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    jueves 20 de junio de 2024

    Parte de nuestro trabajo

    Nº 2276 - 16 al 22 de Mayo de 2024

    “Los periodistas también estamos para decir lo que muchos no quieren escuchar. Es parte de nuestro trabajo”. Lo escribí en abril de 2021 en lo que entonces era Twitter y hoy es X. Eran momentos complicados, de mucha angustia, miedo y tensión. La pandemia de Covid estaba en pleno crecimiento en Uruguay y los contagiados aumentaban día tras día, al igual que las personas ingresadas a los CTI y los fallecidos. Casi no se hablaba de otra cosa en los medios de comunicación del mundo y los locales no eran la excepción.

    Por eso, como es lógico, en varias oportunidades los periodistas eran centro de críticas. Las quejas llegaban o por la forma en la que cubrían determinados asuntos relacionados con la pandemia o por opiniones periodísticas que brindaban acerca de los roles que desempeñaban el gobierno y la oposición. A pesar de que el Covid, un enemigo externo difícil de destruir, unió por momentos a los uruguayos, las diferencias estaban apenas disimuladas y volvían a aflorar al primer suspiro de discrepancia susurrada por alguna de las partes.

    En ese contexto, cuesta más “decir lo que muchos no quieren escuchar”, pero es necesario que el periodismo lo haga. Por eso lo del principio, que ocurrió luego de que el periodista de Canal 12 y radio Sarandí Aldo Silva opinara en una audición radial que si la cantidad de muertos aumentaba, a su entender, era necesario que lo explicara públicamente el presidente Luis Lacalle Pou. “Si llega a tener 70 fallecimientos por Covid, anúncielo usted, señor presidente”, dijo en un intercambio con colegas.

    Entonces empezó a expandirse el otro virus, ese que no mata pero que perdura mucho más que todos los otros juntos: el del odio en las redes sociales. En pocas horas, un ejército dirigió su artillería pesada contra Silva, acusándolo de querer desprestigiar al presidente y de hacer política con la pandemia. Una infamia y un ataque muy injusto para un periodista independiente como Silva, con tantos años de trayectoria. Agravado porque intentaron transformarlo en un actor político partidario, procurando destruir el principal haber con el que cuenta cualquier periodista: su credibilidad.

    En el acierto o en el error, Silva solo dio una opinión. Lo hizo de una forma muy respetuosa y fundada, además, y en el marco de un intercambio entre colegas basado en la información del momento. Por eso y por muchas otras cuestiones similares que estaban ocurriendo en aquellos tiempos fue que me pareció importante destacar en una red social el papel incómodo que debe cumplir el periodismo.

    Lo autorreferencial tanto tiempo después es por una cuestión de oportunidad. En primer lugar porque siempre, y en especial en un año electoral, es importante recordar que los periodistas no somos políticos ni diplomáticos. Nuestro objetivo no es juntar la mayor cantidad de votos o agradar para poder lograr beneficios posteriores para nuestro país. Nuestro trabajo es ser molestos, ir contra corriente, establecer un mayor control a los que ejercen el poder en distintos ámbitos.

    En segundo lugar, porque eso también implica tomar decisiones y seguir caminos que a priori no parecen ser los más indicados ni preferidos por la mayoría. Antes que nada está la voluntad de informar, sea de lo que sea, y mucho después —si es que llega—, la evaluación de qué es lo más recomendable según el sentir de la mayoría.

    Por eso la cita y por eso también decidimos en Búsqueda solicitar formalmente una entrevista al exsenador nacionalista Gustavo Penadés. Lo hicimos mediante una comunicación formal con el director del Instituto Nacional de Rehabilitación, Luis Mendoza. Penadés estuvo de acuerdo en recibir a periodistas del semanario en la cárcel de Florida y por eso Mendoza consultó al Poder Judicial.

    Lo que ocurrió después fue publicado en la última edición del semanario. La fiscal de Montevideo de Delitos Sexuales de 3er turno, Alicia Ghione, a cargo del caso, se opuso a que Penadés pudiera hablar públicamente. Adujo como uno de sus principales argumentos que lo que tenga para decir el exsenador puede afectar a las víctimas involucradas. En respuesta, la jueza en lo penal de 38º turno, Marcela Vargas, concluyó que por más que “resultan comprensibles” los argumentos utilizados desde el Ministerio Público, debe primar el artículo 29 de la Constitución de la República, que protege la libertad de expresión. Y fue más allá. Señaló que sobre ese artículo “se asientan las bases” del Estado de derecho y que autorizar el ingreso de un periodista a un centro de reclusión para entrevistar a Penadés es habilitar el “pleno ejercicio del derecho de prensa” y “el ejercicio de la libertad de expresión del entrevistado”. Compartible de la primera a la última palabra.

    Es importante lo que tenga para decir Penadés en este momento. Fue una de las figuras políticas más influyentes de las últimas décadas, ejerció el liderazgo principal de la bancada parlamentaria oficialista durante este gobierno y era un referente ineludible del Partido Nacional. En pocos meses todo eso se derrumbó por la sucesión de denuncias de abuso sexual a menores que lo tuvieron como protagonista. Un escándalo de proporciones que está siendo investigado. Desde que fue enviado a prisión preventiva, nunca habló y tiene derecho a hacerlo.

    Nosotros, los periodistas, debemos informar de lo relevante para la ciudadanía y no solo de lo políticamente correcto. Elegir entrevistar a determinadas personas, sean lo que sean, no significa estar de acuerdo con ellas ni validar lo que hicieron ni aceptar sus argumentos sin ponerlos en cuestión. No tiene nada que ver con eso. Lo políticamente correcto en este momento sería mantener a Penadés en silencio, no darle espacio para que diga lo que piensa o lo que está sintiendo o por qué hizo lo que hizo en el pasado, pero el periodismo está en las antípodas de lo políticamente correcto.

    Para llevar el concepto hasta el límite e ir a casos extremos: yo, como periodista, estaría dispuesto a entrevistar a Adolf Hitler o a otros grandes genocidas de la historia o a informar que Uruguay se apresta a invadir Brasil o Argentina, por más que sea uruguayo y que obviamente eso perjudicara a mí país en esa guerra hipotética. Antes soy periodista.

    Lejos de este caso, pero igual valen esos dos ejemplos para que quede claro.

    Censurar, que censuren los inseguros o los totalitarios, de los que hay unos cuantos en Uruguay. Pero es bueno que todos ellos sepan que aquí, desde el periodismo, tienen a un enemigo que les dará pelea hasta las últimas consecuencias.