la adaptación. Zuckerman y Jerry, que en la novela tienen más peso, se vuelven prácticamente accesorios en el largometraje.

    Para ilustrar el contexto de turbia tensión política y social, el director recurre a imágenes de archivo, a recortes de la realidad, un acierto que sirve para ilustrar hasta dónde Levov y su familia viven inmersos en su propio mundo, casi por fuera de lo que ocurría en su país y en el mundo a mediados de la década de 1960. Al mismo tiempo parece minimizar esos hechos, alivianar ese caldo. Aunque captura momentos de incomodidad y sordidez que emergen del otro lado de la imagen de postal del sueño americano (la conversación entre la niña y el padre en la camioneta), McGregor no logra colocar algunas piezas en el tiempo y el lugar más adecuado para dar una idea de la trascendencia y la dimensión de la catástrofe. Se acerca con rigidez y frialdad al dolor y el desconcierto de estos padres que tratan de ubicar a Merry, prófuga de la Justicia, descubriéndose solos cuando llevan varios años juntos. Sospechando que la niña de sus ojos es un monstruo.

    El fin del sueño americano ( American Pastoral). EEUU, 2016. Dirección: Ewan McGregor. Guion: John Romano a partir de la novela de Philip Roth. Con Ewan McGregor, Dakota Fanning, Jennifer Connelly, Uzo Aduba, Rupert Evans, Molly Parker, David Strathairn. Duración: 126 minutos.

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