Estos días he quedado azorada al escuchar los comentarios que emiten frescamente los uruguayos sobre el drama de Ucrania.
Estos días he quedado azorada al escuchar los comentarios que emiten frescamente los uruguayos sobre el drama de Ucrania.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs lógico: en política internacional hay pocas fuentes donde abrevar. Los informativos se dedican a la crónica policial y al fútbol. Rojo y celeste parecen ser los colores favoritos del periodismo televisivo.
Percibo a los uruguayos cada vez más localistas y, de paso, con tendencia a formar una amalgama bizarra con la barra brava latinoamericana.

He escuchado, por ejemplo, que la rebelión popular que todos hemos visto en Kiev responde a los intereses de “una oligarquía ucraniana que se opone a la oligarquía rusa”. (Mmm… qué tufillo a nostalgia por la URSS).
Y, por supuesto, corre el comodín: “Detrás de lo que pasa en Ucrania está Estados Unidos”. ¡Zas! Otra vez el cuco.
Cada uruguayo tiene libertad de expresión según nuestra Constitución y los tratados de Derechos Humanos que ha firmado nuestro país. Pueden guardar silencio sobre Putin y acusar a Obama, si lo desean. ¡Pero cómo cansa escuchar en bocas uruguayas la misma cancioncilla!
Hace dos semanas estuve en Buenos Aires realizando un seminario. Y visité el Museo del Holocausto. A la entrada, la guía nos señaló una placa de bronce: era un recordatorio del genocidio por hambre que en la década del 30 el pueblo ucraniano sufrió en manos de los rusos: 3 millones de muertos. Como si de un día para otro a los uruguayos nos quitaran la comida. Adiós churrascos. Apenas 80 años después, en Uruguay la gente se pregunta por qué los ucranianos prefieren ser europeos en lugar de rusos o vivir en la Comunidad Europea y no a la sombra de Putin.
No entender qué es una nación es típico del uruguayo que llega a Catalunya. Miles de orientales prefirieron Barcelona para emigrar pero cuando se toparon con que millones de catalanes hablan desde hace mil años su idioma, se ofendieron. “¡Discriminación!”, protestaron.
Conozco a una uruguaya que ganó una beca en la Universidad Ramón Llull y que cuando el profesor dio su clase en catalán ella se llenó de catalanofobia. Antes de tomar el avión no había averiguado que en esa tierra existe una lengua latina muy antigua que, en virtud de la democracia, hoy es oficial. Los uruguayos no conciben que Catalunya desee ser independiente, pero les encanta que Artigas haya ganado la Batalla de las Piedras y que el 18 de mayo sea feriado. Nada saben de las veces que la nación catalana se rebeló. Ni que la Corona de Madrid mandó matar, incendiar, robar, torturar, violar, el 11 de setiembre de 1714, por toda Catalunya.
Mis coterráneos se ofenden si en Barcelona hablan catalán pero se derriten ante la idea de patria. Aunque para muchos patria signifique solo ser amante del fútbol, del asado, de la murga, del mate, de Gardel (si nació en Tacuarembó).
Este año hay elecciones y Mundial: ¡cuánta patria va a ser citada en tantas bocas, en comerciales publicitarios, en jingles pegajosos!
Patria: la verdad, no es una palabra que me guste mucho.