N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa escena fue propia de una película del far west: la gente resguardada en sus casas y los comercios bajando las cortinas, mientras unos foráneos recorrían las desoladas calles del pueblo de Santa Clara. No era por la presencia de la banda de los Hermanos Dalton ni la de Billy the Kid; era la banda del PIT-CNT.
Estos sindicalistas fueron a “meterles el peso” a los vecinos, porque días antes osaron rebelarse contra las acciones sindicales que impedían la libre circulación y la libre carga de combustibles en una estación de servicios, que había despedido a un afiliado por cometer una falta grave.
El sindicalismo uruguayo se está pareciendo cada vez más al sindicalismo patotero y corrupto de sus hermanos peronistas. Y este es uno de los principales motivos por el cual los inversores no quieren invertir en Argentina, ni querrán hacerlo en Uruguay.
Tan es así, que la empresa UPM, para confirmar la inversión en una nueva planta de pasta de celulosa, le exigió al gobierno frenteamplista que controle a sus huestes sindicales y le asegure “paz sindical”; de lo contrario, no invertirán un peso más.
Hasta el propio intendente de Montevideo (el socialista, exsindicalista y potencial candidato a presidente por el Frente Amplio), Daniel Martínez, probó de su propia medicina: el sindicato le ocupó por varias horas su despacho y tuvo que llamar a la policía para desalojarlo. “Lamentablemente lo único que hacen (los sindicalistas de Adeom) es generar hecho tras hecho de confrontación y así no va. Realmente estamos todos podridos”, declaró a El País el lunes 25.
Aquí aplica perfectamente el dicho: “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Fue el Frente Amplio —durante décadas— quien alimentó a estas hordas sindicales, ahora descontroladas. Mientras la economía crecía y el endeudamiento externo aumentaba para repartir limosnas, nadie se quejaba. Pero ahora, con vientos menos favorables, se están dando cuenta de que las ocupaciones son malas.
Los ciudadanos de Santa Clara salieron libre y espontáneamente a defender la libertad de trabajo y la libertad de comercio, como días antes lo había hecho una empleada de un frigorífico en Salto impedida de trabajar por las acciones gremiales. Y serán cada vez más los que expresen su repudio a estos actos, porque les están perdiendo el miedo a estos matones de barrio.
Ningún buen empresario les teme a sus empleados ni a los sindicatos. Saben que tienen que mantener relaciones “ganar-ganar” con sus trabajadores, como también las deben tener con sus clientes, sus accionistas y la comunidad. Pero esto no es sindicalismo, es patoterismo.
Y al patoterismo hay que combatirlo con firmeza. Para ello, nada mejor que recordar las palabras del pensador liberal Edmund Burke (1729-1797): “Para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada”.