N° 1662 - 17 al 23 de Mayo de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSituación 1. —Por favor, ¿puede bajar un poco el volumen?— le pregunté, ingenuo, al joven chofer de un ómnibus de recorrido 149 con destino a Mendoza que escuchaba rock pesado a todo volumen, mientras sacudía el cuerpo y mandaba mensajes de texto con su celular.
—¡En el ómnibus mando yo; si no te gusta, bajate!— me respondió con mirada amenazante ante mi interrupción y la insolente solicitud. No me bajé, pero me callé, pese a que dentro del ómnibus un cartel advierte a los pasajeros sobre la prohibición de usar aparatos de música. A los pasajeros, no al dueño del ómnibus.
Situación 2. —El baño está muy, muy sucio— protesté un martes de la semana pasada a un mozo a quien conozco desde hace varios años, que trabaja en un “restaurante” cercano a los juzgados penales de la Ciudad Vieja. Poco después de la hora 13, a mi alrededor comían no menos de 20 personas entre personal de bancos, abogados y un juez a quienes parecía no afectarles ese desaseo porque tiraban papeles alrededor de sus mesas.
—¡Qué raro que el baño esté sucio; lo limpiaron a las 9 de la mañana!— replicó el mozo con un gesto de desconcierto, como si las cuatro horas transcurridas desde la mañana hubieran sido cuatro minutos y todos los comensales hubieran padecido estreñimiento.
Situación 3. —¡Phaaaa, qué impresionante el olor a tabaco!— me quejé al subir a un taxi en una parada de Bulevar y Palmar.
—¡Y sí, yo fumo! ¡Pero nadie me prohíbe fumar mientras estoy estacionado y sin pasajeros; atrás hay otros taxis sin olor!— ironizó sonriendo el conductor mientras me bajaba.
Esas situaciones, tomadas al azar entre decenas muy similares que sorprenden y golpean a quien luego de seis meses de ausencia llega a Montevideo, pueden ser consideradas menores frente a la brutal inseguridad, a los dramáticos asesinatos de delincuentes impunes, a los menores que regresan al hampa luego de fugarse cómodamente, a la destrucción de las cárceles, a las rapiñas inmisericordes y al cada vez más notorio derrumbe de la educación y de las relaciones sociales.
Admito que esas transgresiones urbanas se van incorporando inconscientemente a la vida diaria y que problemas más graves contribuyen a distraer la atención y a que pasen inadvertidas. Pero los uruguayos parecen haberse acostumbrado a transitar entre la mugre, a pisar los excrementos de perro que adornan las veredas, a subir a ómnibus desvencijados y sucios, a tolerar el mal trato y los desplantes de guardas y conductores, a que los automovilistas sean forzados a esquivar peligrosamente a los camiones que descargan mercadería en doble fila en zonas de exclusión sin inspectores a la vista, a que calles y veredas desborden de papeles, puchos, escupidas, hojas y envases plásticos, a que varias avenidas principales presenten baches congénitos que ponen en riesgo la vida de los choferes, a que muchísimos baños de bares y restaurantes parezcan émulos de letrinas rurales (excrementos en el suelo —algunos con taza turca en el siglo XXI—, mingitorios que no funcionan, ausencia de tapas en los inodoros, falta de ventilación, cisternas que gotean y papel higiénico cuotificado “porque lo roban”), a que los contenedores para la basura y las papeleras se destruyan mientras los espacios y los baños públicos sufren constantes agresiones de vándalos impunes, a que los fines de semana decenas de jóvenes deambulen borrachos sembrando calles y veredas de botellas rotas y cajas de vino, mientras los carros de hurgadores compitan en picadas con caballos hambrientos…
La culpa no es solo del chancho. Miles de uruguayos también han incorporado la desprolijidad como parte de sus vidas. Violan elementales principios de convivencia sin pensar en quienes los rodean y contribuyen sin pudor ni culpas a la mugre y a ese caos ciudadano.
Todo eso y mucho más puede y debe ser combatido severamente, pero para ello se requiere voluntad política. De la misma forma en que los códigos regulan, administran y zanjan los conflictos entre las partes, existen decretos, reglamentaciones municipales y sanitarias que no se cumplen.
Las inspecciones bromatológicas y sanitarias, de control sobre la emisión de gases, sobre las violaciones a los decibeles de la insoportable publicidad rodante y de los motores y caños de escape, o el control a las infracciones de tránsito sin un objetivo exclusivamente recaudatorio, casi no existen.
Los uruguayos padecen pasivamente esas situaciones salvo algunas tímidas protestas escritas cargadas de contenido partidario. Ni ellos ni las organizaciones sociales tienen el coraje de largarse a las calles para exigir mayores controles, inspecciones y sanciones, con la misma fuerza y energía con que participan en los combates partidarios, las elecciones internas y los justos reclamos por las violaciones a los derechos humanos. Muchos han pasado de ser ingobernables —como protestaba Latorre— a convertirse en ovejas que admiten que se violen sus derechos.